“Mujeres”, el libro que Galeano no pudo ver publicado
“Mujeres” (editorial Siglo XXI) retrata los sueños, conquistas y batallas de grandes personalidades femeninas como Juana de Arco, Rosa Luxemburgo, Rigoberta Menchú, Marilyn Monroe, Rita Hayworth y Camile Claudel.
INÉDITOS FRAGMENTOS
El escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano, fallecido en Montevideo de un cáncer de pulmón, no pudo ver como su libro “Mujeres”, una antología de textos sobre el sexo femenino, llega esta semana a las librerías españolas.
La mujer “es uno de los elementos que se repite de manera constante” en la obra de Galeano, explicó Jesús Espino, editor español del escritor, señalando que la idea era “recuperar los fragmentos más significativos para generar un libro que tuviese coherencia y que pudiese ser leído con ojos distintos”.
“Es decir que los textos sobre mujeres ordenados de una manera concreta, revisados por Galeano, seleccionados, confirmados, discutidos con él pudiesen ser leídos de un modo distinto a como pudiesen serlo dispersos en ‘Hijos de los días’, en ‘Espejos’, en ‘Memoria del fuego’”, añadió, en referencia a algunas de las obras de las que proceden los fragmentos.
“Mujeres” fue una idea que le propuso la editorial Siglo XXI española al autor uruguayo a partir de sus textos ya publicados.
“Él ha sido consultado en todo momento, ha seleccionado textos, ha eliminado algunos, ha dado forma, digamos que ha sido un trabajo conjunto”, explicó Espino.
“No son una mera acumulación sino que buscan reflejar distintas facetas del sexo feminino, desde actitudes heróica, de mujeres que sueñan y no se paran en el sueño, de mujeres que ayudan a hacer soñar, de mujeres que consiguen triunfos, de mujeres que con su ejemplo dan lugar a algo…”, explicó.
Espino insistió en que “toda la prosa de Galeano busca hablar siempre de pasado y de presente sobre todo para tratar de construir futuro. Digamos que todos los ejemplos de las mujeres que se han elegido aquí es porque aún en su aparente derrota crean futuro”.
“El carnaval abre alas”, “Alexandra”, “El arte de dibujarte”, son algunos de los textos incluidos en esta antología, que iba a ser presentada el jueves en Madrid.
“Sabíamos que Eduardo estaba mal pero no sabíamos que iba a tener este desenlace”, confesó Espino, que reconoció saber de la existencia de un libro póstumo del autor uruguayo que tiene su viuda.
“No lo hemos visto nadie todavía”, afirmó, antes de adelantar que “indudablemente, cuando Elena, su mujer, tenga a bien, haya pasado todo el duelo y todo esto, ya se pondrá en marcha” el proyecto.
“Llevaba trabajando tiempo en este libro y a pesar de lo enfermo que estaba, de lo doloroso que ha sido el final, estuvo trabajando hasta el final y la única condición fue que el libro no se publicase hasta después de su muerte porque no quería que le molestasen, dado como se encontraba él, ni quería tener presión”, añadió Espino.
“Quería poder morir tranquilamente y en paz y lo que no sé es cuándo saldrá el libro”, concluyó.
Aquí van unos fragmentos
JUANA
Como Teresa de Ávila, Juana Inés de la Cruz se hizo monja para evitar la jaula del matrimonio.
Pero también en el convento su talento ofendía. ¿Tenía cerebro de hombre esta cabeza de mujer? ¿Por qué escribía con letra de hombre? ¿Para qué quería pensar, si guisaba tan bien? Y ella, burlona, respondía:
—¿Qué podemos saber las mujeres, sino filosofías de cocina?
Como Teresa, Juana escribía, aunque ya el sacerdote Gaspar de Astete había advertido que a la doncella cristiana no le es necesario saber escribir, y le puede ser dañoso.
Como Teresa, Juana no sólo escribía, sino que, para más escándalo, escribía indudablemente bien.
En siglos diferentes, y en diferentes orillas de la misma mar, Juana, la mexicana, y Teresa, la española, defendían por hablado y por escrito a la despreciada mitad del mundo.
Como Teresa, Juana fue amenazada por la Inquisición. Y la Iglesia, su Iglesia, la persiguió, por cantar a lo humano tanto o más que a lo divino, y por obedecer poco y preguntar demasiado.
Con sangre, y no con tinta, Juana firmó su arrepentimiento. Y juró por siempre silencio. Y muda murió.
CELEBRACIÓN DE LA AMISTAD
Juan Gelman me contó que una señora se había batido a paraguazos, en una avenida de París, contra toda una brigada de obreros municipales. Los obreros estaban cazando palomas cuando ella emergió de un increíble Ford a bigotes, un coche de museo, de aquellos que arrancaban a manivela; y blandiendo su paraguas, se lanzó al ataque.
A mandobles se abrió paso, y su paraguas justiciero rompió las redes donde las palomas habían sido atrapadas. Entonces, mientras las palomas huían en blanco alboroto, la señora la emprendió a paraguazos contra los obreros.
Los obreros no atinaron más que a protegerse, como Pudieron, con los brazos, y balbuceaban protestas que ella no oía: más respeto, señora, haga el favor, estamos trabajando, son órdenes superiores, señora, por qué no le pega al alcalde, cálmese, señora, qué bicho la picó, se ha vuelto loca esta mujer…
Cuando a la indignada señora se le cansó el brazo, y se apoyó en una pared para tomar aliento, los obreros exigieron una explicación.
Después de un largo silencio, ella dijo:
—Mi hijo murió.
Los obreros dijeron que lo lamentaban mucho, pero que ellos no tenían la culpa. También dijeron que esa mañana había mucho que hacer, usted comprenda…
—Mi hijo murió –repitió ella.
Y los obreros: que sí, que sí, pero que ellos se estaban ganando el pan, que hay millones de palomas sueltas por todo París, que las jodidas palomas son la ruina de esta ciudad…
—Cretinos –los fulminó la señora.
Y lejos de los obreros, lejos de todo, dijo:
—Mi hijo murió y se convirtió en paloma.
Los obreros callaron y estuvieron un largo rato pensando. Y por fin, señalando a las palomas que andaban por los cielos y los tejados y las aceras, propusieron:
—Señora: ¿por qué no se lleva a su hijo y nos deja trabajar en paz?
Ella se enderezó el sombrero negro:
—¡Ah, no! ¡Eso sí que no!
Miró a través de los obreros, como si fueran de vidrio, y muy serenamente dijo:
—Yo no sé cuál de las palomas es mi hijo. Y si supiera, tampoco me lo llevaría. Porque ¿qué derecho tengo yo a separarlo de sus amigos?
LOUISE
—Quiero saber lo que saben –explicó ella.
Sus compañeros de destierro le advirtieron que esos salvaje no sabían nada más que comer carne humana:
—No saldrás viva.
Pero Louise Michel aprendió la lengua de los nativos de Nueva Caledonia y se metió en la selva y salió viva.
Ellos le contaron sus tristezas y le preguntaron por qué la habían mandado allí:
—¿Mataste a tu marido?
Y ella les contó todo lo de la Comuna:
—Ah –le dijeron–. Eres una vencida. Como nosotros.