Mentalidad predemocrática

La presidenta Cristina Fernández de Kirchner quiere hacer de la defensa de los derechos humanos el eje de su gestión. Es una aspiración encomiable, pero sus esfuerzos por ubicar virtualmente todo cuanto sucede en el contexto de la “guerra sucia” de hace más de treinta años han tenido consecuencias desafortunadas. Puesto que tanto la Argentina como el resto del mundo han cambiado mucho desde la década de los setenta del siglo pasado, la obsesión de la presidenta con los conflictos sanguinarios de dicho período impide que el gobierno que encabeza se ocupe de los problemas actuales. Como un estudiante ya envejecido que año tras año procura superar una asignatura pendiente, Cristina se ha quedado atrapada en una época que, para la mayoría de los habitantes del país, pertenece a la historia antigua. Cuando los productores rurales se movilizaron para protestar contra las retenciones móviles y sectores de la clase media ya disconformes con el gobierno nacional los apoyaron, la presidenta se las ingenió para convencerse de que lo que realmente enfrentaba era un movimiento “oligárquico” en contra de la política oficial de derechos humanos liderado por “generales mediáticos”. Huelga decir que tal interpretación de lo que sucedía fue absurda: el conflicto que se había desatado no tenía nada que ver con los derechos humanos. Asimismo, para Cristina la ofensiva que, instigada por su marido, ha emprendido contra el grupo Clarín y el matutino porteño “La Nación” no se inspira en su voluntad de silenciar a quienes la critican sino en su presunta convicción de que directivos de los dos diarios participaron en la represión ilegal, de ahí la decisión de privarlos de sus acciones en la empresa mixta Papel Prensa. Los acusados de formar parte de una “asociación ilícita” con los líderes del Proceso militar no son los únicos que, según la presidenta, actuaron como cómplices de quienes violaban sistemáticamente los derechos humanos. Parecería que todos sus adversarios, incluyendo al fiscal del juicio a las Juntas Militares, Julio César Strassera, fueron integrantes de la misma banda. Hace poco, Cristina disparó nuevamente contra Strassera por haber convalidado la detención por parte del régimen del recién fallecido ex gobernador santacruceño Jorge Cepernic. Pues bien, desgraciadamente para la presidenta y su marido, su propia conducta en los años setenta no fue la de militantes resueltos a defender los derechos humanos de los perseguidos por los agentes de una dictadura brutal. Como nos recordó Strassera, los en aquel entonces jóvenes abogados “se dedicaron a hacer plata”: pudo haber agregado que los métodos que usaron para adquirir un patrimonio abultado eran sin duda legales, pero que también eran deleznables. Si no fuera por la actitud moralizadora asumida por Cristina, sería injusto criticarla por haber presionado a los gravemente perjudicados por una medida financiera dictada por el régimen castrense, aprovechando así las penurias ajenas, para acumular una cantidad notable de bienes raíces, ya que en todas partes siempre han abundado los dispuestos a comportarse de tal manera, pero en vista de su costumbre de acusar a sus adversarios coyunturales de haber cometido delitos terribles, es lógico que los así atacados hayan reaccionado señalando que, al igual que el grueso de sus compatriotas, los Kirchner se adaptaron con gran facilidad a las condiciones imperantes en un país que se había habituado a ser gobernado por militares. A esta altura, es enfermizo insistir en tratar el pasado como si fuera un drama protagonizado por un puñado de buenos –los Kirchner, sus aliados actuales, los Montoneros– que lucharon con heroísmo contra un ejército de malos. Al sentirse obligados a subrayar en todo momento su propia rectitud, llamando la atención a los supuestos delitos perpetrados hace mucho tiempo por quienes no los apoyan, los Kirchner y sus colaboradores –de los que muchos procedieron de movimientos afines al Proceso militar– están aferrándose a valores característicos de una sociedad aún predemocrática en que demasiados dan por descontado que la intransigencia extremista es una virtud y que procurar conciliarse con “el enemigo” en lugar de intentar aplastarlo, desacreditándolo por completo, es un síntoma de debilidad.


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