Líderes insustituibles

Por Redacción

La Argentina no es el único país latinoamericano en que, con cierta frecuencia, buena parte de la población cae en la tentación de procurar reemplazar los complicados mecanismos propios de la democracia liberal por un hombre –o mujer– supuestamente providencial, de tal modo simplificando todo y ahorrándose la necesidad de preocuparse por los destinos de la República. Se trata de una enfermedad política que antes era endémica en la región pero que en la actualidad sólo afecta a Cuba, Nicaragua, Ecuador, Bolivia y, claro está, Venezuela, país que desde febrero de 1999 ha sido la víctima más llamativa del mal caudillista debido al desprestigio de la clase política tradicional, el eclipse de los partidos y la conducta histriónica de Hugo Chávez. Beneficiado por una caja repleta de petrodólares, Chávez ha podido proclamarse inventor del “socialismo del siglo XXI” e intentar exportar su “revolución” al resto del planeta, pero parecería que la aventura está por terminar a causa de sus problemas de salud. A diferencia del socialismo de siglos anteriores, la versión “bolivariana” depende de la personalidad extravagante de su creador y, por supuesto, de las decenas de miles de millones de dólares que maneja a discreción. Así las cosas, a menos que Chávez se recupere pronto del cáncer que lo ha obligado a trasladarse a Cuba por tiempo indeterminado para someterse a una cirugía intestinal, el proyecto político que se ha improvisado en torno a su figura podría desmoronarse con rapidez desconcertante, lo que con toda seguridad significaría el comienzo de un período caótico acaso prolongado. Lo que está ocurriendo en Venezuela debería servirnos de advertencia puesto que aquí también el movimiento gobernante es exageradamente personalista. Por fortuna, las instituciones políticas no se han degradado tanto como las venezolanas, pero así y todo parecen demasiado débiles como para permitirle al país superar con facilidad las dificultades que le supondría la eventual merma del poder, en la actualidad omnímodo, de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. En vista de que hay buenos motivos para prever que, como resultado del ajuste feroz que se ha iniciado combinado con las deficiencias flagrantes de la gestión de una mandataria más interesada en su “relato” que en la eficiencia administrativa, los problemas sigan multiplicándose, no sorprendería en absoluto que en los próximos meses su popularidad comenzara a disminuir, privando al gobierno que encabeza de su única base de sustentación, ya que ningún ministro o secretario –para no hablar del vicepresidente Amado Boudou– posee más que una fracción del “carisma” atribuido a la presidenta. Los sistemas unipersonales son precarios por basarse en el culto al líder y la abnegación de quienes desempeñan funciones clave pero entienden que no les convendría negarse a obedecer órdenes aunque les parezcan arbitrarias. Si bien los miembros de gobiernos de este tipo suelen afirmarse comprometidos con una ideología coherente, su poder siempre depende de la relación que sectores ciudadanos amplios creen tener con el caudillo que por lo tanto será considerado insustituible, razón por la que sus simpatizantes insistirán en la presunta necesidad de eliminar las trabas constitucionales que, de respetárselas, le impedirían perpetuarse en el poder. Aun cuando Cristina siga disfrutando de buena salud por muchos años más y los problemas económicos no incidieran en su relación con la mayoría, el personalismo exagerado que se ha hecho tan característico de su gestión, agravado por la obsecuencia servil de quienes la rodean, perjudicará enormemente al país. Para exaltar a la jefa, sus partidarios seguirán socavando las instituciones –el Congreso, la Justicia, los organismos de control– que podrían ocasionarle disgustos, además de atacar con vehemencia creciente a todos aquellos que se resisten a rendirle pleitesía. Por lo tanto, existe el riesgo de que la cultura política nacional sufra un proceso degenerativo equiparable con el que está provocando alarma en Venezuela, donde los voceros gubernamentales y sus aliados del periodismo oficialista, asustados por la posibilidad de que el chavismo tenga los días contados, están tratando de descalificar al candidato opositor, Henrique Capriles Radonski –“un cochino”, según Chávez–, cubriéndolo de insultos antisemitas.


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