Mensajes salvajes en Volgogrado
Emilio J. Cárdenas (*)
Dos cruentos atentados suicidas –cortados con la misma tijera y perpetrados dentro de las mismas 24 horas– tuvieron recientemente como escenario a Volgogrado (la ex Stalingrado), una ciudad industrial de un millón de habitantes emplazada al sur de Rusia. Ellos conforman una repudiable extorsión salvaje. Una más, desgraciadamente. En octubre pasado otro atentado, similar, había ocurrido en esa misma ciudad, obviamente blanco frecuente del fundamentalismo islámico. Lo sucedido es directamente atribuible al fundamentalismo musulmán que, desde hace dos décadas, ha infectado a las repúblicas de Daguestán y Chechenia. En el Cáucaso ruso. Ese movimiento terrorista está hoy comandado por un líder mítico. Un veterano real de la violencia: el radical Doku Umarov, al que se tiene por el Osama bin Laden de la región. Legendario, entonces. Sus actividades últimamente se han expandido y cubren asimismo a las repúblicas de Tartaristán y Bashkortostán, en los Urales, donde han aumentado enormemente los atentados contra los clérigos musulmanes moderados y las exhibiciones públicas de la bandera negra, llamando al yihad, por jóvenes con los rostros enmascarados. En Rusia, recordemos, la población contiene un 16% de musulmanes. Hablamos de unos 21 millones de personas que allí viven y que pertenecen a esa religión. Para fines de esta década, si las cosas no cambian, uno de cada cinco rusos será musulmán. Porque el crecimiento vegetativo de ese grupo es significativamente más rápido que el del resto de Rusia, cuya población está disminuyendo como efecto del fenómeno conocido como “envejecimiento poblacional colectivo”. El objetivo actual de Umarov es absolutamente obvio: atemorizar a quienes planeen asistir o asistan a los Juegos Olímpicos de Invierno que, en pocas semanas, tendrán lugar en la localidad de Sochi, a orillas del Mar Negro. A unos 500 kilómetros de Volgogrado. Ya en julio pasado Umarov había advertido públicamente –mediante la difusión de un video– que esto podía pasar con el objetivo obvio de tratar de desacreditar al autoritario gobierno del presidente de la Federación Rusa: Vladimir Putin. La peligrosidad de Umarov es enorme y, desgraciadamente, bien conocida. En el pasado tuvo que ver con los atentados perpetrados en el subterráneo de Moscú, en el 2010. Y en el aeropuerto internacional Domodedovo, en el 2011, también en Moscú. Los tres gravísimos atentados terroristas recientes desnudan cuán vulnerable sigue siendo Rusia al accionar despiadado de este tipo de terroristas, que no son ni marginales ni distantes sino reales. De carne y hueso, pero sin escrúpulos. Lo que, a su vez, evidencia que la política brutal –de represión máxima– puesta en marcha por Putin (que sólo en la segunda guerra de Chechenia dejara un saldo de 100.000 muertos) no ha dado el resultado que su gestor esperaba. Catorce años de una actitud inusualmente dura sólo parecen haber derivado en un Estado policial proclive a reprimir sin límites y en fuerzas de seguridad inundadas –como muchas cosas en Rusia– por el flagelo de la corrupción. Para el gobierno de Putin hay mucho en juego. Ocurre que el líder ruso pensaba mejorar su imagen –y la de su país– con los Juegos Olímpicos que se aproximan. Pero, de pronto, la sombra de lo ocurrido en 1972 en los Juegos Olímpicos de Munich ha vuelto a aparecer, con su carga terrible de fanatismo salvaje. Todo un drama para quienes aman la paz. Y una pena para el deporte, que es otra vez blanco de quienes no dudan un momento en transformarse en bárbaros. Que es lo que les sucede a todos los terroristas que, en cualquier momento y latitud, alguna vez toman la inhumana decisión de atentar contra civiles inocentes, si ello resulta útil a sus objetivos. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas