Las peripecias de YPF
Cuando la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus asesores se preparaban para apoderarse de buena parte de las acciones en YPF de la empresa española Repsol, daban por descontado que el operativo les sería política y económicamente provechoso. Sin embargo, aunque la mayoría aplaudió a rabiar la presunta recuperación de la “soberanía hidrocarburífera” luego de muchos años de dependencia humillante y la expulsión de los “neocolonialistas” españoles, los beneficios políticos arrojados por la maniobra resultaron ser mínimos: hubo un leve repunte de la popularidad del gobierno, pero el efecto YPF no tardó en agotarse. En cuanto a las ventajas económicas que fueron previstas por los estrategas oficiales, hasta ahora no se ha visto ninguna. Por el contrario, además de asustar a los escasos inversores, tanto nativos como extranjeros, que aún pensaban en la conveniencia de arriesgarse en un país tan impredecible como la Argentina, de tal modo agravando el peligro de que la recesión sea mucho peor de lo que vaticinan hasta los pesimistas, ya hay motivos para temer que, una vez más, YPF logre convertirse en la petrolera más perdidosa del planeta, como era antes de la privatización que en su momento fue avalada por Néstor Kirchner y su cónyuge. Los esfuerzos del CEO actual, Miguel Galuccio, un profesional que es respetado por sus pares en la industria, por convencer a los representantes de multinacionales del sector como Exxon de colaborar en el desarrollo de depósitos ya encontrados, y en la búsqueda de otros, no han brindado todavía los frutos esperados, aunque se dice que Chevron podría estar dispuesta a firmar un acuerdo con tal que reciba garantías adecuadas. Sea como fuere, el consenso entre los entendidos es que el futuro de YPF en manos del gobierno de Cristina dista de ser brillante. No sólo la presidenta y los integrantes de su pequeño círculo áulico, sino también una proporción nada desdeñable de la población, imaginaban que la posibilidad de que el país contara con una de las reservas de gas y petróleo no convencionales más promisorias del mundo en Vaca Muerta, Neuquén, resultaría más que suficiente como para seducir a las multinacionales que, al fin y al cabo, están acostumbradas a operar en lugares que, a diferencia de la Argentina, están plagados de guerras, terrorismo y fanatismo religioso, razón por la que les parecía lógico que no se preocuparan demasiado por detalles como los supuestos por la expropiación del grueso del paquete accionario de Repsol. A juzgar por la reacción inmediata de los ejecutivos de dichas multinacionales, los kirchneristas se equivocaban; por lo menos algunos temen más a los muchachos de La Cámpora que a los guerreros santos islámicos o los matones de la mafia rusa. Puede que terminen cambiando de opinión, pero para que lo hagan el gobierno tendría que ofrecerles concesiones que, a juicio de los especialistas en tales temas, serían incompatibles con la retórica oficial. No cabe duda de que buena parte de la ciudadanía, incluyendo, desde luego, a casi todos los políticos y los intelectuales “comprometidos” o “militantes”, comparte la ideología nacionalista y anticapitalista de Cristina, si bien muchos repudian la conducta de un gobierno que a su entender es corrupto y voraz, pero por desgracia parecería que todos los intentos por aplicar el pensamiento mayoritario están destinados a fracasar. La razón es sencilla. Aunque el grueso de la población suele estar siempre a favor de una mayor intervención estatal, los esporádicos esfuerzos por dotar al país de un Estado auténtico, similar a los existentes en Europa, América del norte, Asia oriental y Oceanía, se han visto frustrados sistemáticamente por políticos y sindicalistas más interesados en apropiarse de pedazos de botín que en el bienestar del conjunto. Huelga decir que permitirles a los integrantes de agrupaciones como La Cámpora ocupar “espacios” en empresas recién renacionalizadas y distintas reparticiones de la administración pública no ha servido para superar las deficiencias así supuestas. Antes bien, ha contribuido a hacer aún más caótica la situación en la que se encuentra la parte creciente de la economía nacional que manejan, por decirlo de algún modo, los militantes entusiastas de esta etapa superior del kirchnerismo que es el cristinismo.
