Luz amarilla

Redacción

Por Redacción

Si bien se ha consolidado el consenso de que en su forma actual el “modelo” kirchnerista, socavado como ha sido por una tasa muy elevada de inflación, la sangría constante de capitales, el derrumbe de los famosos superávits gemelos y el aumento insostenible del gasto público, no podrá mantenerse en pie indefinidamente, hay muchas diferencias en cuanto a la evolución futura de la economía nacional. Por un lado, los optimistas confían en que el eventual aterrizaje será manejable porque los precios internacionales de los commodities que exportamos no bajarán, de suerte que el país tiene asegurados ingresos comerciales suficientes como para permitirle modificar el rumbo sin correr el riesgo de experimentar una crisis tan grave como las que pusieron fin a tantos “modelos” anteriores; por otro lado, los pesimistas señalan que el mundo podría estar entrando en una etapa agitada que tendría un impacto muy negativo. Aunque merced al default la Argentina no está plenamente integrada en la economía globalizada, la ventaja así supuesta no fue óbice para que la perjudicara la debacle financiera del 2008, puesto que el año siguiente se interrumpió de golpe el crecimiento a “tasas chinas”, si bien la recuperación de la breve recesión resultante fue muy rápida y vigorosa. De todos modos, convendría que el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner abandonara el cortoplacismo que es una de sus características más llamativas y preparara el país para enfrentar una etapa que nos sea menos propicia que la de casi todos los ocho últimos años. Ya hay muchos motivos para suponer que a los cuatro pilares principales de la economía mundial, Estados Unidos, la Unión Europea, China y Japón, les espera una serie de ajustes penosos que, de concretarse, cambiarían radicalmente el panorama. Hace apenas una semana la calificadora de riesgo crediticio Standard & Poor’s advirtió que la economía más fuerte del mundo podría dejar de figurar entre la elite internacional conformada por aquellos países que son considerados plenamente confiables debido a la resistencia del gobierno del presidente Barack Obama a intentar reducir la deuda colosal que ha acumulado. Por su parte, el FMI opinó que Estados Unidos “no tiene un plan creíble” para hacer frente a su déficit presupuestario. Parecería que los norteamericanos tomaron a pecho los juicios de Standard & Poor’s y el FMI y que, lo mismo que los gobiernos de los países europeos más importantes, harán un esfuerzo serio por frenar el endeudamiento, una decisión que tendría repercusiones nada agradables en el resto del mundo. En Europa la situación es aún más preocupante. A esta altura parece que Grecia, tal vez acompañada por Irlanda y Portugal, no tendrá más alternativa que la de declararse en default porque sus socios solventes de la zona del euro son reacios a ayudarlos a menos que se comprometan a llevar a cabo ajustes sumamente severos. Se teme que dentro de poco estalle una crisis equiparable con la que protagonizamos en el 2001 y el 2002, aunque en esta ocasión los afectados serán países, como Alemania y Francia cuyos sectores bancarios podrían perder muchísimo dinero, que desempeñan un papel clave en la economía internacional. Las perspectivas ante Japón y China también son inquietantes, si bien por razones distintas. Mientras que los japoneses se han visto golpeados por el tsunami que destruyó pueblos enteros y por un desastre nuclear que ha forzado la evacuación de zonas urbanas cercanas a las instalaciones, el gran boom chino parece estar aproximándose a su fin. En opinión del prestigioso economista Nouriel Roubini, China podría entrar en recesión en el 2013 porque no le será dado continuar invirtiendo casi la mitad del producto bruto sin que adquiera proporciones extraordinariamente excesivas la capacidad no utilizada y, dadas las circunstancias, inutilizable. Dicho de otro modo, lo mismo que ciertos países occidentales, China se las ha arreglado para inflar una burbuja manufacturera e inmobiliaria que tarde o temprano estallará, con consecuencias parecidas a las que tantos problemas han ocasionado en Estados Unidos, Irlanda y España. Como Cristina sin duda entiende, nada en este mundo es permanente, razón por la que cometería un error histórico si apostara demasiado a que la coyuntura internacional seguirá privilegiándonos por muchos años más.


