David Silva Rojas, el escritor y abogado peruano que escribe sobre la explotación laboral en las cosechas: “Quería entender por qué las personas aguantan”
El escritor y abogado peruano ganó el primer Premio Internacional de Novela Breve Almadía-Ventosa Arrufat con su primera novela, nacida de una investigación sobre las trabajadoras agrícolas de Ica. Antes de presentarla este miércoles en Buenos Aires, David Silva Rojas habló con Lectón sobre explotación, silencios, miedo y pequeñas formas de solidaridad.
David Silva Rojas nació en Ica, Perú, y es abogado, investigador y escritor. Vivió durante dos décadas en Japón, adonde emigró a los 13 años, y allí aprendió japonés, estudió y comenzó a acercarse a la literatura. Hace seis años regresó a Perú y se dedicó al derecho, con especial atención a personas en situación de vulnerabilidad.
“Donde el agua trabaja” es su primera novela. También es una primera novela con una historia poco habitual: ganó por unanimidad el primer Premio Internacional de Novela Breve Almadía-Ventosa Arrufat, elegido entre 2.204 manuscritos inéditos enviados desde 22 países. El jurado estuvo integrado por Cristina Rivera Garza, Selva Almada y Mónica Ojeda, tres escritoras de reconocida trayectoria, que destacaron especialmente el uso del silencio en el libro y su capacidad para representar la explotación laboral sin caer en el panfleto.

Publicada este año por Almadía, la novela sigue a una joven que llega a una hacienda vitivinícola de Ica para trabajar durante la temporada. Allí encuentra el calor, el cansancio, la vigilancia y una forma de deshumanización que se expresa incluso en algo tan sencillo como que su nombre sea escrito una y otra vez de manera incorrecta. Pero también encuentra pequeñas formas de solidaridad. Mientras tanto, una serie de desapariciones y ruidos que nadie termina de explicar instala en la historia una inquietud persistente.
Silva Rojas estará en Buenos Aires este miércoles 23 de septiembre para presentar “Donde el agua trabaja”. Antes de ese encuentro, habló con Lecton sobre la investigación que dio origen al libro, el trabajo agrícola en Ica, su aprendizaje literario en Japón y las decisiones formales que hicieron de esta novela una historia de silencios.
«Primero realicé una investigación y después sentí que algo faltaba. La investigación habla de procesos, datos, resultados, pero no te habla de esa dimensión humana, de la vivencia. Ahí fue cuando apareció la novela», cuenta Silva Rojas desde Perú.
–La investigación tiene que ver con el trabajo agrícola en Ica. ¿Cómo comenzó?
-En la región Ica una de las principales actividades económicas es la agroexportación, ya sea de uvas, arándanos y otros productos. Cuando pasaba por los paraderos, veía a muchas personas que se juntaban a las cuatro o cinco de la mañana. Las veía, pero todavía no tenía la pregunta. Cuando comencé la carrera de Derecho conocí a una persona que, mientras hablábamos de otro asunto por una asesoría jurídica, me contó cómo era la vida de los trabajadores agrícolas y me dijo que había muchas cosas que nadie decía o de las que nadie se preocupaba.
Entonces me animé a investigar. Comencé a ir a los paraderos, a entrevistar personas, a visitar los fondos. Pude ver de primera mano cómo era el trabajo y cuáles eran las vivencias.
-¿En qué momento esa investigación se convirtió en una novela?
-Cuando terminé la investigación sentí que algo se quedaba, que algo faltaba. Al principio creía que estaba escribiendo sobre lo difícil que es el trabajo agrícola, pero terminé dándome cuenta de que estaba escribiendo sobre por qué las personas aguantan condiciones tan adversas.
Y descubrí que muchas veces lo hacen por solidaridad, por conseguir que sus hijos tengan una vida mejor, para ayudar a sus padres o a otra persona. Eso es lo que las motiva a soportar el calor, el trabajo, la humillación. Pero también descubrí otras cosas: la solidaridad, los pequeños actos de amor, cosas mínimas que pasan desapercibidas pero que en esos contextos significan muchísimo.

–Eso aparece en la relación entre la protagonista y la mujer con la que comparte el cuarto. Hablan muy poco, pero hay entre ellas una comprensión muy fuerte.
-Los diálogos restantes pasan detrás de la novela. Lo más importante de lo que ellas hablaron o quisieron decir está en la novela, aunque no aparezca expresado directamente.
-Con la persona con la que comparte el cuarto hay una amistad. Con el enfermero hay otro tipo de relación, que al principio puede parecer romántica, pero después se ve que tiene que ver con el cuidado.
-Sí, también quería mostrar que los actos de amistad, de solidaridad, no se muestran a través de grandes cosas.
En esos lugares no hay tiempo para diálogos profundos. Te dicen: “fila uno”, te mandan a cosechar. Si te pones a hablar o haces algo mal, te pueden callar o despedir. Todo se hace y se habla solamente lo necesario. Se mueve más la mano que cualquier otra cosa.
-Y esa experiencia parece haberse convertido también en una decisión sobre el lenguaje.
-Exactamente. Bajo el sol, con esa presión, el diálogo se va reduciendo porque tu cuerpo quiere descansar, dormir, parar. Eso traté de hacer a través del lenguaje: que no solamente se leyera, sino que se transmitiera esa sensación de miedo y cansancio. La única técnica que encontré fue el ritmo.
–El jurado destacó justamente el silencio de la novela. Hay algo que también está en esas frases cortas, entrecortadas.
-Cuando entrevistaba a las personas veía que muchas veces sentían pena, tristeza, vergüenza o algo que les resultaba difícil compartir. Se detenían, hacían una pausa, decían una cosa y después corregían: “No, era así”. A veces ni siquiera encontraban las palabras. Quise reflejar eso en la novela porque me parecía lo más honesto.
Es como una confesión, como hablarte bajito porque tienes miedo de que alguien escuche o de que después te hagan algo. En lugares donde todos se conocen, si te ponen en una lista negra o dicen que eres la persona que está hablando mal de ellos, después nadie te contrata. Tu sustento depende de eso.

