Lo que está en juego



Si bien merecerá cierto interés el desenlace final del duelo que están librando en la Capital Federal el nacionalista de izquierda Fernando “Pino” Solanas y el kirchnerista Daniel Filmus por la tercera banca del Senado, para la mayoría se tratará de un asunto menor en comparación con lo que suceda el domingo en la provincia de Buenos Aires. Con razón o sin ella, la ciudadanía cree estar asistiendo al comienzo de la lucha por la sucesión. Según las encuestas de opinión, la lista encabezada por el intendente de Tigre, Sergio Massa, superará a la de Martín Insaurralde, el candidato del Frente para la Victoria, por un margen de entre 8 y 12 puntos. Sin embargo, a menos que Massa, el retador, venza a Insaurralde de forma un tanto más contundente de lo que harían prever los sondeos más recientes, tendría motivos para sentirse preocupado. A pesar del deterioro de la imagen del gobierno nacional, una tasa de inflación insoportablemente alta y la sensación, agravada por la enfermedad de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, de que un “ciclo” se agota con rapidez y que por lo tanto sería necesario prepararse cuanto antes para el siguiente, parecería que Massa no conseguirá distanciarse mucho de un candidato que, antes de iniciarse la campaña, era un virtual desconocido. De ser inferior al 10% la eventual diferencia entre Massa e Insaurralde, pues, el oficialismo, representado principalmente por el gobernador bonaerense Daniel Scioli que se puso al frente de la campaña del intendente de Lomas de Zamora, podría sentirse satisfecho con el resultado, ya que a su juicio mostraría que el ascenso de la nueva estrella del firmamento político nacional no es tan irrefrenable como algunos habían dado a entender. Como es habitual en circunstancias como las previstas, el oficialismo en su conjunto procuraría minimizar la importancia de la derrota que, de no producirse una sorpresa mayúscula, le aguarda en las elecciones legislativas, mientras que los vinculados con las distintas fracciones tratarían de achacarla a las deficiencias de sus rivales internos. Para Cristina y los integrantes de su pequeño círculo áulico, los responsables serán Scioli e Insaurralde, a quienes abandonaron a su suerte después de las PASO: en los afiches electorales de la provincia quedan muy pocas alusiones a la presidenta. En cambio, será de suponer que Scioli, sin desafiar abiertamente a Cristina, se las arreglará para difundir la impresión de que, de no haber sido por sus esfuerzos, la derrota habría resultado ser mucho más penosa. ¿Cuál de las versiones se impondrá? Al proliferar los síntomas de decadencia irremediable en el núcleo duro del kirchnerismo, el planteo de Scioli parecería más realista. A diferencia de Massa, que atrae a los peronistas e independientes afines que están a favor de romper con Cristina, Scioli representa a los que preferirían una transición más ordenada, una alternativa que, de más está decirlo, se ve resistida por la presidenta y sus partidarios más fervientes. No sólo para Massa, sino también para aquellos presuntos presidenciables que no son peronistas, el que los kirchneristas sigan contando con el apoyo del 30% aproximadamente del electorado ha de ser un motivo de inquietud. En vista del estado nada promisorio de la economía, los escándalos protagonizados por individuos como el diputado porteño Juan Cabandié, la ineptitud extraordinaria de tantos funcionarios y la naturaleza unipersonal de un gobierno que, en ausencia de Cristina, tiene como jefe formal a uno de los políticos más desprestigiados del país, lo lógico sería que enfrentara una debacle de dimensiones históricas en las urnas, no un rapapolvo con toda seguridad doloroso pero así y todo poco severo según las pautas internacionales. Es posible que esta situación se modifique en los meses próximos, sobre todo si se hace evidente que, por motivos de salud, Cristina no está en condiciones de continuar tomando todas las decisiones, lo que eliminaría definitivamente la idea de que, de un modo u otro, pudiera seguir al mando del movimiento del que es la única líder presentable con la excepción de Scioli al que, sus manifestaciones de lealtad no obstante, se atribuyen ideas políticas muy distintas de las reivindicadas por los personajes que rodean a la presidenta.


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