Detrás de escena: Vida ¿Sana?
La columna de una mujer en la mitad de la vida.
A partir de los 40, queridos jovencitos que pueden llegar a leer esta columna, sucede algo tremendo: tu panza se pone muy quisquillosa y todo te empieza a caer mal. Pero no ese mal de cuando vas a un cumpleaños y comiste muchos chicitos. Mal que pareciera que tenés una roca en la panza que te ancla, que no te deja mover con fluidez, que te invita un poco a anular tu vida social porque te dan ganas de quedarte en tu cama, o en tu inodoro, o en algún lugar donde tu cuerpo se pueda expresar sonoramente en libertad sin que nadie te juzgue ni comente.
Y tus amigas te tiran “tips” para que te sientas mejor: “Shhhhooo, desde que dejé las harinas, me siento bárbara…, porque las harinas son el demonio, y por eso estamos todas inflamadas”. Puede ser que el “discurso antiharina” te atraiga y por un momento lo consideres: ¡Sí, es verdad! ¡Tengo que terminar con el flagelo de la harina! Pero la fuerza de voluntad es difícil de sostener cuando te aparece una panera hermosa enfrente. Porque uno quiere desinflamarse, pero también quiere ser feliz.
Así que gracias amigas por los consejos, pero no estoy psicológicamente preparada para llevar una vida sin pan.
También escuchás consejos de influencers de vida sana que fingen que hacer sus tips es “re fácil”. Pero todos sabemos que nada es más difícil en el mundo que ser una persona disciplinada que no se deje arrastrar por las tentaciones de la gula y la pereza. Y te dirán que hay que limpiar la microbiota, que es nuestro segundo cerebro, que necesita resetearse, y que ahora la que va es el AYUNO INTERMITENTE.
¿No era que desayunar era lo más importante del día? Bueno, parece que ahora no. El problema es que a mí me hablás de ayuno y me da hambre. Y angustia. Y como ya dije, quiero ser feliz. Entonces queda descartado también lo del ayuno intermitente.
Además quiero estar fuerte, porque como nos ametrallan en las publicidades, hay que estar siempre arriba, enérgicos. Yo tengo una teoría: la programación te llena de preocupación, miedo y tensión, y después en la tanda te venden pastillas para sobrevivir a todo eso. Una rueda constante de “quiero morir y quiero resucitar”.
Pero llega un día en el que decís Basta. En que el amor propio se apodera de tu ser y te dice: “aflojá con la boludez y andá al médico”. Y visitás al gastroenterólogo. Una persona que sabe, que estudió. Y puede que te enamores un poco durante la consulta porque los médicos tienen ese “qué se yo” de saber cosas del funcionamiento de tu cuerpo que vos no.
Pero el coqueteo con el gastroenterólogo es insostenible, porque en algún momento te va a hacer LA pregunta: “¿Y tu caca cómo es?”. Bueno… es el gastroenterólogo y le vas a tener que contestar.
Y después te va a decir cosas que ya sabés pero que no tenés la entereza de sostener: que la gaseosa no, que el chicle te llena de aire, que ojo con los embutidos, los fritos, el alcohol… y seguro en algún momento se la va a agarrar también con el mate. Y con el mate no. Antes de dejar el mate prefiero estar muerta. Con el mate no te metas.
Y después del ataque de rebeldía decidís que bueno… que es hora de hacer algunos “ajustecitos” para sentirte mejor.
Creo que estar sana debe ser un poco eso: poder decirle que no a lo que nos encantaría decirle sí porque sabemos que nos daña. Aunque cada tanto, cuando el cuerpo lo pide, entregarnos a ciertos placeres que no son de lo más saludables, también es bastante saludable.
Y vos, ¿qué dejaste que te encantaba pero te hacía mal? ¿Y qué no dejás ni loca?
(La columna fue publicada en diario Clarín.)
Comentarios
Estimados/as lectores de Río Negro estamos trabajando en un módulo de comentarios propio. En breve estará habilitada la opción de comentar en notas nuevamente. Mientras tanto, te dejamos espacio para que puedas hacernos llegar tu comentario.
Gracias y disculpas por las molestias.
Comentar