Lección chilena
Chile ha sabido aprovechar la globalización para diversificarse y hacerse más eficiente. Es natural que se haya resistido a las presiones para integrar el Mercosur.
Puesto que conforme a muchos indicios Chile tiene la economía más exitosa de toda América Latina y que a pesar de algunas dificultades recientes está progresando a un ritmo aceptable, es natural que los jefes del Mercosur hayan querido incorporarla al club cuanto antes. Son conscientes de que con Chile como un socio pleno ganaría respetabilidad a ojos de los «mercados» que, por diversos motivos, no confían demasiado en la capacidad para continuar avanzando de los miembros actuales. Sin embargo, también es natural que el gobierno chileno se haya resistido a las presiones políticas de sus homólogos argentino y brasileño. Como sabe muy bien, no le convendría en absoluto abandonar las políticas que tan bien le han servido, reemplazándolas por las favorecidas por sus vecinos más letárgicos. Lejos de sentirse tentado a asemejarse más al Brasil o a la Argentina, Chile quisiera diferenciarse cada vez más, lo cual, dadas las circunstancias, es la única estrategia sensata.
El gran obstáculo en el camino de la «integración» consiste en los aranceles externos. Gracias al predominio del Brasil -cuya economía está entre las más cerradas del planeta-, el Mercosur es un bloque proteccionista. En cambio, Chile ha sabido aprovechar la globalización para diversificarse y hacerse más eficiente. Mientras que la mayoría de los aranceles del Mercosur va desde el diez por ciento hasta el treinta por ciento, Chile ya se conforma con uno fijo del nueve por ciento que se reducirá al seis por ciento antes del 2003. Para las autoridades chilenas, pues, la pregunta es sencilla: ¿cuál puede ofrecernos más, el mundo en su conjunto o un puñado de países sudamericanos pobres? La respuesta es evidente: el mercado internacional es tan valioso que darle la espalda a fin de complacer al Brasil y la Argentina sería una locura.
Por motivos comprensibles, el gobierno chileno no tiene interés alguno en someterse a un choque proteccionista que con toda seguridad tendría consecuencias nefastas, de modo que prefiere esperar a que sus socios en potencia se resignen a desmantelar el muro que han erigido en torno de su pequeño «mercado común», si es que un día se animan a hacerlo. Afortunadamente para Chile, pocos en el país sienten apuro: como dijo el presidente Ricardo Lagos, «A mí, como chileno, me es igual el ingreso que sea en el 2005, 2010 ó 2015, cuando tengamos una convergencia arancelaria». En otras palabras, a Lagos no le entusiasma para nada la idea de rifar el futuro chileno por una cuestión de «solidaridad regional» o lo que fuera, y tampoco le interesa el planteo un tanto infantil del presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso de que «deberíamos hacer un equipo conjunto para meter penales en Europa». Para los chilenos, no se trata de anotarse algunos supuestos triunfos diplomáticos que les permitirían figurar en los noticieros durante un par de horas, sino de continuar mejorando el desempeño de una economía que, según algunos analistas, ya brinda a los habitantes de su país un ingreso per cápita que es decididamente superior al argentino y no tan distante de aquéllos de los miembros más pobres de la Unión Europea.
Los dirigentes brasileños y, si bien sin el mismo fervor, sus equivalentes argentinos, dicen estar en favor de rebajar los aranceles de forma «gradual» a fin de no perjudicar a las empresas locales, pero sucede que «estrategias» de este tipo están aplicándose desde hace décadas sin que los empresarios brasileños o argentinos se hayan confesado preparados todavía para hacer frente a la siempre desleal competencia extranjera. La única forma de salir de la trampa así supuesta consiste en establecer metas para entonces cumplirlas, por conmovedores que sean los gritos de dolor de los lobbistas empresarios y por apocalípticas que sean sus advertencias sobre las eventuales consecuencias de una apertura «prematura». Es lo que están haciendo los chilenos, pero si ingresaran pronto al Mercosur tendrían que desechar el cronograma ya acordado, lo cual, saben, sería un desastre sin otro atenuante que el de poder sentirse integrantes de un «bloque» que geográfica y demográficamente es muy grande, pero que en términos económicos no es más que un enano.