Las cuentas de los suizos

Por Héctor Ciapuscio

Redacción

Por Redacción

En «El tercer hombre», película de 1949, Orson Welles puso en boca del protagonista una reflexión de su propia cosecha. Decía: «En Italia, durante treinta años bajo los Borgias, tuvieron guerras, terror, asesinatos, derramamientos de sangre, pero produjeron a Miguel Angel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza han tenido amor fraterno, quinientos años de democracia y paz, pero ¿qué produjeron…? El reloj de cucú.» Esta «boutade» del cineasta revela, por cierto, que no lo entusiasmaban las virtudes burguesas de los herederos de Guillermo Tell. Pero es sin duda injusta respecto de los logros de esa sociedad distinta por realista, ingeniosa y prudente.

Un rasgo peculiar de la historia de Suiza dentro de Europa ha sido la condición de país neutral de que goza desde el Tratado de Westfalia de 1648. Ese privilegio le ha permitido armonizar una población multiétnica y multilingüe, vivir en paz y prosperar durante siglos en un continente tantas veces arrasado por la guerra. Pero la consistencia de la neutralidad suiza ha sido fuertemente cuestionada en los años que siguieron a la derrota alemana de 1945. En una ocasión fueron los reclamos de judíos despojados por los nazis que resultaron en que los bancos suizos acordaran en 1998 indemnizarlos por 1.250 millones de dólares. Ahora se publica, en 25 volúmenes, una investigación (el informe final es accesible por www.uek.ch) que el gobierno encargó en 1996 a un panel de abogados, historiadores y archivistas internacionales para determinar, entre otras cosas, cómo aprovecharon de una cooperación ilegal y secreta con los nazis, cuán «neutrales» en realidad fueron antes y durante la guerra. Y el resultado de esta investigación de cinco años es abrumador.

La comisión de expertos concluyó que las autoridades rechazaron en frontera, con el pretexto de que «el barco estaba lleno», a decenas de miles de personas que pedían refugio. Que, además -en correspondencia con la hostilidad tradicional de la sociedad hacia ellos- fueron expulsados arriba de 20.000 refugiados, la mayoría judíos, contribuyendo a la «Solución Final», el objetivo genocida de Hitler. Que hubo un permanente suministro de electricidad, facilidades y equipos. Que se favoreció el tránsito por el país de 180.000 obreros italianos para trabajo esclavista en Alemania, así como el transporte de materiales para el ejército de Rommel en Africa. Que se facilitó la confiscación de obras de arte para las colecciones de Göring y Hitler. Que, en general, las políticas corporativas de empresarios del país se adaptaron a los requerimientos y necesidades del régimen nazi, y así empresas como Nestlé, Brown-Boveri y Hoffmann-La-Roche cometieron una cantidad de efugios e irregularidades para beneficiarse con la avidez alemana por productos químicos, medicinales y materias primas.

Varios volúmenes de los veinticinco están dedicados a los manejos del sector bancario y financiero. Los autores subrayan sobriamente que las decisiones fueron guiadas sobre todo por el deseo de lucro. El país supuestamente neutral facilitó de modo muy importante el esfuerzo de guerra alemán y realizó una enorme ganancia crematística en el proceso. No sólo fueron beneficiarios los banqueros; fueron todos, desde industriales hasta curadores de museos. Franáois Bergier, el historiador suizo que presidió la investigación, sugirió que nadie se comportó correctamente: ni el gobierno federal, ni los bancos, ni los financistas, ni el mundo del arte. Suiza hasta fracasó en honestidad cuando, decidida la suerte de la guerra y aún en el período siguiente, retaceó enmendar sus culpas, negó información y puso obstáculos mañosos a las reparaciones debidas.

La publicación del informe ha sido recibida con rechazo por muchos en la nación helvética. Pero otros han expresado una sensación de orgullo por haber sabido el país enfrentar un pasado que no lo honra. El prestigioso «Tribune de Genéve» sostuvo editorialmente que el resultado más importante de la enorme empresa de Bergier no reside tanto en lo que revela como en el hecho de que a partir de ella será absolutamente imposible para los suizos continuar idealizando su pasado. Conocen ahora, por ejemplo, que no son tan humanitarios como se creían ni tan correctos como se ufanaban. El comentarista de un diario inglés, por su parte, piensa que lo más importante es cómo gravitará en los comportamientos futuros de un país que se sigue mostrando poco compasivo con los que le piden refugio. Y afirma que, por el otro lado, no hay hasta ahora signo alguno de que los banqueros tengan intención de liquidar su sistema de cuentas numeradas, ni de rechazar el dinero malhabido de dictadores y políticos ladrones del extranjero. Como alguno de nuestro país, actualmente en los titulares de los diarios por su inocente afición a las alcancías bien lejos y en clave.


En "El tercer hombre", película de 1949, Orson Welles puso en boca del protagonista una reflexión de su propia cosecha. Decía: "En Italia, durante treinta años bajo los Borgias, tuvieron guerras, terror, asesinatos, derramamientos de sangre, pero produjeron a Miguel Angel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza han tenido amor fraterno, quinientos años de democracia y paz, pero ¿qué produjeron...? El reloj de cucú." Esta "boutade" del cineasta revela, por cierto, que no lo entusiasmaban las virtudes burguesas de los herederos de Guillermo Tell. Pero es sin duda injusta respecto de los logros de esa sociedad distinta por realista, ingeniosa y prudente.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora