Londres, el nuevo paso de la militarización olímpica
Los Juegos Olímpicos de Atenas de 1896, los primeros de la modernidad, fueron una fiesta de amistad, paz y competición entre atletas de todo el mundo. Ahora, 116 años más tarde, Londres 2012 se erige como una auténtica fortaleza militar, un sismógrafo que determina los temores y peligros del mundo actual. Un ejército de soldados, misiles tierra-aire alrededor del parque olímpico y en el río Támesis, buques de guerra delante de la costa del sur de la isla británica… Londres 2012 está en el extremo de la militarización, un proceso que comenzó hace 40 años tras los atentados en Munich 1972 y que se reformuló tras los ataques suicidas contra Estados Unidos en septiembre del 2001. “Todos los Juegos tuvieron un componente militar”, ha dicho el ministro de Defensa británico, Philip Hammond. El uso de 18.200 soldados, buques de guerra y misiles y el costo de seguridad –cerca de 1.200 millones de euros, unos 1.456 millones de dólares– marcan un nuevo máximo en la prevención de amenazas. Hay un cerco eléctrico de cuatro metros de altura y 17 kilómetros de largo cargado con 5.000 voltios de potencia alrededor del parque olímpico. Su costo: 100 millones de euros. El punto de inflexión sobre la escalada de la seguridad en los Juegos fue Munich 1972. Hasta 17 personas murieron tras el ataque de terroristas palestinos a la delegación israelí. Esta impactante colección de violencia cambió para siempre el carácter de los Juegos Olímpicos. La militarización comenzó un curso que a día de hoy no tiene límite. Cuatro años después de que el entonces presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), Avery Brundage, proclamase en Munich la famosa frase “los Juegos deben continuar”, Montreal acogió los Juegos de 1976. Armadas con ametralladoras, las fuerzas militares se encargaron de velar por la seguridad. Los atletas que aterrizaban subían inmediatamente en un autobús custodiado por soldados que los llevaba a un garaje subterráneo de la villa olímpica. Hasta 16.999 soldados y policías estaban al mando y ya disponían de sistemas informáticos y otros facilitados por Interpol. Los Juegos de Montreal fijaron el nuevo estándar de seguridad, que continuó en los boicoteados Juegos de Moscú 1980 y en Los Ángeles 1984. La Unión Soviética y Estados Unidos estaban en plena Guerra Fría cuando la llama olímpica llegó a Moscú en 1980. Estados Unidos, país presidido en aquel entonces por Jimmy Carter, decidió prohibir a sus atletas participar en la cita olímpica dada la tensión entre ambos países. El Ejército Rojo fue el garante de la seguridad al igual que cuatro años más tarde, en Los Ángeles 1984, fue la Armada estadounidense la que, gracias a su alto número de soldados, pudo garantizar el desarrollo normal de los Juegos. La primera fase de la militarización de los Juegos terminó con Seúl 1988, que se celebró a tan sólo 58 kilómetros de la frontera con su vecino y enemigo Corea del Norte. Un ejército completo con un único fin: unos Juegos bajo el título “Armonía y bondad”. A pesar de la amenaza terrorista de la organización separatista vasca ETA, Barcelona acogió en 1992 los Juegos de la relajación tras la caída del Muro de Berlín en 1989. Esta relajación desapareció cuatro años después en Atlanta, donde murieron dos personas y 111 fueron heridas por la explosión de una bomba en el Parque Olímpico. Los anfitriones se prepararon para prevenir atentados de aviones kamikazes, pero estuvieron más pendientes del bullicio comercial de “los Juegos de la Coca-Cola” que de los peligros reales. Los Juegos de Sydney 2000 quedaron, junto con los de Barcelona, en el corazón de la historia olímpica. Los australianos reorganizaron las medidas de seguridad y cambiaron las leyes de tal manera que la llegada y transporte de los atletas estuviera siempre bajo control. Se añadieron nuevas precauciones, como los métodos de defensa contra las armas biológicas como consecuencia del descubrimiento de un depósito de armas en Australia un mes antes del comienzo de los Juegos. El ataque terrorista en Nueva York el 11 de septiembre de 2001 supuso otro punto de inflexión de la concepción de los sistemas de seguridad, no sólo en las citas olímpicas sino en cualquier apartado de la sociedad. El gobierno de Estados Unidos creó un escudo para los Juegos de Invierno de Salt Lake City 2002 con aviones de combate y helicópteros “Black Hawk”, dotó un ejército de 15.000 personas y convirtió la villa olímpica en una fortaleza. En los Juegos de Atenas 2004 la Unión Europea unió fuerzas con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) para planificar la seguridad, cuyo coste ascendió a los 1.500 millones de dólares. El esfuerzo por la seguridad en Pekín 2008 fue inmenso. El Estado reclutó 1,5 millones de voluntarios: 100.000 “voluntarios olímpicos”, 400.000 “voluntarios de la ciudad” y un millón de “voluntarios de la sociedad”. Sólo hubo una mancha: una masacre de 16 personas de la minoría uigur en una región del noreste de China a cuatro días de la jornada inaugural. El centro de prensa, la villa olímpica y el hotel del COI estuvieron dos días custodiados por tanques. Ahora Londres toma el testigo y continúa con la escalada de la militarización.
Günter Deister DPA Features