Neuquén y su crisis generalizada

Por Redacción

RICARDO VILLAR (*)

Pese a que durante años trataron de convencernos, ya nadie puede sostener con firmeza que Neuquén es una isla dentro de la Argentina. Saldada esta discusión, debemos decir que la crisis emerge por todos lados, como en el país. Neuquén tiene una posición envidiable desde lo presupuestario y tenía, hasta hace algunos lustros, una base social adecuada, sustentada en jerarquizados sistemas públicos de educación y salud. Además, siempre había trabajo. Hoy, el panorama cambió sustancialmente. La escuela y el hospital público están en un permanente estado de degradación. Los abultados presupuestos no alcanzan y los gobiernos se endeudan y gastan a cuenta de explotaciones hidrocarburíferas del futuro, que “no manejamos los neuquinos”, pese a lo que afirma la frondosa propaganda oficial. La inflación nos come los ingresos y los precios diferenciados de los productos constituyen un impuesto por vivir lejos o en provincia petrolera. La situación social es decadente, pese a los miles de subsidios que distribuye el Estado. Nada alcanza. Esa fiebre “distributiva” consolidó un segmento de miles de personas ajenas a las responsabilidades del trabajo y el aporte social. Más que beneficiarios, son víctimas de un sistema político perverso. La violencia está en todos lados, como el delito y la droga. Son fenómenos que no se instalan de un día para otro, ni de un año para otro. Son procesos lentos, que los gobernantes ayudaron con su inacción, pese a las voces de advertencia que se levantaron. Una reciente estadística difundida por la Policía neuquina revela que en la provincia hubo más de medio centenar de crímenes en el 2013, una cifra que supera la media nacional. Lo grave es que el mismo informe señala las zonas críticas o calientes, algo fundamental para que el Estado pueda actuar en prevenir, corregir y judicializar lo que corresponde. Pero no hay acción. La muerte es la consecuencia inevitable; el consumo y el tráfico constituyen la opción que se está poniendo en las narices de los pibes. Hay mucho más para fundamentar la decadencia neuquina. Pero lo dicho alcanza para sostener que abultados presupuestos no son suficientes para atender las necesidades sociales, crear infraestructura, cimentar el futuro si no hay una buena administración. No podemos pedirle peras al olmo o administraciones prolijas, correctas, austeras, a quienes están formados de manera distinta. Y así ganaron elecciones en los últimos 50 años. Siempre hay excepciones, pero los gobernantes que surgen del MPN son así. El gobernador es una persona con amplia experiencia política que, según él, se preparó para ese cargo. Pero está demostrando que le escapa al fango, que es hábil en escenarios recoletos, en eventos en donde el discurso bien dicho y sin contradictores lo eleva y en la vertebración de las grandes estrategias comerciales a base de los recursos naturales de la provincia. Pero gobernar es mucho más, salvo que tenga un equipo de grandes colaboradores que lo complemente. Desde hace años está obsesionado con Vaca Muerta. Está convencido de que es la llave del gran futuro. Ha viajado por el mundo, sus oídos se endulzaron con los elogios y promesas de los pesos pesados del exclusivo universo petrolero y, seguramente, si algún día abandona la política, su compromiso con esta causa tendrá recompensa con algún sillón de directorio empresario. Son las reglas de este juego de los poderosos. Pero cuidado, que por estar obsesionado con el objetivo dejemos de observar lo que ofrece el camino que se transita. Y creo que está lleno de acechanzas, de certezas más que dudas, de accidentes que pueden complicar o poner un precio muy alto para llegar a ese punto. El gobernador ató la suerte de su gestión a Vaca Muerta; como en su momento lo hizo con su adhesión al gobierno central. Por esto último ya pagó y seguirá pagando precios. Por lo primero aún mantiene la ilusión. Neuquén vive en una profunda crisis, que ya no se puede disimular con discursos, con publicidad ni con plata. Son tiempos en los que deben emerger gobernantes en serio, estadistas dispuestos al sacrificio y a hablar claro. Anunciar el fin de la fiesta, pero ponerse al frente de la cruzada, de la epopeya restauradora. No alcanza con reiterar, como en todos los años anteriores de su gestión, el congelamiento de la planta de personal. Resulta una obviedad. Es jueguito para la tribuna. Debe terminar la era en la que para hacer diferencia económica rápidamente había que ingresar al partido provincial y tratar de lograr un cargo público. La prosperidad llegaba rápido. Los gobernantes deben dar ejemplos, buenos ejemplos, para exigir similares comportamientos. Es la sana política que está faltando para reencauzar a una sociedad a la que le hicieron creer que en democracia hay más obligaciones que derechos y, así, volver a mirar al futuro con interés, con confianza, con mística. La deuda social que tiene el Estado es enorme y condiciona el futuro; parcialmente se puede y se debe revertir. No será fácil, pero hay que encararlo. Y eso no se hace sólo con una economía petrolera. Todo lo contrario. Una economía con estructura principal en esa actividad fomenta desigualdades, resentimientos, violencia. La experiencia es mundial y los pueblos petroleros neuquinos la han sufrido. Para recuperar equidad y dignidad hay que avanzar en formación, salud, capacitación y revalorizar recursos abundantes aquí y escasos en el mundo. Y fomentar el espíritu de sacrificio. Vamos por camino equivocado si apostamos todo a los contenidos de estas formaciones geológicas. Pero en la necesaria transformación será determinante la actitud de la sociedad, porque los actuales hacen y harán lo que hicieron siempre y que arroja estos resultados. Presidente CC-ARI Neuquén