Milagro Sala, la Tupac y los medios
Otra vez, luego de varios años de relegamiento, la Tupac volvió a recibir la atención de los grandes medios argentinos de comunicación. La atención de la audiencia fue focalizada hacia un torpe e injustificable maltrato, robo y destrucción de instrumentos de trabajo de un equipo del programa “Periodismo para Todos” de Jorge Lanata. Al usual maniqueísmo oficialista –la líder de la organización barrial (ya nacional) Tupac Amaru, Milagro Sala, es una declarada “cristinista”– se contrapuso el también usual maniqueísmo antioficialista. Cómo esto es lo único que conoce la mayoría de la gente, pasan inadvertidos hechos importantes que hay que rescatar. Mi análisis no será neutral, lo ético no puede serlo, pero sí trataré de evitar sesgos político-partidarios que fomentan mirar la realidad con anteojeras ideológicas. Por éste y otros medios de difusión he señalado varias veces lo destructivo del clientelismo político y empresario, el modo en que estimula la corrupción y destruye la capacidad de autogestión y autonomía de la gente, su más valioso y potente medio de progreso. Lanata cometió, a mi juicio, un grave error cuando en su programa calificó de clientelista a la organización creada y liderada por Milagro Sala. El error es comprensible en el contexto de su aproximación a la obra de la Tupac, obra que reconoció aunque sin indagar sus detalles y cómo y por qué se produce. En octubre del 2010 volví después de muchos años a mi terruño vía la Ruta Nacional 40, con etapas en hitos del extractivismo (Andalgalá y Alumbrera), de la colonización del territorio (el Shincal de Quimivil y San Rafael) y de su conquista (pucará de los quilmes). Ya en mi ciudad natal, San Salvador de Jujuy, visité el barrio que la Tupac construye en Alto Comedero, sólo superficialmente mostrado por las cámaras de Lanata. Conversé allí, en sus lugares de trabajo, con los integrantes de una cooperativa de viviendas, hombres, mujeres y hasta niños que laboriosamente levantaban una casa que no era la propia, porque las terminadas se asignan por criterios de necesidad y urgencia. Ignoro cómo se escrituran estas propiedades, sólo sé que he visto demasiadas veces, en mi Bariloche adoptivo, cómo beneficiarios de planes sociales de viviendas (usualmente mal hechas) lucran con su reventa. Las casas de la Tupac, mínimas y uniformes pero confortables, se construyen a menor costo, en menos tiempo y con mejores materiales que las hechas por licitación pública en cualquiera de los barrios oficiales de viviendas que conozco (de los cuales los del IPPV rionegrino son lamentables ejemplos). Para ello no sólo trabajan como albañiles los mismos interesados –que de otro modo estarían mayoritariamente desocupados– sino que fabrican también sus bloques de hormigón, sus aberturas metálicas y hasta sus uniformes de trabajo, los dos primeros rubros de gran incidencia en el costo final. Las instalaciones fabriles de la Tupac, sus escuelas, sus comedores y sus servicios médicos (que incluyen uno de los pocos tomógrafos que hay en la provincia de Jujuy) se financian con lo ahorrado en la construcción de viviendas y la venta a terceros de sus productos. Quien conoce la dificultad de organizar cooperativas perdurables y eficaces –que en este caso son también eficientes– no puede sino estar impresionado. Quien conozca además –como es mi caso ya que me crié en cercano contacto con aborígenes– la cultura originaria de la zona y su forzada degradación tras la conquista y colonización españolas, lo estará mucho más. Porque los integrantes de la Tupac son, sus inconfundibles rasgos físicos lo proclaman, los descendientes directos de los pueblos que en tiempos precolombinos ya habían convertido las áridas tierras cordilleranas en vergeles agrícolas. Su cultura originaria fue, como lo requería la apropiación de sus tierras y su fuerza de trabajo, deliberadamente desintegrada hasta en sus ropas, que fueron forzadamente reemplazadas por otras impuestas y ajenas. El carisma de Milagro Sala y sus colaboradores (cuya primera prueba de idoneidad es la organización de un comedor comunitario) logró convocar a sus congéneres a la esperanza de progreso y al orgullo de su identidad originaria. El minimuseo etnográfico que Lanata mencionó al pasar sin mostrarlo es un ejemplo de ese rescate, ilustrado con figuritas cerámicas hechas por artistas locales que en forma de historieta 3D revive algunas de sus costumbres y de sus hitos históricos (de los que la historia del rebelde Tupac Amaru II, Gabriel Condorcanqui, es sólo una). Lo que más me impresionó, sin embargo, fue ver cómo los miembros de la Tupac han recuperado la confianza en sí mismos, en su capacidad de hacer, de dejar de depender de una dádiva política mutilante porque sólo requiere sumisión y votos. Uno de ellos me dijo, orgulloso: “Nosotros podemos hacer cualquier cosa que nos propongamos”. La ingenua declaración de omnipotencia es, pese a las apariencias, el primer paso en el camino de la realización personal: la confianza en el propio tesón y disciplina que es condición necesaria para cualquier logro significativo y perdurable. Milagro y la Tupac merecen una cobertura menos crítica de las formas, indudablemente toscas desde el punto de vista de la cultura urbana de clase media y alta, una visión más centrada en lo medular de la obra. Necesitan también de una “biografía” menos complaciente y más promotora de la autocrítica constructiva que la de Sandra Russo (“Milagro Sala. Jallalla: La Tupac Amaru, utopía en construcción”). Esto favorecerá una evolución que, a pesar de sus indiscutibles éxitos, todavía no ha superado su desafío más difícil. El máximo líder carismático argentino, Juan Domingo Perón, fracasó en la institucionalización de su herencia, en hacerla independiente del nombre del heredero (la Isabelita). El enorme desafío que enfrentan Milagro y la Tupac es la creación de una cultura organizativa capaz de continuar sus buenas prácticas y de corregir eficazmente sus inevitables desvíos (como la publicitada agresión), aun en ausencia del líder carismático. No será fácil porque hay demasiados interesados en el fracaso de la obra y en su apropiación clientelista. Los grandes terratenientes jujeños están acostumbrados a la descalificación y sumisión de los indígenas, a la apropiación de sus territorios y a pagarles ínfimos salarios en negro; los políticos jujeños, a la compra de sus votos con dádivas mínimas. Los medios de comunicación social pueden tener un rol importante en la dilucidación de estos intereses encontrados, pero para eso deberán ser capaces de mirar y hacer mirar a su audiencia de un modo menos superficial, menos sectario, menos complaciente y más constructivo. (*) Dr. en Física y diplomado en Ciencias Sociales csoliverez@gmail.com
CARLOS SOLIVÉREZ (*)
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