Las terapias
Columna semanal
La Peña
La enormes diferencias entre la ciudad y el campo dejaron de ser tales. Hay diferencias, pero hoy todos tienen acceso a todo, es decir, todos pueden conocer el campo sin siquiera haberlo pisado y probablemente todos pudieran conocer la ciudad sin haber visto jamás sus calles.
Claro, la diferencia está en vivenciar cada lugar, cada espacio y sentir lo que sucede en cada uno de esos lugares. Unos dirán que tal o cual lugar es mejor que el otro, mientras algunos opinarán diferente y elegirán lo contrario.
Lo cierto es que las virtudes de uno no están en el otro. Parece complejo, pero vivenciar la vida del campo o del pueblo tal vez sea más razonablemente nostálgico. Las cosas del campo, del pueblo, nos pasan a nosotros muchas veces en soledad, o en la vida familiar, en la ciudad el fenómeno de la socialización hace que sea cada vez más difícil la soledad de la vida cotidiana, no la del hogar. Pero en el pueblo, hogar y vida cotidiana son casi lo mismo, porque la vida del campo pasa también en la casa, campo y casa muchas veces están en el mismo lugar, como pueblo y casa, pueblo y escuela, pueblo y juegos.
Son experiencias tan simples que contarlas hasta parece tonto, pero que se guardaron en el corazón como si fueran únicas.
Una de ellas, por ejemplo, era cuando estábamos inquietos, demasiado inquietos y una terapia discreta de mi madre era darnos tarea. Hacer mandados era una de ellas, pero había una que me encantaba y era cuando me mandaban a pelar arvejas, las mismas que en la ciudad se compran listas para cocinar o en latas, en el campo o en el pueblo se compraban para pelar o se producían en un rincón del patio. Así de simple, todos tenían generosos espacios que permitían producir en muy pequeña escala para la casa.
Al final nunca se sabía si se ahorraba algo, pero sí se sabía lo que se consumía, la calidad, la sanidad, una especie de producción con trazabilidad, es decir desde la semilla al fruto en la olla o en la mesa. Ese producto era también producto del esfuerzo.
Pelar arvejas era sentarse en un banquito bajo de madera, también rústico, con dos recipientes: uno para las cáscaras o vainas y el otro para la arveja propiamente dicha. En un rato conseguíamos una buena producción, abundante, mucho más que un par de latas y de un verde intenso, tanto como el sol que lograban acumular en tiempos de producción.
No había mejor terapia que esa, porque científicamente quedaba comprobado que una vez finalizada la tarea, quedábamos como seda, nos relajaba esto de generar una parte de nuestros propios alimentos.
No era igual cuando la sugerencia, que no era otra cosa que una orden encubierta, era imprecisa. Éramos cuatro hermanos de edades parecidas y a veces nos decían, “alguien que ponga la mesa, pero primero se lavan las manos”. El tema es que pasaban los minutos, la comida estaba lista para ser servida y la mesa sin poner. Mi madre empezaba a cambiar el tono y el color del semblante. Tanto que rápido entendíamos el mensaje y apelábamos a la excusa fácil. No dijiste quién la pondría. Por eso lo de poner la mesa no era en sí mismo una terapia.
Un solo ambiente de casa tenía techo de losa. Mal hecho, con una panza en el medio, no eran tiempos de membrana, si el techo no tenía buena caída empezaba rápido a gotear, de modo que era clásica la terapia de que apenas terminara de llover subíamos con un “haragán”, como le llamábamos al palo con la goma secadora y nos divertíamos a lo loco tirando agua a la calle, donde más de una vez mojamos por completo a algún desprevenido que pasaba.
Esa sí que era terapia con mayúscula, porque nos divertía, nos cansaba, y de paso se convertía en una buena acción, de esas que siempre nos sugerían poner en marcha.
Jorge Vergara
jvergara@rionegro.com.ar