“Los jueces no surgen del Olimpo de los dioses, sino del entramado social”

Redacción

Por Redacción

En su carta publicada el 20 del corriente el lector Martín Javier Antonowicz, al referirse al perfil del juez, dice: “Sería fácil a primera vista pretender magistrados con dotes morales intachables, eruditos del Derecho, independientes, razonables, con sensibilidad social y cuanto otro atributo se pueda pensar para quien imparte justicia. He de reconocer que un perfil semejante resulta tentador de exigir, pero ocurre que los jueces no surgen del Olimpo de los dioses, sino del entramado social al que pertenecemos”. Es cierto que los jueces no surgen del Olimpo sino de la sociedad en que vivimos, mas los recaudos que deben reunir son realmente excepcionales pues tienen la difícil tarea de dar a cada uno lo suyo, restablecer el equilibrio roto por el delito o el incumplimiento de contratos u obligaciones alimentarias, sancionar la violencia de género, decidir la adopción de un niño… en suma, resolver una multitud de temas delicados y complejos que se someten a su conocimiento y decisión. Por ello es de absoluta necesidad que valores como el honor, la honestidad, la decencia y el equilibrio; el pleno conocimiento de la ciencia jurídica, la razonabilidad, el sentido común, el natural manejo de la lógica y una experiencia valiosa y reconocida integren su acervo personal y profesional. De todos los méritos exigibles a un juez, el que está en primer lugar y debe computarse antes de analizar los otros es la independencia respecto de cualquier tipo de presión. Sin duda es el más relevante, pues ello garantiza a los justiciables que la sentencia que el magistrado dicta es el resultado de una justa aplicación de las reglas de la lógica, la experiencia y el sentido común, refleja la verdad de los hechos sucedidos y es la exacta aplicación del derecho previsto para el asunto en cuestión. La independencia es de origen y de desarrollo, es decir que el magistrado debe ser designado por un Consejo donde sus miembros sean objetivamente libres, no condicionados por causa alguna y tengan las mismas virtudes morales y éticas que se requieren a los jueces, pues sólo un cuerpo integrado por hombres y mujeres de excelencia puede seleccionar jueces probos e independientes. Luego, con el juez en el cargo, este cumplirá su rol volcando en todos sus actos los exigentes recaudos enunciados, concentrándose solamente en la justa decisión de la causa y repeliendo con los tapones de punta cualquier intención de torcer su recto proceder. Así, su oficina será un templo donde no existen amigos, parientes ni relaciones de ninguna clase. El juez es el hombre solo que no puede darse el lujo de asistir a eventos sociales o reuniones que lo marquen con alguna etiqueta, ya que ello puede afectarlo; es el hombre o mujer sin afectos íntimos o relevantes, para no dar motivo de excusación o recusación en alguna causa privando a las partes de la garantía del juez natural. El fiel cumplimiento del recaudo de la independencia puede llevar en ocasiones al mobbing y al agravio, como sucedió recientemente con los dos valientes jueces tucumanos que decretaron la nulidad de la fraudulenta elección en su provincia o la muerte violenta ocurrida al fiscal Alberto Nisman, ejecutado días después de su denuncia de encubrimiento, exactamente la noche anterior a su exposición en el Congreso. Por ello las exigencias expuestas no son cualidades que debe reunir un ser trascendente, sino cualidades imprescindibles para ser juez. El que no esté dispuesto a una vida tan rigurosa no puede serlo, simple y claro; aquellos que desempeñan sus funciones sin observar las reglas enunciadas no cumplen su rol, esto es, dar a cada uno lo suyo, con imparcialidad y juzgando con la misma vara al hombre de a pie y al funcionario más encumbrado. No tiene amos, es orejano y su única meta es aplicar, en cada caso, la ley con una justa ponderación de los hechos acaecidos. Héctor Luis Manchini, DNI 7.779.947 San Martín de los Andes


En su carta publicada el 20 del corriente el lector Martín Javier Antonowicz, al referirse al perfil del juez, dice: “Sería fácil a primera vista pretender magistrados con dotes morales intachables, eruditos del Derecho, independientes, razonables, con sensibilidad social y cuanto otro atributo se pueda pensar para quien imparte justicia. He de reconocer que un perfil semejante resulta tentador de exigir, pero ocurre que los jueces no surgen del Olimpo de los dioses, sino del entramado social al que pertenecemos”. Es cierto que los jueces no surgen del Olimpo sino de la sociedad en que vivimos, mas los recaudos que deben reunir son realmente excepcionales pues tienen la difícil tarea de dar a cada uno lo suyo, restablecer el equilibrio roto por el delito o el incumplimiento de contratos u obligaciones alimentarias, sancionar la violencia de género, decidir la adopción de un niño... en suma, resolver una multitud de temas delicados y complejos que se someten a su conocimiento y decisión. Por ello es de absoluta necesidad que valores como el honor, la honestidad, la decencia y el equilibrio; el pleno conocimiento de la ciencia jurídica, la razonabilidad, el sentido común, el natural manejo de la lógica y una experiencia valiosa y reconocida integren su acervo personal y profesional. De todos los méritos exigibles a un juez, el que está en primer lugar y debe computarse antes de analizar los otros es la independencia respecto de cualquier tipo de presión. Sin duda es el más relevante, pues ello garantiza a los justiciables que la sentencia que el magistrado dicta es el resultado de una justa aplicación de las reglas de la lógica, la experiencia y el sentido común, refleja la verdad de los hechos sucedidos y es la exacta aplicación del derecho previsto para el asunto en cuestión. La independencia es de origen y de desarrollo, es decir que el magistrado debe ser designado por un Consejo donde sus miembros sean objetivamente libres, no condicionados por causa alguna y tengan las mismas virtudes morales y éticas que se requieren a los jueces, pues sólo un cuerpo integrado por hombres y mujeres de excelencia puede seleccionar jueces probos e independientes. Luego, con el juez en el cargo, este cumplirá su rol volcando en todos sus actos los exigentes recaudos enunciados, concentrándose solamente en la justa decisión de la causa y repeliendo con los tapones de punta cualquier intención de torcer su recto proceder. Así, su oficina será un templo donde no existen amigos, parientes ni relaciones de ninguna clase. El juez es el hombre solo que no puede darse el lujo de asistir a eventos sociales o reuniones que lo marquen con alguna etiqueta, ya que ello puede afectarlo; es el hombre o mujer sin afectos íntimos o relevantes, para no dar motivo de excusación o recusación en alguna causa privando a las partes de la garantía del juez natural. El fiel cumplimiento del recaudo de la independencia puede llevar en ocasiones al mobbing y al agravio, como sucedió recientemente con los dos valientes jueces tucumanos que decretaron la nulidad de la fraudulenta elección en su provincia o la muerte violenta ocurrida al fiscal Alberto Nisman, ejecutado días después de su denuncia de encubrimiento, exactamente la noche anterior a su exposición en el Congreso. Por ello las exigencias expuestas no son cualidades que debe reunir un ser trascendente, sino cualidades imprescindibles para ser juez. El que no esté dispuesto a una vida tan rigurosa no puede serlo, simple y claro; aquellos que desempeñan sus funciones sin observar las reglas enunciadas no cumplen su rol, esto es, dar a cada uno lo suyo, con imparcialidad y juzgando con la misma vara al hombre de a pie y al funcionario más encumbrado. No tiene amos, es orejano y su única meta es aplicar, en cada caso, la ley con una justa ponderación de los hechos acaecidos. Héctor Luis Manchini, DNI 7.779.947 San Martín de los Andes

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