Menor libertad y más excusas

Por Redacción

SUSANA NUTI (*)

Primero fue el congelamiento, que llegó para quedarse. Después, la falta de publicidad que deja indefensos a los consumidores y perjudica a los medios. Por último, una tarjeta de crédito única con menores comisiones a los comercios que las actuales. En realidad, todos estos hechos que se suceden desde hace una decena de días resultan ser parte de una cadena cada vez mayor de restricción de libertades que elude reconocer el verdadero problema que es la inflación y sus causas reales. Si se habla de la tarjeta, hay que anotar que todo esquema o instrumento que, para reemplazar presuntos defectos de otros similares, se imponga como único coarta la libertad de elección que tienen los individuos. Una vez que el nuevo instrumento desplaza a los anteriores, tiende a caer en defectos aún mayores, con la gravedad de que ya no existen alternativas vigentes. Por otra parte, el accionar del primer banco nacional tiene un límite de capacidad operativa que conlleva un tiempo expandir, sin disminuir la calidad del servicio. Teniendo en cuenta estas simples premisas, resulta natural preguntarse: ¿por qué, en vez de incentivar modificaciones positivas en los operadores actuales de las tarjetas de crédito, se hostiga con la amenaza de anular la operatoria de las mismas en determinados segmentos? De idéntica manera, resulta válido añadir: ¿podrá el Banco de la Nación satisfacer el incremento inmenso de usuarios y procedimientos que demandaría tal modificación? Y siguen las preguntas: ¿por qué creer en la capacidad sin límites del Estado para asumir funciones como si el costo de las mismas fuese cero y su accionar superlativo? ¿No sería más genuino reconocer el nivel elevado de inflación y la multiplicidad de causas que la alientan? ¿Por qué se insiste en atacar las consecuencias y no las causas de un esquema con crecientes cuellos de botella por disminución de inversión y condiciones mínimas de estabilidad de reglas? La idea de apelar a una única tarjeta para comprar, con el pretexto, en principio válido, de los altos márgenes que se retienen a los comerciantes, tiende a maximizar los controles sobre los contribuyentes, crea costos adicionales a los tenedores de otros plásticos y reduce los servicios de fidelización de los bancos, pero no garantiza eficiencia operativa ni mayores ventajas para los consumidores. ¿Por qué en vez de imponer no se recurre a una negociación seria y comprometida con los operadores para bajar las comisiones a favor del consumidor? Es inocente pensar que, después de todos estos años de inflación, el problema principal radique en los márgenes de las tarjetas de crédito, cuando fueron usadas hasta ahora para fogonear fuertemente el consumo. (*) Economista