Los costos de la impericia

Redacción

Por Redacción

Puede que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus colaboradores principales tengan sus dudas en cuanto al valor práctico de las teorías de aquellos ideólogos que les aseguran que, en última instancia, las apariencias importan mucho más que la realidad, de ahí el entusiasmo que les motiva “el relato” que han improvisado, pero tal y como están las cosas no les queda más opción que la de esperar que los asesores de imagen resulten tener razón. Ya no están en condiciones de modificar mucho la realidad sin cambiar radicalmente el rumbo, pero parecen creerse capaces de minimizar los costos políticos de su propia ineptitud atribuyendo todas las desgracias a una conspiración mediática siniestra. No sorprende, pues, que hayan reaccionado frente a la proliferación reciente de reveses de distinto tipo intensificando la campaña propagandística contra el Grupo Clarín, como si supusieran que su eventual desmantelamiento los ayudaría a superar los problemas concretos. Sucede que, desafortunadamente no sólo para los kirchneristas sino también para casi todos los demás habitantes del país, después de más de nueve años en el poder el gobierno se las ha arreglado para crear un embrollo económico tan extravagante que no le será dado resolverlo. A pesar de la desaceleración abrupta, la inflación sigue subiendo, acercándose al 30% anual, sin que los controles ensayados por el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, logren frenarla. Asimismo, propende a agravarse el déficit energético, huyen en cuanto pueden los dólares y, como es lógico en vista de la incertidumbre generalizada, a muy pocos empresarios se les ocurriría arriesgarse aumentando la inversión. Como suele suceder en vísperas de una crisis de desenlace imprevisible, están más interesados en tratar de conservar lo que todavía tienen que en tratar de aumentarlo. Según Cristina, las dificultades se deben al impacto de la convulsiones económicas del “mundo”, pero a juicio de la mayoría de los especialistas, la coyuntura internacional sigue siéndonos insólitamente favorable, puesto que los precios de la soja y otros commodities se han mantenido en un nivel muy alto y, a causa del aislamiento financiero, la Argentina apenas se ve afectada por la evolución errátil del mercado de capitales que tantos dolores de cabeza está provocando en países como España, Italia y Grecia. Mal que le pese al oficialismo, el desaguisado económico cada vez más embrollado que se ha producido puede atribuirse casi exclusivamente a la combinación nefasta de un “modelo” setentista arbitrario con la impericia a veces cómica de los funcionarios encargados de administrarlo. Al difundirse la impresión de que los diversos personajes que manejan distintas áreas de la economía –Moreno, Hernán Lorenzino, Axel Kicillof, Mercedes Marcó del Pont– sencillamente no están a la altura de sus responsabilidades, la desconfianza resultante ya no se limita a economistas profesionales de opiniones “ortodoxas”, financistas que temen verse obligados a prestar sumas cuantiosas de dinero a empresas manejadas por militantes de La Cámpora y los empresarios del “aparato productivo” que necesitan importar insumos, sino que también ha comenzado a incidir en la actitud hacia el gobierno de sectores mucho más amplios, incluyendo, desde luego, los supuestos por su clientela electoral del conurbano bonaerense, además de la clase media. En los meses últimos, la imagen de Cristina ha experimentado un deterioro notable. Para revertir el proceso así supuesto, la presidenta tendría que convencer al grueso de la ciudadanía de que entiende muy bien los motivos por los que ha perdido popularidad y que está resuelta a hacer cuanto resulte necesario para que en adelante la gestión del gobierno sea mucho más eficaz. Sin embargo, parece poco probable que Cristina opte por cambiar su manera de gobernar, ya que a su entender cualquier modificación del rumbo emprendido sería tomada por un síntoma de debilidad. Por lo demás, está tan acostumbrada a reaccionar ante la adversidad redoblando la apuesta que no extrañaría que procurara salir del laberinto económico y político en que se ha metido radicalizando “el modelo”, aunque, de reaccionar así, correría el riesgo de que la oposición popular se radicalizara todavía más.


