Tamara Silva Bernaschina: la joven escritora uruguaya que renueva la literatura latinoamericana

Premiada en Uruguay y publicada ya en Argentina, España, Colombia y Bolivia, Tamara Silva Bernaschina, de apenas 25 años irrumpió con una obra que combina tradición rural, imaginación, conciencia ambiental y una escritura capaz de volver extraordinario lo cotidiano. "Temporada de ballenas", publicada por Concreto, es su primera novela.

Por Verónica Bonacchi

A los 25 años, Tamara Silva Bernaschina ya ocupa un lugar poco frecuente dentro de la literatura uruguaya contemporánea. Le bastaron tres libros – “Desastres naturales”, “Larvas” y la novela “Temporada de ballenas”- para construir un universo propio, donde conviven el mundo rural, los vínculos familiares, los animales, el misterio y una prosa de una intensidad poco común.


Los premios llegaron muy temprano: dos Bartolomé Hidalgo por “Desastres naturales”, el Premio Nacional de Literatura de Uruguay en la categoría Ópera Prima y una rápida circulación internacional que llevó sus libros a Argentina, España, Colombia y Bolivia. Pero el verdadero fenómeno no se explica por los galardones sino por lo que hay en su escritura desde el comienzo: una voz propia.


Nacida en Minas, en el año 2000, Silva Bernaschina creció entre el paisaje serrano del interior uruguayo, al norte de Montevideo, una ciudad marcada históricamente por la industria del cemento Pórtland. En su escritura, cruda, poética, esa geografía funciona como un órgano vital. Los arroyos, los montes, los animales, los caminos de tierra y los pueblos pequeños -alejados del mar- aparecen atravesados por una inquietud muchas veces ominosa. Lo extraordinario irrumpe desde el propio paisaje, como si siempre hubiera estado allí esperando ser visto.


Su literatura dialoga con una larga tradición uruguaya. En ella resuenan Juan José Morosoli, Felisberto Hernández, Armonía Somers o Juan Carlos Onetti, autores que también hicieron del interior del país un espacio literario. Pero esa tradición aparece desplazada hacia una sensibilidad contemporánea. La propia autora ha contado que, como lectora, la marcaron profundamente escritoras latinoamericanas como Mariana Enriquez, María Fernanda Ampuero, Fernanda Trías, Mónica Ojeda o Fernanda Melchor. Sin imitarlas, comparte con ellas una especie de credo: lo perturbador no viene de monstruos externos, sino de aquello que permanece oculto dentro de las familias, los cuerpos y la naturaleza.


Esa mezcla se lee claramente en “Larvas”, el libro que la llevó hasta España, publicada por Páginas de Espuma, y que fue finalista del premio Finestres. Los ocho cuentos están poblados por perros salvajes, caballos, peces, piojos, animales muertos y criaturas que parecen atravesar sin esfuerzo la frontera entre lo real y lo fantástico. Sin embargo, pocas veces hay explicaciones. Silva Bernaschina prefiere dejar zonas de sombra. Esa confianza en el silencio es una de sus marcas.


En sus relatos conviven la ternura y la violencia, la infancia y la muerte, la belleza y lo viscoso. Hay bebés cubiertos de pelo, mujeres que orinan peces, perros que parecen administrar justicia o caballos que regresan del río porque “lo que no se entierra sigue vivo para siempre”. Pero esas imágenes nunca buscan el impacto fácil. Funcionan como una forma de mostrar que bajo la superficie cotidiana existe otra lógica, más cercana al mito, al folclore o al sueño.


La ballena más solitaria



En “Temporada de ballenas”, su primera novela, esa poética alcanza una dimensión todavía más ambiciosa. La historia no avanza de manera lineal: está construida a partir de fragmentos, recuerdos, escenas y pequeños desvíos que se iluminan unos a otros. La narradora vuelve una y otra vez a la infancia desde la adultez, pero las dos voces terminan mezclándose hasta volverse indistinguibles. De distintas maneras, una y otra ponen la lupa en los secretos, en lo no dicho, en la muerte.


La novela, breve, con destellos de un humor encantador, también funciona como una cartografía de Minas, la ciudad donde nació la autora. Lejos de idealizar el interior uruguayo, el paisaje aparece atravesado por las canteras de piedra -donde hacen pórtland-, que durante décadas moldearon la economía local, pero también el aire que respiran sus habitantes. “Minas es una ciudad de gente asmática”, la define. La contaminación, las enfermedades respiratorias, la explotación del territorio y la transformación del paisaje no aparecen como una denuncia explícita. Aunque sí: desde un cerro, la narradora observa una ciudad “metida en un huequito”, mientras el polvo y el ruido de las canteras parecen impregnar la memoria: “El nuevo novio de mi madre trabaja en la cantera de pórtland. Cuando llega, a pesar de estar limpio, deja tras de sí un caminito de polvo gris (…) y me da la impresión de que una babosa gigante anda por la casa”.


El agua organiza toda la novela. Es el lugar del juego y de la infancia, pero también de la pérdida, de los cuerpos, del peligro y de la memoria. Hay una paradoja hermosa: “Temporada de ballenas” transcurre lejos del océano y, sin embargo, las ballenas atraviesan el relato. La imagen de la ballena de 52 hercios, la más solitaria del mundo -el cetáceo que canta en una frecuencia distinta a la del resto y que nunca encuentra respuesta- se transforma en una poderosa metáfora de la dificultad para comunicarse. En esa búsqueda aparecen las mujeres de la familia -bisabuela, abuelas, madre, hermana- como una red afectiva que sostiene el relato frente a la figura más distante del padre. El verdadero viaje de la novela no es hacia el mar, sino hacia una forma de escuchar aquello que permanece oculto.


Hay otro rasgo que distingue la escritura de Silva Bernaschina: su extraordinaria capacidad para poetizar la percepción sin abandonar nunca el realismo. El sonido ocupa un lugar central: el canto de las ballenas, el traqueteo de las máquinas, los silencios familiares, las voces que no terminan de decir aquello que importa. Esa musicalidad atraviesa toda la novela y confirma una de las grandes virtudes de la autora: convertir el paisaje, los cuerpos y la memoria en una experiencia sensorial antes que argumental. Más que contar una historia, sus libros construyen una atmósfera de la que resulta difícil salir una vez terminada la lectura.


A los 25 años, Tamara Silva Bernaschina ya ocupa un lugar poco frecuente dentro de la literatura uruguaya contemporánea. Le bastaron tres libros - “Desastres naturales”, “Larvas” y la novela “Temporada de ballenas”- para construir un universo propio, donde conviven el mundo rural, los vínculos familiares, los animales, el misterio y una prosa de una intensidad poco común.

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