Si bien se ha consolidado el consenso de que en su forma actual el “modelo” kirchnerista, socavado como ha sido por una tasa muy elevada de inflación, la sangría constante de capitales, el derrumbe de los famosos superávits gemelos y el aumento insostenible del gasto público, no podrá mantenerse en pie indefinidamente, hay muchas diferencias en cuanto a la evolución futura de la economía nacional. Por un lado, los optimistas confían en que el eventual aterrizaje será manejable porque los precios internacionales de los commodities que exportamos no bajarán, de suerte que el país tiene asegurados ingresos comerciales suficientes como para permitirle modificar el rumbo sin correr el riesgo de experimentar una crisis tan grave como las que pusieron fin a tantos “modelos” anteriores; por otro lado, los pesimistas señalan que el mundo podría estar entrando en una etapa agitada que tendría un impacto muy negativo. Aunque merced al default la Argentina no está plenamente integrada en la economía globalizada, la ventaja así supuesta no fue óbice para que la perjudicara la debacle financiera del 2008, puesto que el año siguiente se interrumpió de golpe el crecimiento a “tasas chinas”, si bien la recuperación de la breve recesión resultante fue muy rápida y vigorosa. De todos modos, convendría que el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner abandonara el cortoplacismo que es una de sus características más llamativas y preparara el país para enfrentar una etapa que nos sea menos propicia que la de casi todos los ocho últimos años. Ya hay muchos motivos para suponer que a los cuatro pilares principales de la economía mundial, Estados Unidos, la Unión Europea, China y Japón, les espera una serie de ajustes penosos que, de concretarse, cambiarían radicalmente el panorama. Hace apenas una semana la calificadora de riesgo crediticio Standard & Poor’s advirtió que la economía más fuerte del mundo podría dejar de figurar entre la elite internacional conformada por aquellos países que son considerados plenamente confiables debido a la resistencia del gobierno del presidente Barack Obama a intentar reducir la deuda colosal que ha acumulado. Por su parte, el FMI opinó que Estados Unidos “no tiene un plan creíble” para hacer frente a su déficit presupuestario. Parecería que los norteamericanos tomaron a pecho los juicios de Standard & Poor’s y el FMI y que, lo mismo que los gobiernos de los países europeos más importantes, harán un esfuerzo serio por frenar el endeudamiento, una decisión que tendría repercusiones nada agradables en el resto del mundo. En Europa la situación es aún más preocupante. A esta altura parece que Grecia, tal vez acompañada por Irlanda y Portugal, no tendrá más alternativa que la de declararse en default porque sus socios solventes de la zona del euro son reacios a ayudarlos a menos que se comprometan a llevar a cabo ajustes sumamente severos. Se teme que dentro de poco estalle una crisis equiparable con la que protagonizamos en el 2001 y el 2002, aunque en esta ocasión los afectados serán países, como Alemania y Francia cuyos sectores bancarios podrían perder muchísimo dinero, que desempeñan un papel clave en la economía internacional. Las perspectivas ante Japón y China también son inquietantes, si bien por razones distintas. Mientras que los japoneses se han visto golpeados por el tsunami que destruyó pueblos enteros y por un desastre nuclear que ha forzado la evacuación de zonas urbanas cercanas a las instalaciones, el gran boom chino parece estar aproximándose a su fin. En opinión del prestigioso economista Nouriel Roubini, China podría entrar en recesión en el 2013 porque no le será dado continuar invirtiendo casi la mitad del producto bruto sin que adquiera proporciones extraordinariamente excesivas la capacidad no utilizada y, dadas las circunstancias, inutilizable. Dicho de otro modo, lo mismo que ciertos países occidentales, China se las ha arreglado para inflar una burbuja manufacturera e inmobiliaria que tarde o temprano estallará, con consecuencias parecidas a las que tantos problemas han ocasionado en Estados Unidos, Irlanda y España. Como Cristina sin duda entiende, nada en este mundo es permanente, razón por la que cometería un error histórico si apostara demasiado a que la coyuntura internacional seguirá privilegiándonos por muchos años más.

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