Lógica chavista
Según algunas encuestas recientes, el caudillo venezolano Hugo Chávez podría perder, si bien por un margen exiguo, ante su rival Henrique Capriles Radonski en las elecciones presidenciales fijadas para el 7 de octubre, pero parecería que, para superar el inconveniente así supuesto, el inventor del “socialismo del siglo XXI” ya está pensando en poner en marcha un plan B: desataría una guerra civil. En efecto, claramente alarmado por la posibilidad de que sus compatriotas opten por poner fin a la a menudo estrambótica aventura bolivariana que tantos perjuicios les ha causado, Chávez afirma que, de triunfar Capriles, “el pueblo no se quedaría con los brazos cruzados” sino que se alzaría en defensa de sus derechos adquiridos. Como otros populistas de mentalidad autoritaria, Chávez supone que sus propios partidarios constituyen “el pueblo”, mientras que los demás, aun cuando voten mayoritariamente por otro candidato, conforman “la burguesía”, y por lo tanto es legítimo combatirlos con violencia. En opinión de políticos como Chávez, si les es posible conservar el poder con métodos más o menos democráticos, tanto mejor, pero caso contrario creen tener derecho a emplear otros que sean mucho más contundentes. La voluntad de Chávez de intimidar al electorado, dando a entender que no vacilaría en provocar una guerra civil a menos que le brinde el apoyo debido en el cuarto oscuro, puede atribuirse a la conciencia de que sus días en el poder están contados, ya que, además del desafío planteado por el joven candidato opositor, tiene que enfrentar el supuesto por el estado precario de su salud. Puede que, para sorpresa de muchos médicos, Chávez realmente haya conseguido recuperarse del cáncer que lo obligó a trasladarse varias veces a una clínica en Cuba, pero aun así, los venezolanos ya se habrán preparado para enfrentar un futuro sin la presencia asfixiante del personaje que desde hace años domina la vida pública de su país. Con todo, aunque muchos que saben que la gestión del “bolivariano” ha sido un desastre con muy pocas atenuantes preferirían permitirle seguir en el poder por miedo a la reacción previsiblemente violenta de sus partidarios frente a cualquier intento de privarlos de sus “derechos adquiridos” –es decir el botín que han acumulado en los años últimos–, a juzgar por los resultados de las encuestas son cada vez más los dispuestos a arriesgarse. Merced a la costumbre, típica de populistas de pretensiones revolucionarias, de subordinar la realidad a sus propios caprichos, Chávez se las ha arreglado para depauperar a un país que, en principio, debería de ser relativamente próspero. La tasa de inflación es tan alta como la argentina, los apagones son rutinarios, la explosión de la refinería de Amuay, que provocó la muerte de más de 40 personas, ha sido atribuida a la desidia que es característica del régimen, una parte sustancial del empresariado ha buscado refugio en lugares menos inhóspitos, comenzando con Estados Unidos, llevando consigo las inversiones que Venezuela necesita, muchos medios periodísticos han tenido que elegir entre sumarse al coro propagandístico del régimen y verse despojados. Y como si todo esto ya no fuera más que suficiente, el delito callejero ha alcanzado una intensidad tan extrema que Caracas se ha convertido en una de las ciudades más violentas del mundo, superada sólo por Ciudad Juárez en México y Kandahar en Afganistán: la tasa de homicidios en Venezuela es diez veces mayor que la registrada en la Argentina. Pero, como hemos aprendido a través de las décadas, la ineptitud extrema de regímenes como el chavista, que si bien logran enriquecer a sus cómplices sólo saben repartir pobreza entre los demás, no necesariamente acarrea costos políticos abultados. Con tal que los propagandistas oficiales consigan convencer a las víctimas de su inoperancia de que los responsables de sus muchas desgracias son otros, por lo común los imperialistas yanquis y “los oligarcas” locales, no suele serles demasiado difícil sacar provecho de sus propios fracasos, movilizando al “pueblo” en contra de sus presuntos enemigos, batiendo el parche nacionalista y también, huelga decirlo, esforzándose por convencer a sectores ciudadanos decisivos de que son los únicos que están en condiciones de garantizar la gobernabilidad ya que, privados del poder, serían plenamente capaces de desatar un caos fenomenal.