Llao Llao, el regreso de la música
Hoy es el turno de la Gran Noche de Cámara.
El Hotel Llao Llao vuelve a ser protagonista de este enorme evento de la música clásica.
Cada año hay algo nuevo y distinto que decir de la Semana Musical Llao Llao. El ciclo se reinventa para ofrecer un panorama actual, muy necesario por cierto, de la llamada música clásica o docta. Es un viaje hacia el sur desde el centro, donde la totalidad de los artistas que participan se mueve con soltura. Y el centro son las capitales del mundo en las que se conoce la virtud de sus interpretaciones.
Por eso la Semana Musical está hecha de postales, fragmentos de un todo, que uno puede sacar del álbum de los recuerdos sin temor a equivocarse.
Los encuentros anuales han sido siempre una paradoja: fugaces pero eternos. Estuvo Martha Argerich, sin duda, y fue como un raro sueño, una tormenta en el verano, y el Trío Argentino y Rafael Gintoli y el Cuarteto de Cuerdas Fundación Patagonia y un genial y joven Horacio Lavandera, que hizo y deshizo en un piano traído especialmente para él. También las charlas imprescindibles del fallecido Abel López Iturbe, de Nelson Castro y Marcelo Arce que sirven de puente entre la historia, la técnica y nosotros, los aficionados, los que podrían denominarse como amantes incondicionales de un arte que se deja seducir pero no siempre se explica a sí mismo.
Y éste es a su vez el “extraño sueño” de Martín Nijensohn, un flautista, un músico, un sobresaliente anfitrión y, al fin, un empresario. Sobrio, elegante y secretamente minucioso. Nijensohn, como un director de orquesta que permanece unos pasos por detrás de los directores de orquesta que visitan la Semana, se ocupa de que todos los instrumentos suenen en armonía.
Si se pudiera contar sin tecnicismos, con completa honestidad de qué se trata la Semana Musical, habría que apelar a las sensaciones más que a las virtudes de un programa brillante y sólido. Es, por ejemplo, la lluvia golpeando los ventanales de una de las salas mientras suena Mozart en las manos de un conjunto de jóvenes talentos. Es el silencio entre un movimiento y el siguiente. Son las risas que produce una anécdota contada por Nelson Castro. Es la vibración de la nota de un violín prolongada más allá de todo y todos hasta las montañas imaginadas y tan reales de la Patagonia. Es el aroma a madera. Las charlas apuradas en el break. La imagen tan nítida de que algo trascendental y muy pero muy delicado está ocurriendo arriba del escenario.
Un encuentro de esta envergadura no se mide por la luminosidad de un momento, por el cartel de un solo artista, sino por la constancia de su programa. Por sus consistencia.
En verdad, Semana Musical Llao Llao es en sí misma una promesa, un profecía autocumplida a lo largo de los años. El mayor evento de música clásica ha vuelto al sur.
Bienvenido, un placer. Como siempre.
Claudio Andrade
candrade@rionegro.com.ar