Modernidad

Por Redacción





la peña

jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar

El guardapolvo blanco bien planchado y almidonado y los zapatos impecables eran parte de la regla más rigurosa que teníamos en tiempos escolares. No había forma de mirar para otro lado con este tema. No era posible empezar la semana con los zapatos llenos de tierra, raspados con el cemento o teñidos del verde del pasto (no era césped lo que había en mi escuela, era pasto). La regla de los zapatos limpios cobraba más importancia los domingos por la tarde, cuando nos mandaban a misa y había que ir de zapatos. No se admitía un acto escolar, un desfile, una fiesta sin zapatos. Sólo el día de educación física estaba permitido ir de zapatillas a la escuela. Era el modo de distinguir un día de juego de un acontecimiento especial. Porque los cumples eran una cuestión especial, los casamientos, los desfiles, la escuela. El zapato lustrado, bien lustrado, se imponía. Era tal vez una de las partes más importantes en la presentación de cualquier persona, más allá de las clases sociales, que en todo caso se distinguían por otras cuestiones, entre otras por la calidad del calzado. El zapato, el noble zapato, quedó relegado para una franja de los jóvenes. Apenas cobra protagonismo cuando van a la escuela y en algunos trabajos donde es condición. Tal vez por eso también se fue apagando el oficio de zapatero, al que algunas generaciones ni siquiera conocen, cuyos principales proveedores eran los chicos que destrozaban los zapatos y que acudían muy frecuentemente por reparaciones de todo tipo. El zapatero incorporó a sus tareas la reparación de zapatillas, si no, era un oficio en vías de extinción. Ni hablar de la desaparición de los lustrabotas, que apenas si se pueden ver muy de vez en cuando en las ciudades más importantes del país. No se los ve porque no tienen trabajo, es el tiempo el que se llevó por delante los zapatos y los oficios vinculados con ellos. Y no es que desaparecieron las zapaterías, las hay y se multiplican. Pero es sólo una franja de consumidores los que los usan. En fin, las cosas van cambiando, no sólo con los zapatos y los zapateros, con todo; es tan dinámico el diario vivir que es una constante adaptación la que se experimenta. La modernidad se lleva todo por delante, es cuestión de acomodarse y seguir. La alternativa es quedarse parados y que nos pase por encima, aunque creo que la primera opción es mejor. No debieron pasar muchos años para que esto que estoy contando fuera cambiando. Veo cómo las costumbres, las palabras, los juegos, las vestimentas son distintas. Y no está mal que así sea, en todo caso lo que nos queda es la nostalgia de las cosas que ya no son, de las que formaron parte de nuestras vidas de niños o adolescentes. Ir a los cumpleaños era sinónimo de torta, de juegos; no existían los peloteros ni menos aún los juegos electrónicos. Había que ingeniárselas para divertir a 30 o 40 chicos en una fiesta que generalmente se hacía en el patio de la casa. Un cumpleaños implicaba hasta imaginar una torta abundante, envidiarle los regalos al cumpleañero y jugar toda una tarde. Qué fue de las mesas largas de los cumples con globos. En este tiempo hasta cuesta distinguir quién es el que festeja, porque para los chicos lo importante es ir a jugar y muchas veces ni se enteran de la torta. Esto es modernidad en pequeña escala si se quiere, porque si nos metemos con la tecnología ahí sí veremos cómo evolucionó todo, pero eso es un tema mucho más complejo. Ojalá más allá de los cambios se mantenga la esencia, que en definitiva hace que las personas, por encima de la modernidad, sigan siendo personas capaces de sentir, de soñar, de jugar.


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