Los costos de la incoherencia
El ministro de Economía, Axel Kicillof, no le teme al ridículo. Dice que, si bien “hay complejidades, desafíos, dificultades económicas”, llamarlos “problemas es una exageración”. Así, pues, a juicio del encargado de manejar la economía nacional, no deberíamos preocuparnos demasiado por nimiedades como una tasa de inflación que sigue acelerándose, rompiendo “una barrera” psicológica tras otra, la caída vertiginosa del poder adquisitivo de millones de personas, en especial de las más pobres; el pavoroso déficit energético provocado por la imprevisión gubernamental y el estallido de la emisión monetaria que, en los dos meses finales del año pasado, alcanzó la friolera de 50.000 millones de pesos destinados a financiar un gasto público groseramente sobredimensionado, ya que no se trata de “problemas graves”. Acaso convendría que el ministro se abstuviera de hablarnos del estado de la economía nacional. Entre las causas básicas de la situación en la que se encuentra el país está la incoherencia oficial que, huelga decirlo, no ayuda a estimular confianza. Por el contrario, palabras como las pronunciadas por Kicillof contribuyen a “generar la sensación de catástrofe”, de “fin del mundo”, que según él se debe a la prédica de “los diarios opositores”. Que a veces tales diarios y muchos economistas profesionales sean proclives a cargar las tintas es evidente, pero cuentan con la colaboración de un gobierno que parece resuelto a darles toda la materia prima que precisarían para criticarlo. Gracias al accionar “ortodoxo” del presidente del Banco Central, Juan Carlos Fábrega, el gobierno ha logrado tranquilizar el mercado cambiario luego de una etapa muy agitada a costa del enfriamiento de la economía que ha entrado en una fase recesiva que amenaza con prolongarse. Puede que la calma relativa que se ha conseguido dure un poco más, pero en opinión de muchos observadores calificados, como el expresidente del Banco Central, Aldo Pignanelli, pronto se hará necesaria una nueva devaluación. También se prevé que, al agotarse los dólares frescos que proporcionará la cosecha, se esfumen los beneficios a muy corto plazo posibilitados por la voluntad de Fábrega de concentrarse en reducir la brecha alarmante que a inicios del año se había abierto entre el dólar oficial y el blue. Por lo demás, se da el riesgo de que el gobierno, alentado por el impacto inicialmente positivo del cambio de rumbo, opte por suavizar el ajuste que está en marcha por miedo a la reacción social ante un esfuerzo serio por corregir las muchas distorsiones que se han producido. Huir hacia adelante siempre es tentador para un gobierno que está más interesado en aguantar hasta una fecha determinada que en lo que podría suceder más tarde, pero por desgracia demorar decisiones difíciles sólo serviría para que el pueblo se depauperara aún más de lo que sería el caso si el gobierno procurara actuar con realismo. De todos modos, aun cuando, para la sorpresa general, el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se transformara en un dechado de eficacia, los años próximos seguirían siendo muy pero muy difíciles. Puesto que no existen motivos para creer que esté por cambiar mucho, es natural que se haya difundido el clima de pesimismo catastrofista que tanto molesta a Kicillof. Si bien por ahora pocos irían tan lejos como el jefe del gobierno porteño y líder de PRO Mauricio Macri, que hace un par de días advirtió que, debido a la “incapacidad de gestión” del gobierno nacional, “es muy probable que volvamos a caer en la hiperinflación”, no cabe duda de que ya parece factible la alternativa dramática a la que aludió. Aquí, lo mismo que en Venezuela, donde el gobierno del presidente Nicolás Maduro se aferra con fanatismo a su propia ineptitud, la inflación propende a cobrar cada vez más fuerza. Los intentos de frenarla con exhortaciones presidenciales y la presencia intimidatoria de bandas de militantes no brindarán los resultados previstos a menos que se vean acompañados por medidas encaminadas a eliminar las causas del mal que, desde luego, tienen muy poco que ver con la rapacidad de supermercadistas y almaceneros inescrupulosos, como si en dicho ámbito los argentinos –y venezolanos– fueran distintos de sus homólogos suizos y japoneses, o de ellos mismos cuando el país disfrutaba de una tasa inflacionaria aceptable.
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