Los planos y el plan
La semana en San Martín
Han matado a un vecino. Sergio Carrasco murió apuñalado a manos de una patota, por defender su casa en la obrera y periférica barriada de Cordones del Chapelco. Pero esos muchachones son victimarios y víctimas. Son el detestable rostro de la sociedad y su más apremiante llamada de auxilio. El problema es la tendencia a la confusión, que mixtura los planos de análisis. Peor aún: se mezclan los planos según convenga para superponer una mirada a otra, para dividir a los que quieren castigo de los que quieren comprensión, como si ambas cosas no fuesen posibles. Estos matadores son abandonados y adictos, pero responsables por elegir matar. Su marginalidad demanda la ayuda del estado, pero la ausencia de ese mismo estado no los justifica ni exime de sus actos. Otro doble rasero tiene la Justicia, que cual mecanismo de resorte aplica la libertad a los menores que delinquen pero no los manda tratar ni se ocupa del seguimiento de esa orden –si la da– con la misma automaticidad. Qué decir de la provincia, que se ufana de una ley de protección del menor de avanzada pero no vuelca los recursos para aplicarla a cabalidad. Luego, en ciertos pliegues del municipio también hay complicidades por comodidad intelectual, esa en la que se ponen los hacedores de la política al usar la complejidad de un fenómeno social para mimetizar impotencias y olvidos. Las broncas de los vecinos apuntan a Desarrollo Social. Los patoteros que mataron a Carrasco son conocidos en Cordones del Chapelco. Conviven entre excesos y crueldades. Pero ese diagnóstico ya se venía perfilando desde hace tiempo. Al calor de asambleas catárticas, en las que los políticos reciben andanadas con cara de póquer, los vecinos les recuerdan que desde hace una década venían pidiendo ayuda “para esos chicos”, pero “nadie hizo nada”. Quieren renuncias y algo de razón tienen. La violencia urbana se combate en el larguísimo aliento de una política integral, con mirada social, cultural, educativa, participativa, legal, preventiva y represiva, pero existe un “mientras tanto” que escapa a las frases bonitas. Es ese “mientras tanto” el que solivianta a los sanmartinenses cada vez que oyen al intendente Juan Fernández hablar de su “Plan de Seguridad Ciudadana” en ciernes. Desde luego, es más fácil explicar algo que hacerlo funcionar. Con el cadáver de Carrasco en la memoria colectiva de la ciudad, los políticos –todos– harían bien en no ensayar explicaciones, en no mezclar los planos para justificar en un sólo acto lo que debería ser, lo que podría ser, lo que es y lo que no es. Hay que empezar a hacer y ojalá el comité intersectorial de seguimiento creado por el intendente tras el crimen en Cordones sea un paso en ese sentido. Es que se necesitan visión de futuro y pequeñas respuestas cotidianas. Dice el municipio que en reiteradas ocasiones ha gestionado más policía, más presencia del hospital, una ambulancia permanente, más de esto y aquello para Cordones del Chapelco, pero sin respuesta. ¿Y? ¿Acaso las gestiones se acaban con el “recibido” en mesa de entradas o el ‘no’ de un funcionario provincial? Es de aplaudir el empeño municipal por construir un Plan de Seguridad propio, pues supone el esfuerzo de asumir un rol del que otros prefieren desligarse. Pero es torpe hacer esa tarea ignorando al gobierno provincial, ya sea por responsabilidad del municipio o de la administración neuquina. A los vecinos no les importan las jurisdicciones. De nada sirve trabajar en el mejor plan de seguridad si las respuestas más simples hacen agua en el día a día. Por esas torpezas, lo que políticamente está en entredicho ahora es el mismísimo plan de seguridad antes de nacer.
Fernando Bravo rionegro@smandes.com.ar
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