Los dilemas de Capitanich
Ya parece evidente que el político más perjudicado por lo que sucedió hace algunos días en Córdoba no ha sido el gobernador provincial José Manuel de la Sota sino el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, quien hasta entonces había disfrutado de una luna de miel con sectores que lo creían capaz de actuar como un primer ministro, a diferencia de su antecesor en el cargo, el penosamente obsecuente Juan Manuel Abal Medina. Lo mismo que su homólogo bonaerense, Daniel Scioli, De la Sota se ve beneficiado por la hostilidad de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner porque le suministra un pretexto inmejorable para atribuir las deficiencias de su propia gestión a maniobras impulsadas desde la Casa Rosada. En cambio, para que Capitanich lograra aprovechar plenamente su papel en el gobierno nacional para ubicarse a la cabeza del pelotón de presidenciables, tendría que mostrar que es mucho más que otro servidor dócil de Cristina. Habrá entendido que, frente a los saqueos y vandalismo que estallaron en Córdoba al declararse en huelga la policía, le correspondía enviar enseguida un contingente de gendarmes para ayudar a restaurar cierta tranquilidad. Puede que se preparara para hacerlo pero, según se informa, la presidenta le ordenó esperar un rato por suponer que sería mejor permitir que la barbarie se apoderara de la capital de una provincia en manos de un opositor, aunque poco después cambió de opinión, descolocando así a su jefe de Gabinete. Capitanich se encuentra en una situación que es nada grata para un político ambicioso. Quiere figurar como el hombre fuerte de un gobierno en apuros, no como un subordinado. Por algunos días, logró brindar la impresión de estar a la altura que presuntamente se ha propuesto al “dialogar” con integrantes destacados de la oposición, responder a preguntas formuladas por periodistas de medios “corporativos” y procurar limitar el protagonismo del ministro de Economía, Axel Kicillof. Sin embargo, su manera torpe de manejar la crisis repentina que se produjo en Córdoba deslustró de golpe la imagen que estaba tratando de construir. Acaso exageren aquellos que se han apurado a compararlo con Abal Medina, un funcionario que nunca pensó en ponerse a la altura del cargo que le fue confiado, pero no cabe duda de que, lo mismo que todos los demás miembros del gobierno nacional, se siente constreñido a obedecer sin chistar a Cristina por miedo a las consecuencias. Aunque parecería que la presidenta quisiera que Capitanich consiguiera erigirse en su delfín, de tal modo cerrando el camino a otros aspirantes peronistas a sucederla como Scioli y Sergio Massa, es claramente reacia a permitirle adquirir la autoridad que necesitaría para eliminarlos de la contienda. Tal actitud es comprensible; desde el punto de vista de Cristina, el poder supone un juego de suma cero, de suerte que si Capitanich ganara más ella misma sería la perdedora, eventualidad que no le haría gracia alguna. Dadas las circunstancias, a Cristina le convendría dejar que Capitanich obrara con más autonomía. Todo hace prever que los meses próximos serán muy agitados debido al impacto del ajuste que está en marcha en los bolsillos raídos no sólo de los pobres sino también de los muchos que se aferran a duras penas a su lugar en la clase media, al rencor que sienten los “militantes” que temen que el gobierno nacional y popular esté girando a la derecha y a la sensación –“la psicosis”, en palabras del ministro de Seguridad bonaerense, Alejandro Granados– de que el país ha entrado en una fase turbulenta. Así las cosas, sería del interés de Cristina prolongar su convalecencia para que otros sean blancos de la ira de los defraudados, pero parece que no le gustaría que se difundiera la idea de que su poder ha dejado de ser absoluto y que por lo tanto se las arreglará para poner en su lugar a cualquier funcionario que pretenda desempeñar un papel protagónico. ¿Se resignará Capitanich al destino un tanto humillante que le tiene reservado Cristina, aun cuando entendiera que podría obligarlo a abandonar sus propios sueños presidenciales? Sería poco probable, razón por la que no sorprendería demasiado que, de repetirse episodios como el supuesto por los disturbios en Córdoba, optara por regresar a Chaco para reanudar su gestión como gobernador.