No existe mundo fuera del lenguaje
Daniel Molina

El lenguaje que hablamos determina qué mundo percibimos, qué sentimos y en qué creemos. No hay una realidad absoluta fuera de nuestra mente que todos percibimos por igual: hay un mapa del mundo que construimos en colaboración con los demás. Y nuestro aporte a ese mapa se realiza a través del lenguaje. Pero no hay un único lenguaje: hoy se hablan en el planeta unas 7.000 lenguas, de las que se cree que desaparecerán al menos 3.000 antes de mediados de este siglo. ¿Por qué muere una lengua?
Las lenguas mueren por falta de hablantes. El proceso es largo y complejo y comienza muchos antes de que el penúltimo hablante muera (ese hablante que le permite al que será el último no hablar solo: ese hablante que hace que esa lengua pueda ser conversada).
Por un lado tenemos que el 97% de los seres humanos hoy habla solo el 4% de las lenguas que existen. Es más, aproximadamente la mitad de la humanidad solo habla cinco idiomas (de los 7.000). En orden decreciente de hablantes, esos idiomas son: el mandarín, el castellano, el inglés, hindi y árabe. Por otro lado, el 3% del total de seres humanos habla el otro 96% de las lenguas.
De las 7.000 lenguas que hoy sobreviven hay 1.000 que reúnen entre todas unos 50.000.000 de hablantes. Es solo cuestión de tiempo que esas lenguas minoritarias vayan muriéndose. Cada lengua es una forma distinta de pensar, de inventar, de construir mentalmente el mundo. Con cada lengua que muere desaparece toda una cultura, una visión de mundo.
Las que llamamos “lenguas muertas” (el latín o el griego clásico, por ejemplo, porque ya no tienen hablantes nativos) no están realmente muertas porque sobreviven en lenguas que las heredaron (el castellano o el francés, en el caso del latín) y, además, como dejaron un inmenso tesoro escrito eso forzó a que se las estudiara, se las aprendiera y que haya hoy millones de hablantes que las han aprendido como lengua de cultura e historia.
Por otra parte, algunas lenguas (muy pocas) han resucitado. El caso más famoso es el del hebreo, que hacía dos milenios que no tenía hablantes nativos y resucitó porque el estado de Israel la adoptó como lengua común para los habitantes que provenían de muchos países diferentes. Hoy tiene unos 7 millones de hablantes nativos. Pero pudo resurgir por una decisión política, sostenida por un Estado y apoyada por una ciudadanía militante. De otra forma es casi imposible resucitar una lengua y, menos aún, hacerla florecer.
El lingüista británico, especializado en lenguas australianas y amazónicas, Robert Malcolm Ward Dixon sostiene que dentro de un siglo solo se hablará una lengua por nación (como mucho) y que posteriormente se irá hacia una lengua única.
Dixon es un lingüista histórico que sostiene la teoría del equilibrio puntuado (que en el campo de la biología evolutiva desarrolló Stephen Jay Gould) en contra de la más aceptada –aunque cada vez más cuestionada– teoría filogenética de las macrofamilias lingüísticas (como el “indoeuropeo”). Más allá de los debates sofisticados y apasionantes que se están desarrollando en el campo de la lingüística histórica y en el estudio comparado de las gramáticas, lo cierto es que cada año desaparecen al menos 25 lenguas, algunas de las cuales sobrevivieron milenios.
No hay recursos culturales, sociales, políticos ni económicos disponibles para frenar la muerte de las lenguas. Con solo pensar que la mayoría de estos idiomas ni siquiera poseen una escritura propia (y algunos ni siquiera han sido registrados de ninguna forma) comprendemos la magnitud de la tarea que se requeriría (y los medios que se necesitarían) para conservarla.
Si Martin Heidegger tenía razón, debería preocuparnos más el empobrecimiento de la lengua que hablamos que la muerte (natural) de las lenguas que van desapareciendo.
Ludwig Wittgenstein dijo: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Entre muchas otras cosas, eso significa que pensamos el mundo desde el lenguaje y que, según cuán rico sea nuestro lenguaje, mejor comprensión del mundo tendremos. Sin embargo, la mayoría de las personas usa solo entre 300 y 500 palabras del tesoro total que posee cada idioma (la gente muy culta usa entre 1.000 y 2.000, con excepciones muy raras de hablantes que usan 5.000 vocablos distintos). Toda la diversidad del universo la reducimos a unos 500 vocablos.
Lenguas que se mueren y los hablantes de las que sobreviven reniegan del pensamiento sofisticado, reduciendo su intervención a unos pocos cientos de palabras. No parece que estuviéramos en el mejor escenario para comprender la complejidad de los problemas que deberemos enfrentar en las próximas décadas.
Si Martin Heidegger tenía razón al decir que “No existe mundo fuera del lenguaje” debería preocuparnos más el empobrecimiento de la lengua que hablamos que la muerte (natural) de las lenguas que van desapareciendo.
Pero parece que nadie está preocupado porque su mundo mental sea cada día más pequeño.
Daniel Molina
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