Los niños y los padres son un desafío doble para los maestros



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Hay niños más inquietos que otros. Estudiantes de primaria que manejan mejor la tecnología que sus padres y pequeños que arrastran rezagos históricos y apenas saben hablar español. Detrás de todos, están los maestros y como imperativo la vocación.

Ya sea en salones bien equipados de las grandes capitales o en comunidades apartadas del norte de Brasil o del sur de México, los docentes enfrentan enormes retos al frente del aula, aunque confiesan que una parte a veces igual de desafiante es apoyarse en los padres.

“Si no hay vocación, no hay gusto por el trabajo, no se desarrolla como debe ser”, dijo a dpa Hugo Méndez, que es director y maestro en una escuela indígena en el estado mexicano de Chiapas.

“Algunos maestros llegan y no les importa si los niños aprenden o no aprenden. En cambio, la vocación es muy importante. Se enseña a los niños, a veces no como debiera ser, pero se hace la lucha”, relata.

Méndez tiene 42 años y cuatro hijos. Desde hace dos décadas se dedica a la docencia. Vive en San Cristóbal de las Casas y trabaja, no muy lejos de ahí, en la escuela de Mercedes, una comunidad de indígenas tzeltales en el municipio de Tenejapa.

La escuela tiene 90 alumnos de primaria. De ellos 33, de ocho y nueve años, están bajo su cargo. Pocos hablan español. Les cuesta entender los libros de texto. Pero el maestro trata de enseñarles con clases bilingües, con las palabras que él sabe en tzeltal y el apoyo de los niños que saben español.

La mayoría vive en condiciones precarias. Después de la escuela trabajan en pequeñas parcelas de cultivo o en labores domésticas.

“A veces no hacen las tareas porque ya regresan cansados, o porque tienen hermanitos pequeños y ellos son los que los cuidan”, cuenta Méndez. “Y los padres no pueden reforzar la educación en las casas por su trabajo. Muchos los mandan a la escuela sólo para poder recibir los apoyos económicos del programa Oportunidades”.

Méndez dice que cuando termina el año muchas veces los maestros se sienten un poco frustrados. “Deseamos avanzar más, pero no se puede, no se puede. Aun así, dentro de lo que planeamos, sentimos a veces estar satisfechos porque ¿para qué exigimos más a los pobres niños? Lo que estamos avanzando es lo que podemos hacer”, señaló.

A pesar de las dificultades, ama su trabajo. “Un buen maestro debe planear sus clases, asistir a cursos, llevar material aparte de lo que se tiene en la escuela, leer mucho para orientarse, para tener más o menos otras ideas aparte de los libros de texto”.

Sabe que pocos de los alumnos de su escuela seguirán estudiando una vez que concluyan la primaria. “Y más si son niñas: sus papás ya no las dejan salir a estudiar porque piensan que sólo van a ir a buscar marido y se les van a escapar”.

En plena ciudad y en una zona sin carencias, Ángeles Ramos también trabaja en una escuela. Tiene 45 años y es maestra de educación primaria en un área residencial de Ciudad de México. Estudió diseño industrial y se especializó en juegos didácticos. Después hizo una licenciatura en educación preescolar y se dedicó a la docencia.

“A lo mejor por azar del destino puede ser que alguien termine trabajando como maestro por necesidad, pero no acabas siendo un buen maestro. Definitivamente un maestro tiene que tener vocación y poder transmitir los conocimientos de una manera práctica”, dice.

“Primero que nada tiene que tener empatía con los alumnos, que los sepa escuchar. Yo creo que eso es lo primero: que cuando entre al salón sí tenga una buena disciplina pero que no le tengan miedo. Disciplina, empatía, actualización”.

Ramos cuenta que, en escuelas como la suya, los niños obligan al maestro a estar al día con las cuestiones tecnológicas. “Si tú no sabes de esas cosas te ven con cara de ‘y tú quién eres’?”, cuenta. “Vienen con muchísima comunicación y con mucha más información”.

Para ella lo más difícil es trabajar con niños que están pasando situaciones difíciles en su casa y poder acercarse a ellos, además de que no vayan quedando rezagados los que tienen más dificultades de aprendizaje o problemas de atención.

Desde que empezó a ser maestra hace unos 15 años siente que ha cambiado la relación con los padres. “Antes los padres te apoyaban un poco más. Sigue habiendo padres que te apoyan, pero ahora más bien es como que a veces te juzgan”.

“Hay ocasiones en que los maestros nos sentimos un poquito presionados a que el aprendizaje los padres lo vean como uno lo ve. A lo mejor no importa que el niño haga la letra chueca, a lo mejor lo que importan es que ya aprendió fonológicamente que una ‘a’ se escribe así. Los padres se van por el otro lado”.

Rosalinda Morales Garza también ha sido maestra y actualmente es directora general de Educación Indígena en la Secretaría de Educación Pública de México, con 22.000 escuelas, 58.000 docentes bilingües o plurilingües y 1,3 millones de niños indígenas bajo su responsabilidad.

Tanto en escuelas indígenas como urbanas, para Morales Garza es fundamental la diversificación de contenidos y que el aprendizaje esté contextualizado.

“Para gestionar los aprendizajes se tiene que partir de crear una serie de ambientes, de generar responsabilidades, de poder plantear retos intelectuales interesantes, lúdicos, pero sobre todo bien contextualizados. Elementos del entorno que sean significativos para los niños”, afirma.

“Poder argumentar, poder preguntar, poder defender una postura ética. Y especialmente, de parte de los docentes, la confianza de que todos y todas podemos aprender”.

dpa


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