Nano Stern en Neuquén: un viaje musical
Lo que se vivió el pasado viernes por la noche en Auditorio de la ESMN fue hipnótico. El artista logró colmar la sala de excelentes melodías, almas, suspiros, cantos, placer compartido, reencuentros, nostalgias varias… Con el anticipo de Walter Cuevas que funcionó como anfitrión todo lo que vino después fueron las canciones de “Mil quinientas vueltas”, “Santiago”, “Lucero” y melodías como “Necesito una canción” que el público cantó con fuerza.
Nano Stern nos llevó de la mano sobre un pentagrama eterno, que nos condujo a enormes arpegios y a un registro de voz divino y amplio. La delicadeza absoluta en cada arpegio. El artista nos hizo sentir que somos amigos o hermanos. Se dio el lujo de desplegar su sentido del humor y eso fue lo más amigable.

Sutileza y delicadeza. Son dos palabras que pueden sintetizar su arte. En otras palabras, es un encanto de persona. Enamora a la audiencia y logra fascinar a cada integrante de la platea. Que es un enorme interprete, no se puede negar. Hizo hincapié en su convicción de que “somos todos uno” y de que el continente debe mostrarse hermanado. Al finalizar el show firmo discos a sus fans y lo hizo de buen grado, simpático siempre.
Nos criamos escuchando las canciones de Violeta Parra, Víctor Jara, Los Beatles, Spinetta, Inti Illimani y seguramente hubo más. El público fue fundamentalmente joven, aunque había algunos adultos nostálgicos. Siempre reflexivo, evito el discurso de trinchera. No nos enamoramos “del amor” sino de su ejecución musical.
Las canciones que me conmovieron sobre todo fueron “Lagrimas de oro y plata” que el artista ejecutó maravillosamente y contó la leyenda, “La vida es un gran regalo” y “Necesito una canción”, entre otras propuestas que se escucharon sobre el escenario y que el público coreó. Con todo, nos quedamos con ganas de más pese a la hora y media en la que tocó. Queremos que vuelva. –