Luna de miel
Como siempre sucede cuando un nuevo presidente -sin excluir a los elegidos por las bayonetas- se prepara a iniciar su gestión, buena parte del país está manifestando su confianza en que Néstor Kirchner resultará ser el hombre indicado para superar la crisis que lo devora desde hace tantas décadas. El propio Kirchner se ha visto estimulado por este fenómeno ya rutinario, afirmando que se siente como si realmente hubiera recibido el apoyo de más del 70% de los votos que esperaba cosechar en el caso de haberse celebrado el ballottage previsto. Sin embargo, aunque es bueno que un presidente crea poder contar con el respaldo de una mayoría muy amplia, la sensación de «consenso» así causada será con toda seguridad efímera y de tomarla Kirchner demasiado en serio podría resultarle peligrosa. Si la Argentina fuera un país en el que el grueso de la población coincidiera en lo que será forzoso hacer, no estaría en crisis. Antes bien, estaría brindando al mundo una lección sorprendente de convivencia basada en la voluntad mayoritaria de colaborar en un esfuerzo mancomunado por solucionar los escasos problemas institucionales, políticos, económicos y sociales que todavía persistieran.
Ahora bien: entre las causas fundamentales del atolladero en el que nos vemos atrapados está el hecho indiscutible de que virtualmente todos los sectores, corporaciones, agrupaciones, fracciones políticas y así por el estilo están resueltos ya a aferrarse a sus «conquistas», ya a intentar anotarse algunas por sentirse postergados, sin preocuparse por las consecuencias para los demás. Dicha actitud puede entenderse porque virtualmente todos creen ser víctimas de los atropellos ajenos. A comienzos de una gestión, muchos esperan que el nuevo gobierno opte por solidarizarse con ellos reconociendo la justicia de sus pretensiones, pero andando el tiempo los más descubren que no será así, razón por la cual se transforman casi enseguida en opositores virulentos dispuestos a acusar a las autoridades de turno de pensar en los intereses de una pequeña élite, sea ésta nacional o extranjera y de ser congénitamente incapaces de gobernar como es debido. Desde luego que Kirchner -como Fernando de la Rúa apenas un par de años antes- quiere creer que en esta ocasión todo será distinto, que el país, aleccionado por una crisis que le ha provocado tanto dolor, por fin elegirá hacer gala de más cohesión, pero a pesar de que las expectativas sectoriales se han hecho más modestas que en el pasado, aún no se ven demasiadas señales de que ello esté por ocurrir.
Todo gobierno argentino -y el encabezado por Kirchner no será una excepción- ha de encontrar un modo de hacer frente al dilema planteado por la necesidad objetiva de cambiar muchas cosas, sin por eso terminar enfrentándose con la mayor parte del país: si emprende un programa de grandes reformas con el propósito de reducir la brecha que lo separa de los considerados «modernos», no tardará en verse convertido en blanco de las protestas de los muchos perjudicados; si por querer conservar el agradable consenso sociopolítico de los primeros días, decide obrar con muchísima cautela respetando el statu quo, pronto será acusado, con razón, de conformarse con «administrar la crisis» que, por su propia dinámica, se hará cada vez más grave. Tal vez la única forma de evitar caer en la trampa así supuesta consistiría en convencer a la mayoría de la ciudadanía de la necesidad impostergable de impulsar cambios que serán resistidos con vigor por casi todos los «viejos políticos», los sindicalistas, los lobbies empresarios cortesanos y aquellos intelectuales y periodistas que se sienten comprometidos emotivamente con el corporativismo tradicional. Irónicamente en vista de lo que sucedería después, es lo que supo hacer Carlos Menem a mediados de la década de los noventa cuando era el dueño aparente del voto popular. Aunque es de suponer que el «proyecto» de Kirchner será bastante distinto del encarnado casi diez años antes por el adversario al que acaba de derrotar, tendrá que emularlo en este sentido por lo menos porque, caso contrario, no le será posible producir los cambios precisos para que por fin la Argentina pueda dejar atrás una época inverosímilmente prolongada de decadencia en la que se ha visto reducida a un estado rayano en la indigencia.