Miserables pecadores
Si bien en su mayoría los europeos han abandonado el cristianismo, no les está resultando del todo fácil liberarse de las formas de pensar propias del culto que durante más de un milenio dominó las culturas de su parte del mundo. Para extrañeza de los herederos de otras tradiciones, en especial los chinos, árabes y japoneses, se aferran con tenacidad a la doctrina del pecado original según la cual todos somos en cierto modo culpables de algún crimen espantoso cometido por nuestros antepasados remotos y por lo tanto deberíamos arrodillarnos y pedir perdón. Cuando de lamentar la maldad colectiva se trata, progresistas ateos suelen ser tan vehementes como el mismísimo papa Francisco o cualquier predicador protestante. Aunque los más fervorosos juran creer que, por ser el hombre el principal enemigo de la madre tierra, el planeta sería mucho mejor si se eliminara por completo el género humano, otros se limitan a rabiar contra los europeos. Según tales epígonos de Girolamo Savonarola, son delincuentes congénitos, depredadores violentos y codiciosos. ¿Se incluyen a sí mismos entre los condenados al infierno? Parecería que no, que suponen que por tratarse de buenas personas les esperará un destino menos ingrato. Una consecuencia bien concreta de la pasión por la autocrítica que caracteriza a las elites europeas actuales es el trágico drama migratorio que ya ha costado miles de vidas. Luego de convencerse de que en última instancia todo cuanto sucede en el resto del planeta es responsabilidad suya, los gobiernos de los países más prósperos de la Unión Europea se sienten moralmente obligados a dar asilo a millones de personas procedentes no sólo de Siria e Irak sino también de lugares tan alejados como Bangladesh, Birmania, Nigeria y Eritrea, razón por la que en efecto los invitan a venir diciéndoles que si logran pisar suelo europeo podrían quedarse. A esta altura, Angela Merkel y compañía sabrán muy bien que los migrantes no se han propuesto transformarse en alemanes, suecos, franceses o británicos, pero insisten en que cerrarles el paso significaría traicionar los valores europeos. Algunos se preguntan por qué no buscan asilo los refugiados en países de mayoría musulmana. Hay dos motivos. Uno es que todos corren el riesgo de desplomarse en medio de una guerra civil despiadada, otro es que en el mundo islámico la doctrina del pecado original es considerada una aberración foránea. Los fundadores del culto pronto decidieron que, puesto que Adán recibió el castigo que con toda seguridad mereció por desobedecer de manera tan flagrante al todopoderoso, el asunto terminó con su expulsión del paraíso. De tales semillas a primera vista fantasiosas brotan tradiciones que, a través de los siglos, inciden en la vida de centenares de millones de hombres y mujeres. A diferencia de los europeos que todos los días se manifiestan horrorizados por los crímenes perpetrados por sus bisabuelos imperialistas y, algunos siglos antes, por los cruzados, razón por la que tantos presidentes, primeros ministros y otros han adquirido el hábito curioso, una variante del revisionismo histórico, de suplicar perdón al mundo por delitos cometidos por otros hace siglos, ningún árabe, iraní o turco que se precie pensaría en lamentar lo hecho por sus antecesores cuando conquistaban medio mundo. Tampoco se creería constreñido a ayudar a las víctimas de desastres que le parecen ajenos. Será por eso que a pocos gobiernos musulmanes se les ha ocurrido tratar a los palestinos como ciudadanos en potencia. Que se pudran, dicen, ya que los europeos y sus parientes norteamericanos se sentirán culpables de su desafortunado destino. La propensión de los líderes políticos e intelectuales europeos a creerse colectivamente responsables de todo cuanto anda mal en el mundo impresiona gratamente a quienes piensan de manera distinta. Saben aprovechar el eurocentrismo del cual es una manifestación llamativa. Con la ayuda de funcionarios de Naciones Unidas, miembros de organizaciones no gubernamentales progresistas y, desde luego, los voceros de un sinnúmero de regímenes dictatoriales, les exigen encargarse de todos los problemas del planeta; al fin y al cabo, los provocaron. Así, atormentados por la conciencia de que realmente son miserables pecadores, los europeos tratan de expiar sus muchas culpas entregando dinero a las presuntas víctimas de su perversidad ancestral, solidarizándose con quienes no ocultan su deseo de destruirlos y, como acaba de hacer la señora que los árabes llaman “mamá Merkel” preparándose para acoger a casi un millón de refugiados o migrantes económicos este año y vaya a saber a cuántos más en los próximos. Los extracomunitarios que han aprendido que les sería muy fácil sacar provecho de la mala conciencia europea se ven respaldados por los contestatarios que, antes de la desintegración de la Unión Soviética, hubieran militado en el Partido Comunista o afines. Liberados de la necesidad de defender la catastrófica “alternativa” imaginada por sus mayores, han podido dedicarse a lo que más les gusta: hablar pestes de sus congéneres vivos o muertos. A veces, los convencidos de que no valen nada terminan suicidándose. ¿Es lo que está por hacer la Unión Europea? Los hay quienes sospechan que sí, que a menos que los gobiernos reconozcan que existen límites a la cantidad de personas de cultura radicalmente distinta que serían capaces de incorporar a su proyecto sin que haya conflictos civiles en gran escala, todo lo mucho que se ha conseguido a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial podría esfumarse en un lapso muy pero muy breve. Con todo, la actitud, entre orgullosa y humilde, de las elites progresistas, tanto políticas como intelectuales, que llevan la voz cantante en Europa no cuenta con el apoyo popular. En muchos países, como Suecia, Holanda, Francia, Alemania y el Reino Unido, para no hablar de Hungría, Eslovaquia y la República Checa, están surgiendo movimientos previsiblemente calificados de “ultraderechistas” que representan a quienes se resisten a creer que la inmigración masiva es tan beneficiosa como dicen los voceros gubernamentales. Personas de ideas poco sofisticadas quieren que sus países natales conserven las tradiciones con las cuales se sienten cómodas y no les gusta encontrar en la calle a sujetos exóticamente ataviados que amenazan con decapitarlas a menos que traten a su profeta con el respeto debido. En Europa el nacionalismo que los políticos del pasado reciente, traumatizados ellos por guerras y matanzas en que murieron millones, esperaban extirpar está resurgiendo con rapidez, lo que hace temer que los años finales de una civilización que está muriendo de vejez sean, como los previstos por quienes citan la maldición china, muy pero muy interesantes.
SEGÚN LO VEO
JAMES NEILSON