Los primeros pasos del azar

Redacción

Por Redacción

Las dos pasiones de Pablo, el tango y la salsa, llegaron casi por azar a su vida. Ahora se acuerda de “José Enrique, un cubano de ley, que vivía al lado, en Casa de Piedra. Él salía de trabajar y se sentaba a la mesa, con un habano y su ron. Yo era chico y me llamaba mucho la atención esa ceremonia. Empezamos a hablar y me contó de sus raíces y me enseñó los primeros pasos de los ritmos más autóctonos, pasos que –la verdad– sólo les quedan bien a los cubanos. Pero empecé a bailar salsa. Y empecé a viajar y a competir. En esa época me privé de muchas noches de boliche por ahorrar para viajar y bailar salsa”, cuenta. Fue justamente en un viaje por Brasil donde se dio cuenta de que siendo argentino no podía evitar el tango. Se lo pidieron y no sabía bailarlo. Así que a su regreso a la Argentina, le pidió a una bailarina que le diera algunas instrucciones. “No entendés”, le avisó ella. “El que empieza con el tango no lo larga más”. En el caso de Pablo fue real. Desde entonces, el tango es su vida. Y hasta lo acercó a su padre, que nunca entendió muy bien su “trabajo”. “Recién cuando llegué a la final del mundial de tango dijo ‘bue… tenía sentido’. Lo entiendo. Él, para quien trabajar era levantarse cuando salía el sol, no entendía que lo mío fuera el baile”.


Las dos pasiones de Pablo, el tango y la salsa, llegaron casi por azar a su vida. Ahora se acuerda de “José Enrique, un cubano de ley, que vivía al lado, en Casa de Piedra. Él salía de trabajar y se sentaba a la mesa, con un habano y su ron. Yo era chico y me llamaba mucho la atención esa ceremonia. Empezamos a hablar y me contó de sus raíces y me enseñó los primeros pasos de los ritmos más autóctonos, pasos que –la verdad– sólo les quedan bien a los cubanos. Pero empecé a bailar salsa. Y empecé a viajar y a competir. En esa época me privé de muchas noches de boliche por ahorrar para viajar y bailar salsa”, cuenta. Fue justamente en un viaje por Brasil donde se dio cuenta de que siendo argentino no podía evitar el tango. Se lo pidieron y no sabía bailarlo. Así que a su regreso a la Argentina, le pidió a una bailarina que le diera algunas instrucciones. “No entendés”, le avisó ella. “El que empieza con el tango no lo larga más”. En el caso de Pablo fue real. Desde entonces, el tango es su vida. Y hasta lo acercó a su padre, que nunca entendió muy bien su “trabajo”. “Recién cuando llegué a la final del mundial de tango dijo ‘bue... tenía sentido’. Lo entiendo. Él, para quien trabajar era levantarse cuando salía el sol, no entendía que lo mío fuera el baile”.

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