La adolescente que se infiltró en el estudio de Andy Warhol
Nicole Flattery, una de las voces más potentes de la nueva literatura irlandesa, se suma al catálogo de Eterna Cadencia con "Nada especial", su primera novela, un relato de iniciación sobre la amistad, el despertar sexual, el arte y la identidad en medio de una ciudad salvaje, pero que esconde destellos de luz y solidaridad.
Corre la década del 60 en Nueva York. Mae tiene 17 años, vive con su madre alcohólica y su padrastro. Sus compañeras del colegio le parecen sosas y superficiales, quiere conocer el mundo en vez de desperdiciar su vida en clases aburridas. Empieza a vagabundear por las calles de la ciudad, todo es deslumbrante y promete exotismo y diversión. Hasta que le ofrecen un trabajo que la marcará para toda la vida: ser la mecanógrafa de Andy Warhol, quien está escribiendo una novela experimental mientras graba las conversaciones y experiencias de diversa índole que mantiene con amigos, artistas y famosos.
Ese es el punto cero de «Nada especial», la novela de la irlandesa Nicole Flattery que publica este mes la editorial Eterna Cadencia, Con un estilo tan punzante como sensible, Flattery construye una novela de iniciación inolvidable sobre la amistad, el despertar sexual, el arte y la identidad en medio de una ciudad salvaje, pero que esconde destellos de luz y solidaridad para quien pueda verlos.
Lo que hace la joven Mae es transcribir las conversaciones del artista con distintas figuras del arte y la cultura del momento, luego reunidas en el libro A: A Novel (1968). Mae introduce pequeñas modificaciones, chistes internos, adjetivos que no estaban en las grabaciones, etc. Mientras estos grandes egos se pavonean por el estudio hay una joven infiltrándose en la obra, dejando su propia marca. En Nada especial, Flattery imagina la vida de una de esas mecanógrafas que aún hoy permanecen en el anonimato.
Un adelanto de «Nada especial»
Puede que pienses que no estoy buscando nada, y puede que Él –Drella– piense que no estoy buscando nada, pero yo estoy buscando. ¿Cuál de nosotros, quién no está buscando a Dios?
Ondine en a: A novel, Andy Warhol.
Había un libro que a mi madre le gustaba leerme de chica. Debe haber descubierto en algún lado que está bueno educar a los hijos. Debe haberse encontrado con ese dato entre una parva de otros datos que circulaban por entonces. Puede que alguna vez hasta haya visto a una madre y una hija sentadas en un banco avanzando de a poco por las páginas de un libro, la madre deteniéndose nada más que para darle un beso en la frente a la hija. Seguro parecía que estaban pasándola mejor que nadie en el mundo. Ese tipo de imágenes la obsesionaba y la abrumaba.
Creo que lo compró en una tienda de regalos. Tenía esa pinta, esa cosa invariablemente agradable de una tienda de regalos. En el libro había distintos tipos de animales de granja junto con una lista de diferentes atributos. Calculo que mi mamá se sentía medio mal por criarme en una ciudad, entre tanto ruido y crimen. Todo lleno de grafitis, signos de un descontento generalizado.
La granja llegó tarde. Yo ya era demasiado grande para ese libro. Hasta lo entendí en ese mismo momento. Tenía esa edad en que empezaba a darme cuenta de que muchas cosas de nuestra vida eran poco convencionales: nuestra disposición familiar, el departamento gris y destartalado, el aura que parecía tragarnos a los tres, el bar, la calle sombría y sucia donde vivíamos. Mi padre no estaba presente, e incluso aunque hubiera estado mi madre insistía en que no habría expresado ningún interés en leer. Él no era inteligente. A ella no le daba vergüenza eso; ¿por qué los hombres con los que se acostaba tenían que ser inteligentes? Si buscas eso, es por vanidad, declaraba mi madre. Creía que muchas cosas eran por vanidad. Como si hubiera que ser inteligente para señalar una página. Así que nunca conocí a mi padre, y él nunca conoció el libro donde las ovejas adquirían cualidades existenciales. Me parecían siniestras siempre que mi madre y yo nos sentábamos juntas en el piso. Algo pasaba debajo de los saltitos secos y calmos que daban.
Si era tarde, si mi madre había estado bebiendo, mucho de lo que decía era impredecible. Varias veces señalaba una vaca y decía: “Eso es una oveja”.
“Una oveja”, repetía yo.
Sabía que era peligroso corregirla. Sabía, en el fondo, que no era una oveja. Una oveja habría tenido un halo de pelusa alrededor del cuerpo dibujado. El animal acusado nos miraba desde las páginas como diciendo: Yo no hice nada malo. Es uno de mis recuerdos más felices. La presencia de mi madre, tener toda su atención, era especial, irresistible. Creo que todos se sentían así con ella. A mí me gustaba estar cerca de su cara blanda, observar las arrugas suaves del entrecejo, sentir su aliento dulce al oído mientras me susurraba mentiras. Silencio, nada: las manos de mi madre temblando y pasando la página. Después señalaba otro animal, un burro tal vez, y decía: “Eso es una oveja”. “Una oveja”, repetía yo.