Puede que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus colaboradores principales tengan sus dudas en cuanto al valor práctico de las teorías de aquellos ideólogos que les aseguran que, en última instancia, las apariencias importan mucho más que la realidad, de ahí el entusiasmo que les motiva “el relato” que han improvisado, pero tal y como están las cosas no les queda más opción que la de esperar que los asesores de imagen resulten tener razón. Ya no están en condiciones de modificar mucho la realidad sin cambiar radicalmente el rumbo, pero parecen creerse capaces de minimizar los costos políticos de su propia ineptitud atribuyendo todas las desgracias a una conspiración mediática siniestra. No sorprende, pues, que hayan reaccionado frente a la proliferación reciente de reveses de distinto tipo intensificando la campaña propagandística contra el Grupo Clarín, como si supusieran que su eventual desmantelamiento los ayudaría a superar los problemas concretos. Sucede que, desafortunadamente no sólo para los kirchneristas sino también para casi todos los demás habitantes del país, después de más de nueve años en el poder el gobierno se las ha arreglado para crear un embrollo económico tan extravagante que no le será dado resolverlo. A pesar de la desaceleración abrupta, la inflación sigue subiendo, acercándose al 30% anual, sin que los controles ensayados por el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, logren frenarla. Asimismo, propende a agravarse el déficit energético, huyen en cuanto pueden los dólares y, como es lógico en vista de la incertidumbre generalizada, a muy pocos empresarios se les ocurriría arriesgarse aumentando la inversión. Como suele suceder en vísperas de una crisis de desenlace imprevisible, están más interesados en tratar de conservar lo que todavía tienen que en tratar de aumentarlo. Según Cristina, las dificultades se deben al impacto de la convulsiones económicas del “mundo”, pero a juicio de la mayoría de los especialistas, la coyuntura internacional sigue siéndonos insólitamente favorable, puesto que los precios de la soja y otros commodities se han mantenido en un nivel muy alto y, a causa del aislamiento financiero, la Argentina apenas se ve afectada por la evolución errátil del mercado de capitales que tantos dolores de cabeza está provocando en países como España, Italia y Grecia. Mal que le pese al oficialismo, el desaguisado económico cada vez más embrollado que se ha producido puede atribuirse casi exclusivamente a la combinación nefasta de un “modelo” setentista arbitrario con la impericia a veces cómica de los funcionarios encargados de administrarlo. Al difundirse la impresión de que los diversos personajes que manejan distintas áreas de la economía –Moreno, Hernán Lorenzino, Axel Kicillof, Mercedes Marcó del Pont– sencillamente no están a la altura de sus responsabilidades, la desconfianza resultante ya no se limita a economistas profesionales de opiniones “ortodoxas”, financistas que temen verse obligados a prestar sumas cuantiosas de dinero a empresas manejadas por militantes de La Cámpora y los empresarios del “aparato productivo” que necesitan importar insumos, sino que también ha comenzado a incidir en la actitud hacia el gobierno de sectores mucho más amplios, incluyendo, desde luego, los supuestos por su clientela electoral del conurbano bonaerense, además de la clase media. En los meses últimos, la imagen de Cristina ha experimentado un deterioro notable. Para revertir el proceso así supuesto, la presidenta tendría que convencer al grueso de la ciudadanía de que entiende muy bien los motivos por los que ha perdido popularidad y que está resuelta a hacer cuanto resulte necesario para que en adelante la gestión del gobierno sea mucho más eficaz. Sin embargo, parece poco probable que Cristina opte por cambiar su manera de gobernar, ya que a su entender cualquier modificación del rumbo emprendido sería tomada por un síntoma de debilidad. Por lo demás, está tan acostumbrada a reaccionar ante la adversidad redoblando la apuesta que no extrañaría que procurara salir del laberinto económico y político en que se ha metido radicalizando “el modelo”, aunque, de reaccionar así, correría el riesgo de que la oposición popular se radicalizara todavía más.

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