Cuando la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus asesores se preparaban para apoderarse de buena parte de las acciones en YPF de la empresa española Repsol, daban por descontado que el operativo les sería política y económicamente provechoso. Sin embargo, aunque la mayoría aplaudió a rabiar la presunta recuperación de la “soberanía hidrocarburífera” luego de muchos años de dependencia humillante y la expulsión de los “neocolonialistas” españoles, los beneficios políticos arrojados por la maniobra resultaron ser mínimos: hubo un leve repunte de la popularidad del gobierno, pero el efecto YPF no tardó en agotarse. En cuanto a las ventajas económicas que fueron previstas por los estrategas oficiales, hasta ahora no se ha visto ninguna. Por el contrario, además de asustar a los escasos inversores, tanto nativos como extranjeros, que aún pensaban en la conveniencia de arriesgarse en un país tan impredecible como la Argentina, de tal modo agravando el peligro de que la recesión sea mucho peor de lo que vaticinan hasta los pesimistas, ya hay motivos para temer que, una vez más, YPF logre convertirse en la petrolera más perdidosa del planeta, como era antes de la privatización que en su momento fue avalada por Néstor Kirchner y su cónyuge. Los esfuerzos del CEO actual, Miguel Galuccio, un profesional que es respetado por sus pares en la industria, por convencer a los representantes de multinacionales del sector como Exxon de colaborar en el desarrollo de depósitos ya encontrados, y en la búsqueda de otros, no han brindado todavía los frutos esperados, aunque se dice que Chevron podría estar dispuesta a firmar un acuerdo con tal que reciba garantías adecuadas. Sea como fuere, el consenso entre los entendidos es que el futuro de YPF en manos del gobierno de Cristina dista de ser brillante. No sólo la presidenta y los integrantes de su pequeño círculo áulico, sino también una proporción nada desdeñable de la población, imaginaban que la posibilidad de que el país contara con una de las reservas de gas y petróleo no convencionales más promisorias del mundo en Vaca Muerta, Neuquén, resultaría más que suficiente como para seducir a las multinacionales que, al fin y al cabo, están acostumbradas a operar en lugares que, a diferencia de la Argentina, están plagados de guerras, terrorismo y fanatismo religioso, razón por la que les parecía lógico que no se preocuparan demasiado por detalles como los supuestos por la expropiación del grueso del paquete accionario de Repsol. A juzgar por la reacción inmediata de los ejecutivos de dichas multinacionales, los kirchneristas se equivocaban; por lo menos algunos temen más a los muchachos de La Cámpora que a los guerreros santos islámicos o los matones de la mafia rusa. Puede que terminen cambiando de opinión, pero para que lo hagan el gobierno tendría que ofrecerles concesiones que, a juicio de los especialistas en tales temas, serían incompatibles con la retórica oficial. No cabe duda de que buena parte de la ciudadanía, incluyendo, desde luego, a casi todos los políticos y los intelectuales “comprometidos” o “militantes”, comparte la ideología nacionalista y anticapitalista de Cristina, si bien muchos repudian la conducta de un gobierno que a su entender es corrupto y voraz, pero por desgracia parecería que todos los intentos por aplicar el pensamiento mayoritario están destinados a fracasar. La razón es sencilla. Aunque el grueso de la población suele estar siempre a favor de una mayor intervención estatal, los esporádicos esfuerzos por dotar al país de un Estado auténtico, similar a los existentes en Europa, América del norte, Asia oriental y Oceanía, se han visto frustrados sistemáticamente por políticos y sindicalistas más interesados en apropiarse de pedazos de botín que en el bienestar del conjunto. Huelga decir que permitirles a los integrantes de agrupaciones como La Cámpora ocupar “espacios” en empresas recién renacionalizadas y distintas reparticiones de la administración pública no ha servido para superar las deficiencias así supuestas. Antes bien, ha contribuido a hacer aún más caótica la situación en la que se encuentra la parte creciente de la economía nacional que manejan, por decirlo de algún modo, los militantes entusiastas de esta etapa superior del kirchnerismo que es el cristinismo.
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