Morocha
Columna semanal
El disparador
Isidoro Reyes está en la mitad de la fila de asientos. Es de noche y vuelve a su casa. De pronto, nota que algo pasa a su alrededor cuando varios hombres giran sus cabezas para hacer lo mismo: recorrer con la vista el cuerpo de una morocha que acaba de subir al colectivo.
Lleva jeans negros ajustados, una remera blanca y el pelo un poco por debajo de los hombros. Tiene unos 25 años, la sonrisa fácil y una mirada tan penetrante como distraída sobre lo que pueda suceder a su alrededor. No está sola, subió acompañada por un muchacho, de su edad. Se ubican en la mitad del colectivo y, parados, hablan entre ellos.
Reyes no puede evitarlo: intenta escucharlo todo. Los imagina compañeros de la universidad pero percibe que flota una complicidad mayor. Hay más: la morocha hace un arte del flirteo.
Suena el celular de ella. “Bueno, me bajo en Martínez y me mandás un taxi”. Reyes intuye que del otro lado alguien le dijo que no, que se suba a un taxi en la calle. “No, mandame un auto y dejalo pagado”. Deben estar insistiendo. “No, no voy a gastar yo. Tampoco voy a ir caminando todas esas cuadras. Ya fue, me voy a mi casa. Chau”. No pasan dos segundos y la vuelven a llamar. Ahora, todos los pasajeros escuchan lo que dice ella y se imaginan lo que alguien le responde.
– Yo también quería dormir con vos. Pero ya fue, me voy a casa.
-…
– Sí, yo también.
-…
– Uff, también te extraño.
-…
– No, fue, ahora no quiero.
-…
– No, no, estoy cansada, me voy a casa, chau.
Apenas corta, el colectivo frena de golpe. La morocha trastabilla y choca contra el muchacho que había subido con ella.
– Eh, pará -le dice él, con una media sonrisa.
– Dale, si te gusta que esté encima tuyo.
Se ríen. Ella le agarra la cara con sus dos manos y lo besa. Se muerden los labios. Se ríen más. Y continúan así hasta que, a los dos minutos, a ella le vuelve a sonar el celular.
– ¿Qué pasa ahora?
-…
– ¿En serio?
-…
– Ok, estoy por llegar, me subo al taxi y voy.
-…
– Sí, yo también quiero dormir con vos, es lo único que me importa.
Reyes le clava su mirada. Tiene la tentación de hablarle. Le va a decir algo. Le va a preguntar algo. Mejor no.
Se da cuenta de que en realidad no tiene nada para acotar. O, al menos, nada que a ella le pueda interesar escuchar de un desconocido, chusma y metiche, que va hurgando en vidas ajenas.
Se pone a pensar en el engaño, en la infidelidad.
Ella le guiña un ojo, al muchacho, mientras se baja del colectivo. Con una sonrisa, se sube al taxi.
Juan Ignacio Pereyra