Mauricio Macri: la ilusión personalista
POLÍTICA
La obviedad no debe sorprender: Mauricio Macri es un líder político con razonamiento empresario. Desde esta cosmovisión, exitosa en términos electorales, edificó un proyecto de gestión con el que pretende llegar a la Casa Rosada. En la lógica costo-beneficio, el mandamás del Pro diseñó una ingeniería interna que no admite la fisura del disenso. En el ideal, Horacio Rodríguez Larreta debe ser su heredero. Gabriela Michetti, en tanto, no debió rechazar la candidatura a la vicepresidencia de la Nación. Tampoco negarse a ser el estandarte bonaerense de la fuerza distrital.
Con el plan inicial fuera de cauce, la disputa entre el jefe de Gabinete y la senadora nacional por la sucesión desnudó las falencias del ingeniero como conductor político. Al bendecir públicamente a uno de los contrincantes, Macri incurrió en la misma verticalidad que distingue al kirchnerismo y el PJ. Sin renunciar al objetivo de imponer a su hombre dilecto, un prudente silencio hubiese sido garantía de horizontalidad y ecuanimidad democrática. El jefe de Gobierno erró el camino; perdió la oportunidad de mostrarse como un dirigente alejado de las prácticas viciosas que, según argumenta desde su discurso republicano, es necesario desterrar.
Al margen de las PASO, y sabiendo que el resultado del 26 de este mes puede condicionar las aspiraciones presidenciales del alcalde, es menester pensar algunas razones que explican, al menos en parte, la aceptación ciudadana que experimenta el Pro en su lugar de origen. En tal sentido, con una sociedad mayoritariamente despolitizada y ajena a las estructuras partidarias y un electorado capitalino históricamente refractario al peronismo, el triunfo de Mauricio Macri tiene bases lingüísticas: el expope de Boca Juniors reemplazó con éxito términos clásicos del diccionario político; hay ejemplos de ese cambio cultural.
No pocas veces el mentor y guía de la centroderecha moderna refiere a su criatura como “un espacio”. El concepto, además de volver difusos los rasgos identitarios de Propuesta Republicana, desnaturaliza la idea de partido político. El nuevo valor de referencia, a la vez, hace borroso el encuadre filosófico de la fuerza amarilla. Dicho de otro modo: la ideología se diluye, volviéndose un factor decorativo, sin importancia. Así, pues, se impone la premisa general: orden político y administración eficaz.
Otra palabra clave es “equipo”. El término deportivo supone la existencia de un liderazgo incuestionable y aglutinador. Remite, también, a la supresión de las diferencias internas y la edificación de una visión idílica: la política fundada en el consenso permanente, con la amistad como variable de cohesión y la “alegría” como combustible. En nombre del “equipo”, además, se justifica y acepta, sin beneficio de inventario, la incorporación de figuras antagónicas entre sí. La paradoja es que esos actores, en muchos casos, representan expresiones que el macrismo considera de “la vieja política”.
Así las cosas, desde una visible gestión en la Ciudad de Buenos Aires, exhibiendo un coherente y sostenido mensaje de oposición al gobierno nacional, Macri tiene elementos para soñar con el sillón de Rivadavia; anhela ser el Henrique Capriles criollo. En esa ilusión personalista aglutinó a radicales, peronistas y críticos acérrimos como Elisa Carrió. Por si fuera poco, consiguió lo más importante: que el kirchnerismo lo elija como adversario. Se sabe: en la intimidad de Olivos Cristina Fernández prefiere la derrota a manos del Pro antes que entregar el “proyecto nacional y popular” a Daniel Scioli o la estructura peronista a Sergio Massa.
Hoy, con todo a favor, Macri apuesta a la polarización. Desde las urnas sabrá si la sociedad respalda a su “espacio” y confía en su “equipo” para que gobierne más allá de la General Paz. Hay que esperar unos meses para saberlo.
DAMIÁN TOSCHI
Lic. en Comunicación Social (UNLP). Miembro del Club Político Argentino
DAMIÁN TOSCHI