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editorial

Por Redacción

Los encuentros entre funcionarios argentinos y brasileños de alto rango suelen resultar agradables, y por lo general son seguidos por el anuncio de que, por fin, los dos países han acordado crear mecanismos que les permitirían eliminar aquellos conflictos que con cierta frecuencia amenazan con destruir el Mercosur. Por eso, no causó euforia alguna la noticia de que el canciller Adalberto Rodríguez Giavarini y su homólogo brasileño Luis Lampreia habían decidido que en adelante habrá “relaciones amplias, francas y sin sorpresas” porque será una cuestión de “políticas de Estado”. Anuncios similares han sido formulados una y otra vez durante más de diez años, pero su incidencia en el mundo real ha sido escasa porque, mal que le pese a la Alianza, ningún gobierno está en condiciones de controlar la evolución de todas las variables económicas.

Hace un año, el presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso devaluó el real porque no le quedó otra alternativa, pero antes de que el ministro de Economía firmara el decreto correspondiente no pudo decirlo a nadie. Asimismo, el poder de los empresarios de mentalidad proteccionista de San Pablo, el Estado más próspero y más pujante del Brasil, es tan grande que a menudo sus presiones han resultado irresistibles.

De todos modos, el que el presidente Fernando de la Rúa haya insistido tanto en la necesidad de “relanzar” o “refundar” el Mercosur es de por sí evidencia de que tal como fue concebido el proyecto deja mucho que desear, pero hasta ahora la Alianza no nos ha dicho con precisión lo que tiene en mente para reemplazar a la versión a su juicio defectuosa.

Si bien han aludido al tema en muchas ocasiones, afirmando que le importa tremendamente la relación con el Brasil, que funcionarios argentinos consultarán de forma permanente con sus pares brasileños para que no haya más sorpresas ingratas y que no se les ocurrirá jamás actuar como los menemistas que arruinaban el clima de armonía hablando de asuntos como la dolarización del Mercosur, o la eventual ingreso de nuestro país en la OTAN o, quizás, en el mercado común norteamericano, nada de eso nos lleva muy lejos. Aunque las particularidades de los mandatarios de turno y de sus respectivos cancilleres o ministros de Economía pueden perturbar la relación bilateral, la buena voluntad no será suficiente como para hacer esfumarse las dificultades estructurales, las cuales se deben a ciertos hechos inmodificables. Un hecho de este tipo es que el Brasil es decididamente mayor que la Argentina, con 163 millones de habitantes contra 37 millones, disparidad que ninguna cantidad de discursos sobre la “igualdad de las naciones” cambiará en un ápice.

En verdad, el desequilibrio así supuesto es tan grande que sería legítimo preguntarnos si el Mercosur puede ser más viable de lo que sería una “Unión Europea” conformada por Alemania, Holanda, Luxemburgo y Lituania. Asimismo, la clase dirigente brasileña sigue creyendo que un día su país podría erigirse en una “superpotencia” y por lo tanto a pesar de que en términos económicos es un peso liviano se resiste a abandonar estrategias “desarrollistas” que aquí se consideran patéticamente anticuadas no sólo por razones teóricas sino también porque los frutos concretos que han producido han sido desastrosamente magros.

Dichas realidades plantean una serie de dilemas al gobierno de De la Rúa, el cual a veces parece decidido a hacer del vínculo con el Brasil el eje de su política económica y exterior. Tiene que preguntarse si es posible “profundizar” esta relación sin que la Argentina se resigne irrevocablemente al status de socio menor obligado por las circunstancias a seguir el camino trazado por Brasilia. Sería una “opción estratégica” factible, pero esto no quiere decir que nos convendría. Si el Brasil fuera un país mucho más avanzado y más “moderno” que la Argentina, podría justificarse la “integración” con argumentos económicos, pero sucede que no lo es en absoluto. Por el contrario, mientras que la argentinización del Brasil enriquecería a nuestros vecinos, la brasileñización de la Argentina nos significaría más miseria y más exclusión.