Camila Fabbri y «El año de la serpiente»: cuando el horror habita en lo cotidiano

En “El año de la serpiente”, su nueva novela publicada por Anagrama, la escritora argentina convierte un olor inexplicable en el punto de partida de una historia sobre la violencia, la soledad y los riesgos que crecen en la intimidad. En esta entrevista, habla del origen de la ficción, de sus personajes y de una forma de mirar el mundo en la que hasta lo más cotidiano puede volverse inquietante.

Por Verónica Bonacchi

Todo empieza con un olor. Una presencia que se filtra por el pasillo de un edificio. No se parece a nada, pero es cada vez más intenso y todo indica que podría venir desde el departamento de al lado, el 5°C. Aldana, que tiene 52 años y una particular sensibilidad por el orden y la limpieza, decide averiguar, junto a Gina, la portera, convertidas las dos en una improvable pareja detectivesca. Lo que podría ser el comienzo de una novela policial se transforma, en manos de Camila Fabbri, en otra cosa: una historia sobre la violencia que se incuba en los vínculos afectivos, sobre las existencias anodinas y la soledad urbana, sobre el movimiento incel, esos grupos que culpan a las mujeres de sus fracasos afectivos, bajo la creencia de que las relaciones sexuales son un derecho que se les niega.


En “El año de la serpiente”, publicada este mes por Anagrama, la escritora argentina, autora de “Los accidentes”, el libro de no ficción “El día que apagaron la luz”, sobre la tragedia de Cromañón, y la novela “La reina del baile”, finalista del Premio Herralde en 2023, vuelve sobre una de las zonas más reconocibles de su literatura: el momento extraordinario en que la vida común y corriente pierde su apariencia inofensiva.


En el germen de esta sustancia tan magnética como inquietante, hubo dos casos policiales. Fabbri suele consumirlos con cierta fruición, como si escondieran los ingredientes básicos de una receta que después es otra cosa, totalmente otra cosa. Aquí, el punto de partida fue un hecho ocurrido en 1989: alertada por un olor nauseabundo, la policía derribó la puerta de un PH, en Vicente López, y encontró a dos chicas desnudas en la bañera, en un estado de descomposición monstruoso. Hubo hipótesis descabelladas. Una de ellas, finalmente descartada, sugería la mordida de una mamba negra. El otro caso es el del uruguayo Pablo Rodríguez Laurta, fundador de la plataforma antifeminista Varones Unidos, detenido en Argentina por el doble femicidio de su expareja y de la madre de ella, y por el asesinato de un chofer, ocurrido en octubre de 2025.


Fabbri nació en Buenos Aires en 1989. Es escritora, dramaturga, directora y actriz. Su formación teatral atraviesa una escritura atenta a las voces, los cuerpos y las contradicciones de sus personajes. Su humor, que lo hay, convive con lo perturbador, con situaciones excepcionales que suelen empezar en lugares de lo más frecuentes: una oficina, un viaje, una casa, un edificio.

(Foto: Jordi Cotrina)


Con capítulos que funcionan de manera intercalada, que avanzan y retroceden en el tiempo, sumando capas de espesor y sobre todo de inquietud, la historia sigue a Aldana y Gina; a Simón, un hombre que vive con una serpiente, y también a la sombra de una madre dominante y un hermano, Facundo, creador de un grupo misógino, y a Celeste Blum, la malograda habitante del 5° C.


-La novela nació de un caso policial real, pero el resultado no es exactamente una novela policial. ¿Qué te atrajo de aquella historia?
-Venía buscando, de manera bastante inconsciente, algo que pudiera convertirse en una narración más larga. Suelo ver casos policiales reales argentinos y, en una de esas búsquedas, di con el de las primas de Vicente López. Había muchas conjeturas sobre lo que había pasado, y una de las teorías planteaba que las dos podían haber muerto por la mordida de una serpiente. Era una hipótesis bastante delirante, que después se descartó, pero me interesó mucho que apareciera esa imagen en una situación tan doméstica.

-Simón es uno de los grandes desafíos del libro. Su voz, en primera persona, puede resultar cercana al comienzo hasta que el lector advierte todas sus oscuridades. ¿Cómo trabajaste esa construcción?
-No quería construir deliberadamente un villano. Me interesaba que fuera un personaje con muchas características, algunas de las cuales no fueran tan conscientes ni tan deliberadas al principio. Ahí se me cruzó el caso de Laurta, que también es un caso sobre el que leí mucho. Eso alimentó un poco esa primera persona de Simón, y también el entorno familiar de este personaje. A veces, cuando conocés a una persona así, el odio aparece de una manera mucho más gradual: en comentarios sutiles, en observaciones que pueden parecer menores, hasta que termina convirtiéndose en una forma de mirar el mundo. Se vuelve una especie de filtro, una manera de estar en el mundo que ya está completamente constituida. Hay hombres a los que les gustan las mujeres, pero que, en el fondo, no parecen poder establecer un vínculo genuino con nadie. Hay algo muy confuso ahí. Me interesaba entender cómo se va armando ese pensamiento y cómo llega a volverse algo tan extremo. En la novela, el hermano de Simón tiene características más evidentes de ese tipo de militancia: es alguien que dice trabajar por los derechos masculinos y termina vulnerando los derechos humanos directamente.


-La soledad parece atravesar a casi todos los personajes. Nadie termina de ver lo que pasa con el otro, incluso cuando la amenaza está muy cerca.

