Me acuerdo

Columna semanal

Redacción

Por Redacción

El disparador

Me acuerdo de mis primeros dos amigos de jardín de infantes; éramos muy amigos pero empecé la primaria y nunca los volví a ver ni supe nada de ellos.

Me acuerdo de mi primera pelota de fútbol, de cuero, celeste y blanca; cuando la pateábamos alto teníamos que trepar el alambrado y cruzar las vías del tren para buscarla.

Me acuerdo de las vacaciones en Pinamar -era Ostende- a fines de los ‘80, cuando esas playas aún no eran todo lo top que llegaron a ser después; fueron las últimas -¿y las únicas?- vacaciones con la familia completa.

Me acuerdo de mi primer superclásico: fue en la cancha de River, tenía ocho años, Boca perdió 2-0 -Pipa Higuaín y Polillita Da Silva-; apenas pisamos la platea mi hermano mayor me agarró del brazo: “Vení que nos vamos a comer un piedrazo”. Zafamos, pero otro hincha entró distraído y una piedra le abrió la frente.

Me acuerdo de la abuela, levantándose de la cama a la medianoche para pelar un durazno y una naranja porque a los diez minutos de haberme acostado le decía: “¡Abuela! Tengo hambre”.

Me acuerdo de mis hermanos, haciendo “cosas de grandes”; entrando y saliendo de casa sin saber a dónde iban mientras yo me quedaba con ganas de irme no sé a dónde.

Me acuerdo que por momentos todo pasó muy rápido: la adolescencia, las primeras salidas de noche, los nuevos amigos, los primeros peligros.

Me acuerdo de mi primer beso, que me parecía tan raro que no sabía cómo es que se hacía; y de mi primera novia, pero sobre todo de la segunda como si realmente fuese la primera.

Me acuerdo que mi viejo no estaba de acuerdo pero aceptó que dejara la carrera de periodismo cuando viajé a Europa por primera vez y me quedé un año en España.

Me acuerdo de mis padres y me alegro; me acuerdo de ellos otra vez, siempre haciendo cosas, dándolo todo, cansados, agotados, y un poco me angustio.

Me acuerdo entonces de esos dos llamados; uno cuando estaba por jugar al fútbol y otro mientras dormía; eran para anunciar lo que ya sabía que iba a pasar pero no pensaba -nunca se piensa- que iba a ser en ese momento.

Me acuerdo de esa tarde, del departamento, del frío que sentí; y de esa mañana, de la habitación del hospital, del dolor que me superó.

Me acuerdo que una vez le salpiqué el pantalón beige a mi viejo con jugo de tomate; él había venido a almorzar a casa, fue sin querer pero se enojó y me dio una patada en el culo, que no fue fuerte pero me dolió mucho -tal vez, porque fue la única vez que me pegó-.

Me acuerdo de mamá llorando mientras lavaba kilos de frutillas, mirando por la ventana de la cocina hacia la calle, y siento la misma tristeza que en ese atardecer; no le pregunté qué le pasaba, me puse a lavar frutillas a su lado y al ratito ella empezó a silbar una canción de misa y sonrió.

Me acuerdo que quiero viajar más de lo que viajo, pero viajé mucho más de lo que imaginaba cuando era chico.

Me acuerdo que cada semana, desde hace casi tres años, siento que es tarde cuando me acuerdo que tengo que escribir esta columna; pero, quizá, nunca es tarde ni temprano. Es.

Juan Ignacio Pereyra

pereyrajuanignacio@gmail.com


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