Reseñas: «Farenheit 451», la escritura contra el olvido

Bradbury imaginó un mundo sin libros para recordarnos que la lectura no es un adorno del bienestar, sino una herramienta esencial contra la anestesia, el olvido y la obediencia.

Por Verónica Bonacchi

A comienzos de los años cincuenta, recién casado y con poco dinero, Ray Bradbury encontró una solución insólita a su precariedad económica. En el sótano de la Universidad de California había máquinas de escribir que funcionaban con monedas: diez centavos por media hora. En nueve días gastó nueve dólares. Con ese tiempo comprado a fuerza de monedas escribió la primera versión de «Fahrenheit 451″. La novela, que imagina un futuro distópico en el que los libros están prohibidos y en el que los bomberos queman cualquier volumen que sobreviva al olvido general», era su favorita. En su lápida, de hecho, se lee: “Autor de Fahrenheit 451”, como si el resto de su vasta obra orbitara alrededor de ese título inevitable.


Publicada en 1953, la novela se convirtió en un clásico inmediato y en una de las más consultadas -y prestadas- de la Biblioteca Pública de Nueva York. El libro tuvo un impacto transversal: pasó de la ciencia ficción al canon escolar, de la cultura popular a los debates académicos sobre censura y libertad de pensamiento.

El director francés François Truffaut la llevó al cine en 1966, aunque Bradbury, fiel a su espíritu sencillo y poco reverente frente al prestigio académico, opinó: “Bah, demasiado intelectual”. La frase no deja de ser irónica. Pocos libros del siglo XX han generado tantas lecturas y discusiones como este.

En la reedición ilustrada por Ralph Steadman, Bradbury escribió una introducción fechada el 5 de marzo de 2004. Decía: “Cada vez que doy una conferencia digo que el principal problema de nuestra civilización no es la guerra contra el terrorismo o el desempleo. Es enseñar a leer y a escribir”.

La declaración, que podría sonar exagerada o incluso provocadora, es la médula de su preocupación central: sin lectura crítica, sin imaginación, sin dominio del lenguaje, la sociedad queda a merced de la manipulación, la simplificación y la repetición mecánica. El analfabetismo como una forma moderna de opresión.

Clásico entre clásicos, «Fahrenheit 451» no imagina un futuro dominado por dictaduras visibles o ejércitos omnipresentes, sino una sociedad anestesiada por el entretenimiento constante, la velocidad y la comodidad. Los libros, no sólo son prohibidos por el Estado; también son abandonados porque ya nadie parece necesitarlos. En ese sentido, y en tantos otros, la novela siempre parece actual. Al contrario, Es más, cada época encuentra en esas páginas un espejo incómodo.

Guy Montag, el bombero encargado de quemar libros, encarna ese balance entre obediencia y despertar. Su duda crece cuando comprende que destruir libros es destruir posibilidades. “Quizá los libros empiecen a sacarnos de la cueva -le dice a su mujer-. ¡Podrían impedir que cometamos los mismos errores demenciales!”.

La escena en la que Montag ve cómo una anciana se niega a abandonar sus libros y muere con ellos es el punto de quiebre. A partir de allí, la novela se transforma en una defensa explícita y apasionada de la lectura como acto de resistencia, memoria y pensamiento autónomo.

El profesor Faber, uno de los personajes más lúcidos del libro, articula esa defensa con una de las frases más citadas de la obra: “Los buenos escritores tocan con frecuencia la vida. Los mediocres la rozan apenas con la mano”.

Bradbury, con sus variaciones y altibajos, fue parte de la educación sentimental de muchas generaciones, con libros como «El hombre ilustrado», «El vino del estío», «La feria de las tinieblas», «Las doradas manzanas del sol» y «Zen en el arte de escribir». Pero en «Fahrenheit 451», aquella frase se vuelve una especie de tótem. Antes, y también ahora, quiere decir escribir, leer y recordar no son lujos culturales para unos pocos, sino algo esencial para que todos sigamos siendo humanos.


A comienzos de los años cincuenta, recién casado y con poco dinero, Ray Bradbury encontró una solución insólita a su precariedad económica. En el sótano de la Universidad de California había máquinas de escribir que funcionaban con monedas: diez centavos por media hora. En nueve días gastó nueve dólares. Con ese tiempo comprado a fuerza de monedas escribió la primera versión de "Fahrenheit 451". La novela, que imagina un futuro distópico en el que los libros están prohibidos y en el que los bomberos queman cualquier volumen que sobreviva al olvido general", era su favorita. En su lápida, de hecho, se lee: “Autor de Fahrenheit 451”, como si el resto de su vasta obra orbitara alrededor de ese título inevitable.

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