-Sí, creo que hay un rasgo de época muy fuerte en eso. Todos están buscando encontrarse, pero después, cuando se encuentran, no terminan de hallar lo que estaban buscando. Son personajes que están bastante autoaislados o que, por distintas circunstancias, quedan aislados. Me parece que eso aparece en varios de mis libros. En el caso de Aldana y Gina, por ejemplo, hay un vínculo que nace de una situación inesperada. Quizás en el día a día apenas habrían tenido una conversación fugaz, como tantas que uno tiene con la encargada de un edificio. Pero un acontecimiento así las lleva a construir una relación mucho más íntima. Empiezan a investigar juntas y eso les trastoca la vida. Sabemos lo justo de sus vidas como para entender que tienen tiempo disponible para involucrarse en ese caso, y que ese vínculo inesperado las saca de sus mundos.
También está Celeste, que es muy joven y está bastante sola. No tiene alrededor a alguien que pueda ayudarla, aconsejarla o abrirle las puertas de su casa. Hay mucha gente que llega a una ciudad desde el interior, que es joven y se encuentra en una relación asfixiante sin poder entender del todo lo que le está pasando. A veces es difícil distinguir esas situaciones, sobre todo cuando una es joven y cree que el amor puede ser eso.


-En ese sentido, la novela no presenta solamente hombres violentos y mujeres que padecen esa violencia. La madre de Simón y Facundo también tiene un papel importante en la construcción de ese universo.
-Me interesaba que fuera una madre la que desplegara cierto odio hacia el género femenino, que no fuera necesariamente una familia constituida solo por hombres. Muchas veces pensamos que el odio hacia las mujeres está exclusivamente del lado masculino, pero no es así. También me interesaba contar distintas franjas etarias, porque las preocupaciones y las formas de vincularse cambian. Aldana y Gina tienen otras experiencias, otras preocupaciones; en el caso de Aldana, por ejemplo, la maternidad fue una decisión que no tomó, aunque eso no significa que no haya algo de ese instinto que aparezca en ella. Quería que los personajes tuvieran sus contradicciones y que no fueran estereotipos.


-La serpiente funciona como una presencia muy concreta, pero también parece condensar algo del avance del odio. ¿Pensaste en ese simbolismo desde el principio?
-No lo tenía tan claro al principio. Para mí, la serpiente tiene que ver con cierto avance lento, pero riguroso y firme, de ese odio del que hablábamos, que empieza con un comentario muy pequeño y, cuando te querés dar cuenta, ya estás completamente asfixiado. Hay algo de esa sensación física que uno tiene frente a una serpiente, de un movimiento que parece lento, pero que puede resultar capturante y peligroso. Cuando empecé a investigar, hablé con herpetólogos y entré en foros de personas que tienen serpientes como animales de compañía. Descubrí que ese mundo existe y que para quienes lo habitan es completamente normal. Hay gente que hace trámites larguísimos para poder viajar con su serpiente y que establece con esos animales vínculos muy fuertes. Me interesaba esa relación de Simón con Alicia, su serpiente. Simón solo se puede vincular con un animal de esas características, y en este tipo de personalidades que no tienen emociones, es muy difícil identificar qué sienten, o qué les pasa. Es un personaje que por primera vez sintió algo por alguien, Celeste, y la tuvo que destruir.


-En tus libros, el humor aparece incluso en situaciones oscuras…
-Creo que el humor es la otra cara de la misma moneda. Después de haber pensado todo ese mecanismo de eventualidades trágicas que podrían suceder, cuando no suceden aparece el chiste o la anécdota. Es tragedia más tiempo. Es como pensar todas las cosas terribles que podrían pasar y, cuando finalmente no pasan, poder reírte de eso. Creo que forma parte del mismo mecanismo de pensamiento.


-Después de haber estado en Cromañón la noche previa a la tragedia, dijiste más de una vez que tenés una especie de atención permanente a los peligros posibles. ¿Es una forma de mirar que llevás a la escritura?

-Creo que en mi caso es una forma de vivir el día a día, que muchas veces puede ser problemática, pero para la que me fui construyendo herramientas. Puedo usarla para escribir historias, para construir ficciones. Tengo un sentido bastante agudizado de los peligros de lo cotidiano, que muchas veces pueden ser inminentes y otras veces están recreados o exagerados por mí. Los posibles disparadores de algo están todo el tiempo ahí, aunque uno no siempre les presta atención. Creo que hoy podría decir que es un mecanismo que articula varias de mis historias: algo que hace que los personajes tengan que reordenarse en función de algo que pasó, que va a pasar o que podría pasar y que no pueden controlar.


Todo empieza con un olor. Una presencia que se filtra por el pasillo de un edificio. No se parece a nada, pero es cada vez más intenso y todo indica que podría venir desde el departamento de al lado, el 5°C. Aldana, que tiene 52 años y una particular sensibilidad por el orden y la limpieza, decide averiguar, junto a Gina, la portera, convertidas las dos en una improvable pareja detectivesca. Lo que podría ser el comienzo de una novela policial se transforma, en manos de Camila Fabbri, en otra cosa: una historia sobre la violencia que se incuba en los vínculos afectivos, sobre las existencias anodinas y la soledad urbana, sobre el movimiento incel, esos grupos que culpan a las mujeres de sus fracasos afectivos, bajo la creencia de que las relaciones sexuales son un derecho que se les niega.

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