Los problemas son nuestros
Si quieren ser dirigentes de verdad tendrán que habituarse a defender medidas desagradables, por imprescindibles.
Por motivos que tienen más que ver con sus cálculos políticos que con la realidad, el presidente Eduardo Duhalde, el ministro de Economía Roberto Lavagna y otros integrantes del gobierno se han puesto a minimizar el papel del FMI en el terrible drama político-económico que está desarrollándose, al subrayar su voluntad de privilegiar su propia interpretación de los intereses del país por encima de los planteos del organismo. Según parece, el cambio así supuesto no se debe a los eventuales deseos rupturistas de funcionarios desconcertados por lo que está sucediendo, sino a que por fin se han dado cuenta de que les resultaba contraproducente la táctica tradicional de insinuar que si no fuera por las «presiones» fondomonetaristas el gobierno no tardaría en «solucionar» la crisis repartiendo grandes sumas de dinero entre las provincias, los caudillos partidarios, empresarios «productivos», ahorristas y endeudados. Sin embargo, al hacer pensar que el FMI encarnaba la dureza y ellos la flexibilidad solidaria, los duhaldistas, lo mismo que los partidarios de Fernando de la Rúa, virtualmente invitaban a los demás a resistirse en nombre de la defensa de la dignidad nacional a tomar las medidas necesarias para frenar la caída. En vista de que a Duhalde, un populista nato, no le gustaba en absoluto figurar como títere de una entidad en su opinión «neoliberal», ha elegido procurar brindar la impresión de haberse independizado de su tutela, de ahí aquellas «consultas» que celebró con excéntricos conocidos antes de encontrar un reemplazante para Jorge Remes Lenicov y las declaraciones destinadas a hacer creer que lo tienen sin cuidado las actitudes de sus interlocutores extranjeros.
A pesar de los esporádicos excesos retóricos que Duhalde se ha permitido, distanciarse un poco del FMI ha sido una decisión sabia. Entre las causas de los desbarajustes económicos que con cierta frecuencia se confeccionan en países subdesarrollados, está la costumbre ya instintiva de sus dirigentes de dar a entender que todos los «ajustes» son producto de la falta de sensibilidad social de técnicos extranjeros todopoderosos y que si no fuera por su presencia nadie tendría que experimentar inconveniente alguno. Como es natural, la negativa a asumir responsabilidades por medidas sin duda antipáticas pero objetivamente necesarias así reflejada suele tener consecuencias políticas y económicas sumamente perversas que, andando el tiempo, pueden culminar en una catástrofe. Por cierto, es evidente que las calamidades de los meses últimos son fruto del hecho de que la cultura política del país se haya conformado en torno de la noción de que lo fácil es entrañablemente nuestro, mientras que lo difícil nos es ajeno y por lo tanto nada patriótico.
En efecto, gracias en parte al presunto protagonismo aquí del enviado del FMI, Anoop Singh, funcionario que el gobierno casi obligó a actuar como si fuera el virtual ministro de Economía nacional, muchos sectores influyentes, encabezados por los legisladores «oficialistas», se han dedicado a frustrar todos los esfuerzos por afrontar la crisis, lo cual, desde luego, ha asegurado que en cuatro meses el gobierno de Duhalde se las haya arreglado para agravar todavía más una situación que a fines del año pasado ya era desastrosa. Puede que demagogos como el camionero Hugo Moyano quieran aprovechar la idea de que la crisis sea resultado de un gran enfrentamiento entre la Argentina por un lado y sus enemigos foráneos, encabezados por el FMI, por el otro, con el propósito de «movilizar» a la población para una rebelión totalmente insensata contra la cordura, pero es de esperar que políticos presuntamente serios dejen de prestarse a este juego tan alucinante como autodestructivo. Mal que les pese, si les interesa ser dirigentes de verdad, tendrán que habituarse a defender medidas desagradables por considerarlas imprescindibles. Si no son capaces de hacerlo, si insisten en achacarlas a presiones externas, la crisis no podrá sino continuar agravándose, lo cual -ya debería ser innecesario decirlo- significará mayores penurias para los habitantes del país de lo que les supondría cualquier plan, por brutal que éste fuera, que podría concebir el «neoliberal» más extremo resuelto a empujar a los argentinos más allá del límite de lo soportable.