Los militantes del miedo
A ciertos progresistas, siempre les ha resultado irresistible la consigna, que fue repetida ad nauseam en los turbulentos años setenta del siglo pasado, “la violencia de arriba engendra la de abajo”, puesto que sirve para justificar virtualmente cualquier aberración. Además de darles un pretexto para festejar las proezas truculentas de terroristas que juraban estar luchando a favor del bien y contra el imperialismo, el capitalismo liberal y otras manifestaciones del mal, e incluso para solidarizarse con algunos regímenes totalitarios feroces de países lejanos con tal que les resultara posible ubicarlos en el lado izquierdo del mapa ideológico, en la actualidad les permite tratar a delincuentes comunes como rebeldes contra un orden social injusto, como víctimas de la crueldad de una burguesía asustada por la presencia amenazadora de una masa de pobres. Con la excepción de algunos excéntricos a quienes los progresistas más avanzados respetan por su osadía, dicen estar en contra del robo a mano armada, los secuestros extorsivos y los asesinatos, pero insinúan que hay que buscar las causas del crimen en las lacras que son propias de sociedades dominadas por oligarquías reaccionarias. Entre sentir simpatía por los delincuentes, atribuyendo su conducta a la perversidad ajena, y ver en ellos aliados en potencia, no hay sino un paso. Parecería que muchos “militantes” kirchneristas ya lo han dado. Es lógico. Al fin y al cabo, según su jefa, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el que “los pibes” se dediquen a “hacer política” es algo “maravilloso”, de suerte que, desde su punto de vista particular y aquel de sus seguidores, la mejor forma de reintegrar a ladrones, asesinos, narcotraficantes y violadores a la sociedad consistiría en politizarlos. Por ser Cristina una política profesional, es sin duda natural que haya reivindicado su propio oficio, dando a entender que es muy superior a todos los demás, pero hay muchos que no comparten su pasión absorbente por una actividad que, en todas partes, en los años últimos se ha visto desprestigiada debido a la inoperancia evidente de tantos gobiernos y a la propensión de demasiados “dirigentes” a anteponer sus intereses personales, y los de sus familiares y amigos, a su presunto compromiso con el bien público. No sólo es cuestión del desprecio que sienten algunos elitistas por individuos de cultura que a su juicio exigente suele ser penosamente limitada, sino también de la actitud despectiva de amplios sectores sociales que los consideran oportunistas inescrupulosos. Puede que la política como tal, y por lo tanto los políticos en su conjunto, merezca más respeto, pero así y todo es legítimo preguntarse si la sociedad propuesta por los kirchneristas, una en que absolutamente todos, incluyendo, huelga decirlo, a los niños de los jardines de infantes, los barrabravas y los delincuentes más salvajes, para nombrar sólo a los favorecidos últimamente por los esfuerzos proselitistas de los misioneros de La Cámpora, se hayan transformado en “militantes” de alguna que otra causa política, por preferencia la suya, estaría en condiciones de funcionar. ¿Se beneficiarían la creación artística, la vida intelectual, las universidades, la economía, si la población entera se dejara obsesionar por las incesantes luchas políticas y las lucubraciones de filósofos populistas que tanto fascinan a Cristina? Es de suponer que no, que el país no tardaría en degenerar en un aquelarre aun cuando las ideologías en pugna fueran mucho más sofisticadas que la confeccionada por los pensadores orgánicos del kirchnerismo y sus adversarios supuestamente más pluralistas o, cuando menos, más pragmáticos. Que en una democracia todos los votantes –además de “los pibes”– sintieran cierto interés por los acontecimientos políticos sería con toda seguridad muy positivo, pero no lo sería que todos optaran por entregarse por completo a la militancia, como quisieran Cristina y el ministro de Educación, Alberto Sileoni, el que se las ha ingeniado para convencerse de que las escuelas deberían servir de campos de entrenamiento para activistas juveniles y que por lo tanto la toma de un colegio de elite por parte de guerreros anticapitalistas enojados por la privatización de un bar fue “un triunfo de la democracia y de la educación”, invitando así a todos los alumnos del país a emularlos para mostrar que ellos también saben lo que hay que hacer para aportar a la construcción de la nueva Argentina kirchnerista. A inicios de su gestión, Néstor Kirchner decidió ahorrarse problemas cooptando algunas de las agrupaciones de piqueteros que habían provocado tantos dolores de cabeza a su antecesor y, por un rato, padrino, Eduardo Duhalde. Se trataba de una maniobra típicamente clientelista que no sólo le aseguró el control de la calle sino que también sirvió para intimidar a la clase media, en especial la porteña, ya que nadie ignoraba que en circunstancias determinadas los piqueteros, encabezados por personajes combativos como Luis D’Elía, estarían dispuestos a defender con violencia a quienes los subsidiaban, y lo mismo podrían decirse de los barrabravas que siempre han estado a las órdenes de caciques políticos –los “barones del conurbano” y sus equivalentes capitalinos– preocupados por el dominio territorial. Pues bien: parecería que, en opinión de los estrategas kirchneristas, ha llegado la hora de suplementar la franja así supuesta con gente aún más aguerrida que los piqueteros y los barrabravas que, hace poco, fueron homenajeados por su “militancia” fervorosa por Cristina, de ahí la ayuda brindada por La Cámpora paraestatal a sus amigos, los cabecillas del Vatayón Militante carcelario. Desde hace décadas, los peronistas han sabido sacar provecho de la noción nada arbitraria de que sean los únicos capaces de garantizar un mínimo de gobernabilidad, aunque sólo fuera porque, de encontrarse en la oposición, se las arreglaría para hacerles la vida imposible a los usurpadores impulsando un paro nacional tras otro o, de parecerles oportuno, organizando movilizaciones masivas acompañadas por saqueos. ¿Están preparándose los kirchneristas para enfrentar un período en que la defensa de sus conquistas requeriría algo más que la lealtad siempre provisoria de los gobernadores, intendentes y legisladores oficialistas? Puede que sí, de ahí su interés en asegurar que la mayoría, que sólo quiere vivir en paz, los crea los más duros del vecindario.
SEGÚN LO VEO
JAMES NEILSON