Los políticos en la picota
Para que el sistema democrático funcione bien, es necesario que haya por lo menos dos agrupaciones políticas capaces de formar un gobierno viable, de suerte que si la gente se cansa de la gestión de una puede votar a favor de otra distinta en la que confíe. He aquí un motivo por el que es peligroso que se difunda la impresión de que todos los políticos son iguales y que forman parte de una corporación que antepone sus propios intereses a los del resto de la sociedad. En nuestro país, el desprecio que muchos sentían por la clase política local facilitó la llegada al poder de una larga serie de regímenes militares que, se suponía, estarían por encima de “la politiquería”. Por fortuna, parecería que ya hemos abandonado la ilusión de que las fuerzas armadas pudieran constituir una alternativa a los “políticos civiles”, pero así y todo los mismos sentimientos que la habían inspirado no han desaparecido. Siguen incidiendo en la política nacional, si bien de forma menos contundente, ya que un gobierno legitimado por el electorado, el actualmente encabezado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, ha aprendido a aprovecharlos en desmedro de las distintas fracciones opositoras. Por supuesto, el desdén que tantos sienten por la clase política en su conjunto no se limita a la Argentina, donde hace casi una década dio lugar al movimiento antológico cuyo grito de batalla era “que se vayan todos”. A juicio de muchos, algo muy similar está gestándose en España, donde en Madrid y Barcelona acaban de celebrarse manifestaciones protagonizadas por jóvenes que se afirman “indignados” por la incapacidad patente de los dirigentes tanto izquierdistas como derechistas para solucionar los problemas angustiantes que enfrentan. Aunque el blanco principal de las consignas de los “indignados” es el gobierno del socialista José Luis Rodríguez Zapatero, la irrupción de este movimiento amorfo preocupa también a los líderes de la oposición conservadora representada por el Partido Popular que ven en él la voluntad de descalificar a los políticos en general. Según el jefe del PP, Mariano Rajoy, negarse a discriminar es muy injusto, ya que muchos políticos han hecho grandes esfuerzos por servir a la comunidad. Con toda seguridad está en lo cierto, pero dadas las circunstancias es comprensible que muchos europeos hayan perdido fe en la clase política en su conjunto. Tal y como sucedió aquí cuando se desmoronaba la convertibilidad, los políticos de España, Grecia y otros países del viejo continente no están en condiciones de reconciliar las expectativas al parecer muy razonables del grueso de la ciudadanía con lo que es efectivamente posible. De resultas de una crisis económica que los desborda, les faltan los recursos que necesitarían para crear los millones de fuentes de trabajo, estables y adecuadamente remuneradas, que están reclamando quienes siempre habían previsto que su propio nivel de vida sería materialmente superior al de la generación anterior. Para agravar todavía más la situación en la que se encuentran, entienden que para atraer inversiones en escala suficiente tendrían que sanear las finanzas públicas, o sea “ajustar”, a sabiendas de que podrían prolongar indefinidamente una recesión que ya ha resultado ser apenas soportable. Si bien en España la oposición conservadora se afirma en condiciones de producir mejoras en un lapso relativamente breve, a esta altura pocos compartirán su optimismo, ya que no le sería nada fácil concretar los cambios requeridos para que su país reanude el crecimiento vigoroso del pasado reciente. Mientras tanto, no les quedará más opción que la de tratar de vivir conforme a los medios económicos disponibles, realidad que, desde luego, dista de ser atractiva para quienes se habían convencido de que el futuro se caracterizaría por la prosperidad generalizada. Para colmo, a juzgar por la experiencia, los remedios reclamados por quienes atribuyen los problemas actuales al “capitalismo” o al “neoliberalismo” resultarían ser decididamente peores que la enfermedad misma, ya que las medidas autoritarias que proponen sólo servirían para debilitar todavía más a economías poco competitivas que no están en condiciones de enfrentar con éxito los desafíos cada vez mayores planteados por la evolución del resto del mundo.
