Miedos: están y crecen

Redacción

Por Redacción

CARLOS TORRENGO

carlostorrengo@hotmail.com

Un arco de miedos. A que los frenos del tren no funcionen o a la salida nocturna de los pibes. En el medio, todos los miedos. Incluso un miedo que, en condición de tal, estaba desaparecido desde tiempos inmemoriales.

–¡No quiero que llueva más en La Plata! ¡No, no, que no llueva más! –dice Lucía por televisión un mes después de que el agua se llevara la vida de un número de platenses aún impreciso de determinar.

Miedo incluso a la soledad que suele alentar el miedo. Y de ahí en más el dolor. Y, como no hay dolor sin sufrimiento, “no hay dolor sin un grito aunque a éste no se lo quiera escuchar. Aunque éste se exprese en forma silenciosa”, escribe el psicoanalista Enrique Carpintero. Luego relaciona lo dicho con un cuadro que quita el aliento, “El grito” del noruego Edvard Munch.

Viernes, 17:20. Aeropuerto de Neuquén. Por razones gremiales, desde la media tarde Intercargo no suministra servicios a LAN. La empresa suspende sus vuelos en todo el país. Pero no resuelve nada sobre la suerte de los pasajeros, que recién saldrán a las 5 del día siguiente. Una mujer estalla. También varios de los pasajeros sometidos a manoseo.

–No tengo plata para un hotel… ¿a quién le importa el miedo que voy a pasar esta noche encerrada en este galpón (aeropuerto)? ¿A quién? ¿Y si me pasa algo, si me matan? ¡Porque esto pasa, pasa todos los días! Basta mirar la televisión –chilla la mujer.

–Nunca hemos visto lo que está pasando –acota un joven que, más que opinar puntualmente, parece interesado en politizar el tema.

“El miedo al crimen opera sobre la memoria corta. ‘Nunca estuvimos peor’ se dice a modo de cada historia”, escribe la historiadora Lila Caimari. Ha escrito “Mientras la ciudad duerme”, “Apenas un delincuente” y “La ciudad y el crimen”, entre otros trabajos relacionados con el tema.

Manda el miedo. Y cómo defenderse. Blindarse ante el miedo.

Un capitán de Ejército que hasta hace muy poco cumplió servicios en la Escuela Militar de Montaña de Bariloche confiesa a este diario lo que define como sorpresa.

–Conocí a mucha gente de Bariloche y siempre, en las invitaciones que me hacían a cenar, a almorzar, yo terminaba hablando de armas, especialmente después de los incidentes de diciembre del año pasado. “¿Qué arma me conviene comprar para tener en casa? Por las dudas, ¿no?”. Que si una escopeta, un revólver o una pistola. Que si yo les enseñaría a tirar y así y así. Voy a terminar poniendo una armería en Bariloche.

Y sí, el espacio se ha convertido en peligroso. El miedo, la resultante inevitable.

En uno de sus últimos viajes a Argentina, el talentoso escritor mexicano Carlos Monsiváis deslizó una interesante conclusión. La construyó en su país, un espacio que no sabe de descanso en materia de violencia de la más variada raigambre. Dijo:

• El miedo secuestró la ciudad que conocíamos y no lleva trazas de devolverla. Cuando estoy en una ciudad en la que no debo tener miedo me siento extranjero.

• El miedo sirve para conservar zonas de optimismo; a fin de cuentas, ayer no me pasó nada y hoy puede suceder lo mismo. Puedo vivir una vida normalmente por el miedo, pero a salvo de las consecuencias terroríficas de las pesadillas que éste genera. Si yo no tuviera miedo no me sentiría urbano: si no tuviera manera de ir cancelando por horas mi miedo tampoco me sentiría urbano. El miedo es un pacto territorial y psicológico de todos los días. Lo inmanejable es la desigualdad social.

Nada menos –cabe acotar– que la desigualdad social, el fogón donde se cuecen muchas de las causas del crimen en estos tiempos.

Pero ¿hay una nueva configuración de la violencia que termina inexorablemente en el asalto crimen mediante y de ahí trepa el miedo en los términos en que lo define Monsiváis?

Para el sociólogo Pablo Bonaldi, la violencia con la que “convivimos actualmente es más amorfa y desestructurada” que la que signó décadas anteriores.

Habla entonces Bonaldi de un “excedente de violencia”. Es decir, un “exceso de violencia intencional”. Así, detecta que el individuo involucrado en un asalto –por ejemplo– está siempre predispuesto a actuar en términos “mucho más violentos que lo esperado, como si hallase un cierto placer en el abuso mismo de la violencia”.

Una mirada nada reduccionista, por caso.

Tanto como no es reduccionismo decir que, por el momento y por las razones que explica Silvia Bleichmar, suele derretirse de miedo.

(Continúa en la página 26)

(Viene de la página 25)


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