-Hay además una sensación ominosa que atraviesa el libro: ruidos, desapariciones, la sensación de que algo puede pasar aunque nunca termine de saberse qué. ¿De dónde viene?
-Es algo que no se puede nombrar. Las diferentes personas que entrevisté compartían eso, pero cada una tenía una explicación distinta. Algunas decían que eran ruidos de las tuberías que habían quedado y ya no funcionaban; otras, que eran pozos que recién se estaban abriendo; otras decían que era la tierra que se estaba quejando; otras hablaban del ánima.
Todas hablaban de eso, pero nadie te dice finalmente qué es. Depende de cómo cada persona haya vivido y de lo que esté sintiendo. Eso saca de cada uno el miedo que lleva dentro.
-También las desapariciones de algunas trabajadoras contribuyen a ese clima.
-Si tú estás compartiendo un cuarto y desaparece una persona, nadie va a venir a decirte qué pasó. Nadie te explica. Si preguntas, te pueden decir: “¿Qué te importa? Haz tu trabajo y punto”. Entonces te quedas con la sensación de no saber.
Puede ser que no haya aguantado, que haya tenido miedo, que se haya ido como pudo. Pero también Dios sabe qué habrá pasado. No hay un registro ni una reunión donde te expliquen. Cada persona tiene una meta y quiere seguir adelante.
Por eso la amistad que ella establece con alguien es tan importante. Es como encontrar a un aliado en una trinchera: alguien con quien sentirse acompañado en esa injusticia.
-El trabajo tampoco termina con una temporada. Hay un ciclo que se repite.
-La ilusión de casi todas las personas es venir y quedarse una temporada, que son aproximadamente entre cuatro y seis meses. Pero después hay un reenganche. Termina la uva y pasamos al arándano; termina el arándano y pasamos al espárrago; después a la palta y nuevamente volvemos a la uva. Cuando te das cuenta pasó un año, dos años, y no te has ido.
Por eso también existen las principales ciudades donde viven los trabajadores. Es un ciclo. Y eso está en la novela: no existe un final, sino algo que vuelve a repetirse.
-El título tiene que ver justamente con esa relación entre el agua y el trabajo.
-De donde vienen las personas que trabajan en la agroindustria, muchas son mujeres. Me contaban que en la sierra el agua es libre: viene por los ríos, llueve. Pero cuando llegan acá se encuentran con un clima desértico. Acá casi nunca llueve y hasta el agua tiene que trabajar, porque no corre libremente. Tiene un horario, un flujo, la mandan de una manera determinada. Por eso muchos dicen: “Vamos a un lugar donde hasta el agua trabaja”.
-Vos también tuviste que aprender a mirar de otra manera. A los 13 años te fuiste a Japón y viviste allí unos veinte años. ¿Qué dejó esa experiencia en tu escritura?
-Cuando llegué no sabía leer ni escribir japonés y estaba en un aula donde nadie hablaba mi idioma. Lo primero que aprendés es a observar los gestos y escuchar los sonidos. Tuve un profesor que hablaba español y me dijo: “¿Por qué no escribes?”. Me explicó que a través de la literatura podía sacar lo que sentía.
Ahí aprendí algo que después fue fundamental: mostrar y no explicar. Los profesores decían: nunca expliques, no juzgues, no interpretes. Deja que el lector encuentre su propia lectura. Tú presentas la situación y el lector le pone nombre a las emociones.
También aprendí sobre el ritmo. En vez de poner al narrador o al personaje a decir qué siente, hacerlo a través de la prosa.
Para esta novela no encontré otra manera. En vez de decir que ella está cansada, quería que el lector sintiera el cansancio. Como cuando uno corre y empieza a faltarle el aire. Ella vuelve al cuarto, no tiene a alguien que la escuche, al día siguiente vuelve a lo mismo y se van acumulando la presión, los insultos, la deshumanización. El pensamiento se va cerrando porque es una forma de protegerse.
-Además de escritor, sos abogado y trabajás con personas en situación de vulnerabilidad. ¿Hay un vínculo entre ambas cosas?
-Mi trabajo como abogado está más que todo en defender a personas en estado de vulnerabilidad: mujeres, niños, ancianos, personas que muchas veces no tienen recursos. Es una manera de apoyarlas para que la justicia llegue a ellas.
Siempre he escrito. Cuando hay cosas que siento que me desbordan, necesito un canal para plasmarlas. Esta novela nació así. Cuando terminé el artículo científico sentí que faltaba esa dimensión humana.
Escribirla también es una manera de reconocer el trabajo de esas personas, de decirles: ustedes existen, ustedes están ahí. Detrás de cualquier producto hay una persona, una historia. Es una manera de decirles que su esfuerzo vale la pena y que yo lo reconozco.
David Silva Rojas nació en Ica, Perú, y es abogado, investigador y escritor. Vivió durante dos décadas en Japón, adonde emigró a los 13 años, y allí aprendió japonés, estudió y comenzó a acercarse a la literatura. Hace seis años regresó a Perú y se dedicó al derecho, con especial atención a personas en situación de vulnerabilidad.
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