Para que el sistema democrático funcione bien, es necesario que haya por lo menos dos agrupaciones políticas capaces de formar un gobierno viable, de suerte que si la gente se cansa de la gestión de una puede votar a favor de otra distinta en la que confíe. He aquí un motivo por el que es peligroso que se difunda la impresión de que todos los políticos son iguales y que forman parte de una corporación que antepone sus propios intereses a los del resto de la sociedad. En nuestro país, el desprecio que muchos sentían por la clase política local facilitó la llegada al poder de una larga serie de regímenes militares que, se suponía, estarían por encima de “la politiquería”. Por fortuna, parecería que ya hemos abandonado la ilusión de que las fuerzas armadas pudieran constituir una alternativa a los “políticos civiles”, pero así y todo los mismos sentimientos que la habían inspirado no han desaparecido. Siguen incidiendo en la política nacional, si bien de forma menos contundente, ya que un gobierno legitimado por el electorado, el actualmente encabezado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, ha aprendido a aprovecharlos en desmedro de las distintas fracciones opositoras. Por supuesto, el desdén que tantos sienten por la clase política en su conjunto no se limita a la Argentina, donde hace casi una década dio lugar al movimiento antológico cuyo grito de batalla era “que se vayan todos”. A juicio de muchos, algo muy similar está gestándose en España, donde en Madrid y Barcelona acaban de celebrarse manifestaciones protagonizadas por jóvenes que se afirman “indignados” por la incapacidad patente de los dirigentes tanto izquierdistas como derechistas para solucionar los problemas angustiantes que enfrentan. Aunque el blanco principal de las consignas de los “indignados” es el gobierno del socialista José Luis Rodríguez Zapatero, la irrupción de este movimiento amorfo preocupa también a los líderes de la oposición conservadora representada por el Partido Popular que ven en él la voluntad de descalificar a los políticos en general. Según el jefe del PP, Mariano Rajoy, negarse a discriminar es muy injusto, ya que muchos políticos han hecho grandes esfuerzos por servir a la comunidad. Con toda seguridad está en lo cierto, pero dadas las circunstancias es comprensible que muchos europeos hayan perdido fe en la clase política en su conjunto. Tal y como sucedió aquí cuando se desmoronaba la convertibilidad, los políticos de España, Grecia y otros países del viejo continente no están en condiciones de reconciliar las expectativas al parecer muy razonables del grueso de la ciudadanía con lo que es efectivamente posible. De resultas de una crisis económica que los desborda, les faltan los recursos que necesitarían para crear los millones de fuentes de trabajo, estables y adecuadamente remuneradas, que están reclamando quienes siempre habían previsto que su propio nivel de vida sería materialmente superior al de la generación anterior. Para agravar todavía más la situación en la que se encuentran, entienden que para atraer inversiones en escala suficiente tendrían que sanear las finanzas públicas, o sea “ajustar”, a sabiendas de que podrían prolongar indefinidamente una recesión que ya ha resultado ser apenas soportable. Si bien en España la oposición conservadora se afirma en condiciones de producir mejoras en un lapso relativamente breve, a esta altura pocos compartirán su optimismo, ya que no le sería nada fácil concretar los cambios requeridos para que su país reanude el crecimiento vigoroso del pasado reciente. Mientras tanto, no les quedará más opción que la de tratar de vivir conforme a los medios económicos disponibles, realidad que, desde luego, dista de ser atractiva para quienes se habían convencido de que el futuro se caracterizaría por la prosperidad generalizada. Para colmo, a juzgar por la experiencia, los remedios reclamados por quienes atribuyen los problemas actuales al “capitalismo” o al “neoliberalismo” resultarían ser decididamente peores que la enfermedad misma, ya que las medidas autoritarias que proponen sólo servirían para debilitar todavía más a economías poco competitivas que no están en condiciones de enfrentar con éxito los desafíos cada vez mayores planteados por la evolución del resto del mundo.
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