Llamado de atención
Desconcierto por las contramarchas de Weretilneck.
DE DOMINGO A domingo
ALICIA MILLER amiller@rionegro.com.ar
El dispendio generado por la continuidad de siete gobiernos radicales sigue siendo la razón principal de la situación actual de la provincia de Río Negro. Pero a medida que transcurren los meses –y van seis– se hace más evidente que el gobierno que conduce Alberto Weretilneck no ha generado un viraje de timón que permita suponer cambios notables. Si desde la ciudadanía ése puede ser el mayor reclamo, desde el sector político que lo llevó al poder suman otros. Durante años, Río Negro careció de lo que en otras latitudes resulta un concepto básico: una gestión pública profesionalizada, que defina objetivos concretos y estrategias para alcanzarlos. Que anuncie metas y permita evaluar su cumplimiento. El tiempo que lleva el Frente para la Victoria es aún escaso. Pero las señales de mejoría en algunas áreas se ven opacadas por errores gruesos y desorden en otras. En términos generales, desde el cambio de signo partidario en diciembre pasado, el “paisaje” provincial no ha mutado demasiado, ni en términos políticos ni en calidad de gestión o de servicios públicos. Esto, dicho en relación con las expectativas que generó. Es decir, la subjetividad contribuye a la decepción. Sin duda que, en gran medida, es posible atribuir esta continuidad aparente a la propensión inercial de toda estructura estatal. En el caso puntual, han aportado su cuota la falta de un programa y la ausencia de equipos consolidados. Si bien la realidad no es buena ni mala sino única e indiscutible, las visiones y diagnósticos sobre ella son tantos y tan diversos como el número de observadores y de intereses en juego. La particular circunstancia generada tras el asesinato del gobernador Carlos Soria sigue desafiando las leyes del equilibrio y el movimiento en la política provincial. La prudencia, los amagues, las medias palabras y el lenguaje de señas entre el peronismo y el actual gobernador parecen estar dando paso a acciones algo más concretas, generadas unas por el sinceramiento. Otras, por la impaciencia. Esta semana, los integrantes de la Liga de Intendentes que conduce el roquense Martín Soria concertaron un encuentro para evaluar la situación de las comunas peronistas en materia financiera y su relación con el gobierno provincial, especialmente en temas como las finanzas, la transferencia de servicios de reparación de escuelas, las dificultades para encontrar interlocutores ágiles en el gabinete, la crisis de la fruticultura, la minería y la seguridad. El martes, el presidente del Partido Justicialista, Miguel Pichetto, llamó y sumó a los legisladores y al Consejo del Partido. Así, a siete meses de asumir el Frente para la Victoria, se realizó la primera reunión “partido y gobierno”. Curiosamente, sin gobernador, puesto que éste pertenece al Frente Grande. El hermetismo de la convocatoria habla de que la dirigencia justicialista no quiere que las diferencias con Weretilneck trasciendan ni aporten argumentos que debiliten su propia fuerza y la del gobierno. Pero confirma que las cuestiones tratadas son de fondo, no sólo de estilos. Hoy, más que nunca, los peronistas maldicen la condición de ser oficialismo sin gobierno y de estar en el poder viendo cómo otro lo ejerce. Esta indiscutida verdad, afirman, no es incompatible con la generación de una realidad que se adapte más a sus expectativas. Objetivo que buscan alcanzar sin rompimiento ni tensiones públicas. Difícil, en un tiempo en que la comunicación derriba los muros del secreto hasta en el Vaticano. En el eje de todo, en definitiva, están Alberto Weretilneck y el modo en que está ejerciendo el gobierno que heredó al morir Soria. De la cautela inicial pasó el cipoleño a la toma de decisiones en algunos casos sorprendentes para sus socios políticos. Aquello de que “éste fue, es y será el gobierno del Partido Justicialista” –repetido como misa diaria los dos primeros meses de su gestión– hoy dio lugar a un discurso diferente, que prescinde de nombrar a Soria y se referencia sólo en el proyecto nacional como marco protector. De la actitud deliberativa ante cada medida –de aquellos primeros días– pasó a regir sus acciones por consultas bastante más acotadas y con una lógica que a varios desconcierta. Aquel triunvirato virtual con Miguel Pichetto y Martín Soria ya no existe, algo que terminó acercando a los dos peronistas, unidos por la desazón. Sea por prudencia o por inseguridad, la aún breve gestión de Weretilneck ha vivido varias marchas y contramarchas. Declaraciones públicas que se contradicen, anuncios que no son, decretos que caen antes de la ocasión de cumplirlos… – Esta semana revirtió su decisión de que no tuvieran vacaciones de invierno las escuelas que hubieran perdido al menos diez días de clase. – Antes, impulsó el juicio político al juez del STJ Víctor Sodero Nievas y fue después el principal operador para su “salvataje”. – Promovió un STJ de cinco miembros, para afirmar luego que lo resolverá “una comisión técnica”. – Transfirió el mantenimiento de escuelas a los municipios, para excluir más tarde de esa decisión a los más grandes, que la resistieron. – Avaló la ley de Disponibilidad promovida por su antecesor, para licuar luego sus efectos. – Defendió el drástico aumento de sueldos a funcionarios, pero este mes buscó reducir su efecto evitando por decreto que cobren el aguinaldo. – Alentó una Defensoría del Pueblo profesional, pero digitó las designaciones a su antojo. – Expresó su deseo de que conduzca la CGT un miembro de la Mesa Sindical, para desdecirse a las pocas horas. – Alentó el reclamo de los productores frutícolas, pero la situación lo complicó cuando las críticas fueron a su ministro de Producción. En la reunión del viernes, paradójicamente, el más severo crítico del gobernador fue el peronista que más cerca de él estuvo hasta ahora: el senador Miguel Pichetto alzó voz ante el peronismo a favor de más participación en las decisiones. “Somos el partido de gobierno”, dijo al cuestionar la ambivalencia de Weretilneck, puesta de manifiesto en su propensión a dialogar en un plano de igualdad con los más dispares sectores políticos. “Escucha, pero después hace lo que se le da la gana”, se lamentó. Martín Soria, en definitiva, no necesitó hablar: otros pronunciaban la queja que tantas veces él había señalado. El sinceramiento de una situación que estaba soterrada es, sin duda, beneficioso para todos. Para el gobernador Weretilneck, que ha consolidado poder propio, algo que sin duda redunda en beneficio de su gobierno. Para el peronismo, que tiene el desafío de transformar su nuevo consenso en líneas efectivas de interlocución con el gobernador y sus –pocas– personas de confianza. Falta saber si todo esto, finalmente, contribuirá a mejorar la gestión en beneficio de la provincia y sus habitantes.
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