Miradas curiosas a la intimidad de los artistas

Hasta el sábado se desarrollará el Quinto Encuentro de Escultores, en General Roca.

Por Redacción

Por la tardecita los corredores dejan escapar miradas curiosas a los hierros retorcidos y a ese grupo de personas que pena con ellos. Otros intentan robarle una forma escondida a la madera. Cada cual sigue su destino. Y los corredores siguen, con el cronómetro en la mano. Algo de arte se les ha impregnado en el cuerpo.

Cuando comienza a oscurecer los artistas dejan el escenario de los hechos. Van a recuperar energías luego de trabajar en esta especie de taller al revés donde la intimidad está escrita en el aire y al alcance de todos.

Entonces los pibes, corredores menos apurados, familias enteras, solitarios de turno, dictan su veredicto. «Está bueno eso…», «¿Viste que raro?» El mundo sigue su ritmo mientras algo se construye aquí en el Canalito de Roca. Por la noche las esculturas mudas duermen el sueño eterno. Los perros juegan a que son los amos y llevan a su dueño del cuello y un par de flacos con la música a tope aceleran el motor de su coche brillante.

El Quinto Encuentro de Escultores de la ciudad es la invitación a una geografía por lo general vedada a los ojos intrusos. Los artistas sudan la gota de la creación justo en una esquina, entre gente que a veces poco y nada entiende de estos menesteres. Aunque de eso se trata la idea; que aprendan todos, lo que puedan.

Es un momento exquisito cuando Florencia, escultora local, le da un golpe a un trozo de materia blanca y un chico pregunta: «¿Qué es eso?». La respuesta cruza el espacio, se escuchan las palabras «hombre», «caracol», «dormido». No estamos seguros de que todos los componentes sean obvios aún. Pero Florencia dice que existen. El chico frunce el ceño y descubre lo invisible.

«¿Me regala un trocito de eso?», dice el crío, pero no consigue la complicidad del escultor. «Se me acabaron pibe», explica. Al instante aparecerá otro de la escuela 133 y pedirá más. Un trozo del arte para el bolsillo. Como fans a la casa de su ídolo de turno los guardapolvos blancos corren de un lugar a otro. «¿Y usted dónde se formó?», insisten y anotan.

Esta es la esencia de la propuesta: que haya preguntas y respuestas. «Es una experiencia muy positiva poder compartir nuestro trabajo con la gente. Muchos jamás vieron este proceso y siempre se encuentran con la obra terminada», cuenta Jorge Van Zandwegne que le da los toques finales a la suya.

Se nos cruzan mil setecientas interpretaciones para lo construido por este hombre y otras tantas para lo hecho por Ricardo César Ricapito. El primero acaba, y esto es pura especulación, de abrir la puerta a una nueva dimensión. Unas manijas podrían ser la clave de entrada a un mecanismo circular poderoso y del cual no se retorna. Y Ricapito tiene entre las manos la pieza de un gran rompecabezas campestre. Una veleta que cantará durante la tormenta y una rueda para viajar lentamente al río en verano. Pero estos son datos sueltos. Sensaciones. Sueños.

El arte es un detonante. La manifestación más pura del espíritu humano, complejo y soberbio, imaginada para que otro pueda sentir la conexión. No es raro que una obra se transfigure en espejo y nos ayude a conocernos más profundamente.

El encuentro cerrará el sábado por la noche.

Claudio Andrade