Obama castigado
No sólo en Estados Unidos sino también en muchos otros países, es normal que los votantes aprovechen las elecciones legislativas parciales para castigar al gobierno. También lo es que incidan factores locales, para no decir vecinales, desvinculados del escenario político nacional. Así y todo, no cabe duda de que los resultados de las elecciones norteamericanas que acaban de celebrarse, en las que los republicanos consiguieron arrebatarles a los demócratas el control del Senado y ampliar su mayoría en la Cámara de Representantes, se debieron en gran medida a la sensación de que el presidente Barack Obama es un mandatario demasiado débil y vacilante como para brindar a Estados Unidos el liderazgo fuerte que tanto necesita. Aunque la economía norteamericana ha reanudado el crecimiento últimamente, pocos se han visto beneficiados por la expansión que se ha registrado, mientras que el logro más notable, la virtual recuperación del autoabastecimiento petrolero en un lapso muy breve, se concretó a pesar del escaso entusiasmo del gobierno federal por el fracking que lo posibilitó. Asimismo, el consenso es que ha sido lamentable el manejo de la política exterior por parte del equipo de Obama que, según parece, ha estado más interesado en congraciarse con islamistas supuestamente “moderados” que en apoyar a aliados como Israel, los kurdos y los países de Europa oriental amenazados por el revanchismo ruso. Con todo, culpar a Obama por las consecuencias internacionales de las deficiencias de su gestión es bastante injusto. Fue elegido en un momento en que los norteamericanos, en su mayoría, se sentían cansados de soportar las responsabilidades ingratas propias de una superpotencia, razón por la que inicialmente apoyaron la retirada precipitada de su país de Irak y Afganistán, sólo para cambiar de opinión al darse cuenta de lo peligroso que era dejar atrás un vacío que tratarían de llenar islamistas nada moderados, entre ellos los fanáticos sanguinarios del Estado Islámico que se ha establecido en Siria e Irak, además de los partidarios de la Hermandad Musulmana en Egipto y del régimen teocrático de Irán. También puede atribuirse la agresividad de la Rusia de Vladimir Putin a la convicción casi universal de que Obama, luego de criticarlo con vehemencia por anexar Crimea y desestabilizar Ucrania con el propósito de apoderarse de la región oriental mayormente rusohablante, terminaría resignándose ante los hechos cumplidos por no querer correr riesgos. La estrategia pasiva adoptada por Obama a fin de diferenciarse de su antecesor George W. Bush fue respaldada por muchos que, andando el tiempo, la denunciarían por contraproducente, pero ya es tarde para que Estados Unidos recupere la autoridad que ha perdido en el Oriente Medio y otras zonas conflictivas. Obama y sus simpatizantes del ala progresista del Partido Demócrata y de ciertas agrupaciones izquierdistas cometieron el error de creer que se perpetuaría una coyuntura muy especial en la que los norteamericanos, enfervorizados por la idea de “esperanza y cambio”, estaban dispuestos a aprovechar una oportunidad para votar a favor de un candidato presidencial no blanco. Pronto aprendieron que una parte sustancial de la población continuaba aferrándose a los valores tradicionales que a su entender subyacían en el “sueño norteamericano”, pero en vez de pactar con quienes se oponían a sus iniciativas más ambiciosas, muchos oficialistas optaron por tratarlos como extremistas motivados por prejuicios raciales. De más está decir que tales actitudes sólo han servido para ampliar las divisiones de una sociedad en que el optimismo ingenuo antes predominante se ha visto reemplazado por el pesimismo, ya que abundan los que temen que en adelante el grueso de la clase media norteamericana tenga que conformarse con un nivel de vida inferior al alcanzado antes de estallar la gran crisis financiera del 2008. Aunque no existen motivos para suponer que otro presidente hubiera logrado revertir tendencias socioeconómicas impulsadas por factores que ningún gobierno estaría en condiciones de modificar, le tocó a Obama, el que antes de ser elegido presidente en noviembre del 2008 era idolatrado por muchos progresistas, ocupar la Casa Rosada justo cuando el “sueño” se opacaba, de ahí la reacción de millones de votantes que se han sentido defraudados por una gestión que, en opinión de muchos, ha sido llamativamente mediocre.
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