Le seguía el juego en todo. Así fue hasta el final. Cuando visitaba la comunidad de jubilados de mi madre –a ve es le decían comunidad, como si todos anduvieran pedaleando juntitos por los senderos de un campo– y una enfermera me preguntaba de qué habíamos estado hablando con mi madre, yo solo decía: “Ovejas”. Ese es el tipo de humor tibio, sin sentido, que hoy llevo a mi vida cotidiana. Donde vivo hace tres décadas, no nos importa ser ocurrentes. No tenemos esa clase de deseos. La cuestión es más bien encajar. Mi día está siendo tan común y corriente como el tuyo, mis pensamientos son tan normales como los tuyos. Acá las risas son púdicas.
A mediados de 1990, cuando mi madre y yo seguíamos sin hablarnos, me agarró una fijación con el libro de la granja. Yo estaba teniendo problemas personales que, como le pasa a toda la gente difícil, creía que estaban directamente ligados a mi relación con mi madre. ¿Yo tenía suficiente cariño para dar? ¿Era responsable? La respuesta a las dos preguntas era no, y seguro era porque mi madre no me había leído lo suficiente de chica. Entonces me acordé del libro de la granja. Hacía poco tenía la internet a disposición, y me puse a investigar. En algún momento, logré enviarle un correo a la editorial responsable. Me pareció un acto altamente productivo. Una misión espiritual. Y pensé que se lo debía a ella. Por ese entonces la gente todavía no terminaba de agarrarle la mano al correo electrónico. Había artículos de revistas a las que me suscribí: cómo mandar un correo, cómo recibir un correo, cuál era la etiqueta; nos ayudaban a aprender un idioma que todavía no entendía mos. Hay que decir hola, lamerle el culo a alguien, despedirse. Atentamente. Las computadoras seguían, gordas y blancas, en las salas de estar, donde sus dueños podían vigilarlas. Yo manejaba el teclado instintivamente. Me gusta pensar que nos reconocimos al instante.
Creo que, al principio, la editorial se alarmó por la cantidad de correos que envié: cada más o menos cinco minutos, escupía otro correo electrónico, como un pájaro mecánico que salía chillando de un reloj cucú.
Otro correo, otra idea, otra visión. Solo podía imaginarme a quien recibía mis correos como una chica de veintipocos; más vieja, no. La veía en su escritorio prolijo, con el pelo peinado, más sofisticada de lo que yo era a su edad, de cutis sano y pecoso tras un viaje de estudios a Europa; tanto esfuerzo para ocultar un desorden interno, una impaciencia oscura. Le contaba que mi madre adoraba el libro de la granja. Nunca supe dónde lo adquirió. Usé a propósito la palabra “adquirió” para marcar el tono. Adquirió. Ese nuevo idioma hacía que todo sonara hueco. En mi segundo correo, le pregunté en qué año se había publicado el libro y quién había estado a cargo. En el tercer correo, sostuve que no era raro que alguien amara un libro. Los que habían hecho el libro de la granja –¿seguían vivos?– no tenían cómo saber que iban a hechizar el corazón terco de mi madre cuando juntaron a todos esos animales en ese orden en particular, cuando soñaron esas ovejas de caras cálidas y las pusieron ahí.
(Fragmento inicial de la novela, cortesía de Eterna Cadencia)
Quién es Nicole Flattery
Nicole Flattery nació en County Westmeath, Irlanda, en 1990. Estudió teatro y cine en Trinity College, donde también obtuvo un máster en Escritura creativa. Sus relatos fueron publicados en London Review of Books, Stinging Fly, New York Times, entre otros. Ganó los premios White Review Short Story Prize e Irish Book Awards Story of the Year (2019).

Su primer libro, el volumen de relatos Show Them a Good Time (2019), ganó el London Magazine Prize for Debut Fiction y el Kate O’Brien Award y será publicado en 2026 por Eterna Cadencia Editora con traducción de Paula Galindez. Su cuento “Dulces palabras” forma parte de la antología Cuentos irlandeses contemporáneos (Eterna Cadencia, 2024).
Corre la década del 60 en Nueva York. Mae tiene 17 años, vive con su madre alcohólica y su padrastro. Sus compañeras del colegio le parecen sosas y superficiales, quiere conocer el mundo en vez de desperdiciar su vida en clases aburridas. Empieza a vagabundear por las calles de la ciudad, todo es deslumbrante y promete exotismo y diversión. Hasta que le ofrecen un trabajo que la marcará para toda la vida: ser la mecanógrafa de Andy Warhol, quien está escribiendo una novela experimental mientras graba las conversaciones y experiencias de diversa índole que mantiene con amigos, artistas y famosos.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora
Comentarios