No se rían, soy mujer
Las mujeres no son graciosas”, “las mujeres no tienen sentido del humor”, “las mujeres no saben rematar los chistes”, “las mujeres no saben hacer humor”. Frases escuchadas y leídas mil veces y emitidas, casi siempre, por un varón. Inclusive existen “investigaciones científicas” que sostienen que las mujeres están hechas para reír y no para hacer reír. No voy a detenerme a desmentirlas una por una (a menos, claro, que aparezca alguna fundación con ganas de “invertir” los dineros que le sobran en investigaciones científicas del tipo “¿De qué se ríen ellas?” y quieran encargarme el informe a mí).
Sólo digo: existe un humor de mujeres. ¿Por qué? Porque el humor universal es el de varones. Es el que nos hace reír a todas y a todos. O al menos el que debería hacernos reír. Si existe uno, existe el otro. Como el blanco y el negro. Como el yin y el yan. Como el K y el anti-K.
En principio, hay un humor identificado como “femenino” pero que bien podría denominarse “humor quejoso”. Se queja del marido, de los hijos, de la suegra, de la dieta y, sobre todo, se queja de los hombres. Es que se supone que esos son nuestros tópicos, lo que nos hace reír. El humor político, en cambio, está destinado a ser hecho por varones. Hay muy pocas mujeres que se meten en ese terreno. Y las que se meten, se dedican a las imitaciones, algo así como la forma más básica y elemental del humor, más cerca del payaso con pastelazo que de la sátira más aguda.
Si todavía ocurre que cuando tenemos que dar una conferencia o tomar la palabra en una reunión necesitamos que se concentren en lo que estamos diciendo y no en las ojeras o en el pelo arremolinado, imagínese todo lo que tenemos que demostrar cuando hacemos humor: que somos expertas, que somos cómplices del público, que tenemos mucho para decir y, encima, que hacemos un tipo de humor… incómodo, quizás. ¿Chistes sobre el puerperio? Difíciles. ¿Sobre la menstruación o sobre la menopausia? Mmmmm. ¿Humor negro? Vade retro. ¿Sobre el maltrato o la violencia? Con esas cosas no se jode.
Es cierto que los temas de género están ahora cada vez más en la agenda pública gracias a la presión social. Pero aún no estamos convencidas las mujeres de que el humor es una gran herramienta de comunicación. Y de que a través de él podríamos conseguir conciencia y adhesión a muchas de las demandas.
Hay quienes creen que hacer humor con temas duros como el holocausto o la dictadura está mal. O que, sencillamente, no se puede. Que son temas que, por la tragedia que significaron y representan, sólo pueden ser abordados con seriedad. Sin embargo, estoy segura de que una mirada ácida sobre estos temas puede sembrar mucha más conciencia que una docena de documentales oscuros. Porque, además, estoy convencida de que instalarse en la comodidad de lo políticamente correcto no contribuye a modificar nada sino, más bien, a consolidarlo, volverlo de mármol, frío y distante.
Por eso, si coincidimos en que existe un humor femenino, también podemos estar de acuerdo en que el humor es más interesante si, además de hacernos reír, nos hace sentir un poco incómodos. Quiero decir: podemos reírnos de un chiste de Nik, pero es más divertido quedarse rumiando un chiste de Tute.
Lo que circula en casi todos los medios, cuando se hacen chistes con mujeres, es el humor misógino. Es el que está naturalizado, ese que te obliga a reírte porque sino sos una amargada, una resentida, y todas esas cosas. No es necesario. Creo que no hay mejor manera de combatir los prejuicios que reírse de ellos.
Lo dice muy bien Diana Maffía a la periodista Tamara Tenenbaum en La Nación: “El humor se basa en los estereotipos, y las mujeres somos víctimas dilectas para encorsetarnos en personajes estereotipados. Las mujeres producidas por el humor son suegras insoportables, esposas agrias e inútilmente celosas, mujeres lindas y jóvenes sin cerebro a las que sólo interesa el dinero y no tienen proyecto propio, feas destinadas a no conseguir novio y que por eso fracasan en la vida y así siguiendo. Las feministas no sólo no nos reímos de esos chistes, sino que objetamos su eficacia. Impugnamos a quienes se ríen porque reírse supone que aceptan las generalizaciones implícitas en ellos, y al hacerlo somos las principales aguafiestas: porque el chiste está destinado a resultar divertido y nuestro dedo índice cambia el código del intercambio hacia la crítica ideológica”.
Por lo demás, la idea de que las mujeres no pueden o no saben hacer humor, además, se desmiente con nombres. Desde Niní Marshall hasta Maitena pasando por Juana Molina y Malena Pichot, la lista es poderosa. Cada cual elige la que más gracia le causa. O la que más incómoda la hace sentir.
¿Y a ustedes, qué los hace reír?
(*) Periodista. Directora de la revista “Barcelona”
ingrid beck (*)
@soyingridbeck