Malvinas en tiempos de coronavirus



Mario L. Flores Monje*


Estamos más bien en un tiempo de posguerra porque es allí donde se deben mitigar los daños, hacer el duelo por los que ya no están, y ocuparse de la salud no solo de los heridos, sino de toda una sociedad.


Desde hace mucho, sostengo que lo que ocurrió durante y después de la Guerra de Malvinas nos refleja como sociedad. Y es que en aquellos tristes días hubo tantas muestras de valor y solidaridad como de bajezas y cobardía.

Así es como los que hoy aplauden diariamente a los médicos desde sus balcones pero de día no cumplen con la cuarentena, paseándose temerariamente por las calles, me recuerdan a quienes saludaron a Galtieri en una plaza de mayo atiborrada, alentaron la guerra y después quisieron olvidar todo aquello ignorando a los veteranos y a sus familias.

Tampoco puedo dejar de mencionar a quienes en el 82 vendían las raciones que nuestros soldados necesitaban en el frente de batalla. “Los mismos” que hoy remarcan o esconden el alcohol en gel.

También hubo gestos de grandeza. Muchos.

Entre tantos no puedo dejar de mencionar a los voluntarios que congregaron ayer y hoy, o hacer un paralelismo entre las tripulaciones de los barcos que fueron a rescatar a los náufragos del Crucero Belgrano y aquellas otras dotaciones que hoy, a bordo de las aeronaves de nuestra línea de bandera, surcaron los cielos para traer a los argentinos varados en el exterior.

Por supuesto que las circunstancias son muy distintas −entre ser un turista o un náufrago en una guerra hay diferencias abismales−, sin embargo, los socorristas tienen en común aquello que se llama “cumplimiento del deber” a pesar de los riesgos.

También vienen a mi mente los cantineros del Crucero Belgrano. Dos hermanos que no eran militares y rechazaron el ofrecimiento del comandante del buque de quedarse en sus casas. Fueron al sur.

Hicieron lo que sentían era su deber y hoy están más vivos que nunca, junto a todos los caídos custodiando la llama de la causa Malvinas.

Así parece que somos. Por momentos esquivos al cumplimiento de las normas pero, a la vez, abnegados y solidarios “en las malas”.

Basta con ver cómo las redes sociales están llenas de noticias falsas que infunden miedo pero también se hacen eco de personas que se ocupan del otro y dan el ejemplo, de vecinos que salen a sus balcones para cantar el “feliz cumpleaños” a quien no tiene con quien celebrar por el autoaislamiento que todos debemos practicar.

Actitudes de proximidad y empatía similares a la que tuvo el pueblo de Puerto Madryn “el día que se quedó sin pan” cuando llegaron al continente las tropas argentinas luego de más de 70 días de combate.

Por último, no puedo dejar de mencionar que hay argentinos que cotidianamente salen a trabajar ocupándose de los demás: personal de salud, seguridad, servicios esenciales, comunicadores, etc.

Ellos dejan a sus familias para cumplir el deber como lo hicieron más de 20.000 argentinos -hoy veteranos de guerra− en 1982. Y lo hacen sin excusas.

Por supuesto que la experiencia de una cuarentena, aislado en la propia casa, por más dura que sea, dista muchísimo de lo que se puede vivir dentro de una trinchera rodeado de muerte y destrucción.

Tampoco es lo mismo vivir una guerra lejana pendientes de los resultados de un Mundial de Fútbol que tener que estar solos y angustiados en la propia casa. Sin embargo, en situaciones límite ayer y hoy parecemos vestirnos de novedad, pero al final seguimos siendo los mismos.

Ojalá asimilemos las enseñanzas que nos deja esta pandemia para la que nadie aún tiene respuesta. Ya se ha dicho: hoy más que nunca somos vulnerables y nadie se salvará solo. No es tiempo de actitudes egoístas o miserables.

Líderes mundiales afirman que estamos en guerra.

Las decisiones que deben tomarse para salvaguardar la vida nos hacen sentir que sufrimos la invasión de un enemigo invisible y silencioso con un plan muy eficiente.

En lo personal, me gusta pensar que estamos más bien en un tiempo de posguerra porque es allí donde se deben mitigar los daños, hacer el duelo por los que ya no están, y ocuparse de la salud no solo de los heridos −que prometen ser muchos−, sino de toda una sociedad que ya no será la misma.

Ojalá no repitamos los mismos errores cometidos durante y después del 82. Ojalá vengan tiempos en donde el respeto y el cuidado del otro y del planeta sean la regla y no la excepción.

Volver a lo que fuimos será haber perdido otra gran oportunidad.

*Integrante de la comisión de Familiares de Caídos en Malvinas de Neuquén


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