Obediencia debida

Por Redacción

Felizmente para la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, parecería que los militantes de La Cámpora y otras organizaciones oficialistas afines no se destacan por la firmeza de sus convicciones. Caso contrario, al escucharle decir frente al Monumento a la Bandera en Rosario que estaba más que dispuesta a negociar con los holdouts, o sea, los buitres extorsionistas, y acatar las órdenes del juez norteamericano Thomas Griesa, la hubieran acusado de venderse al imperio yanqui. Pero, si bien es de suponer que algunos veteranos de la lucha por la emancipación nacional refunfuñaron al ver a su líder hablar casi como un cipayo opositor, la mayoría parece haberlo tomado con calma. Se entiende: gritar en contra de los fondos “buitre”, los norteamericanos y el juez Griesa, tratándolos como enemigos de la patria, es una cosa y oponerse a la señora que tantos beneficios les ha dado sería otra muy diferente, ya que podría perjudicarlos al privarlos de los puestos que han sabido conquistar. Esperamos con interés ver la reacción de los kirchneristas presuntamente pensantes ante el viraje abrupto de Cristina. Luego de haberse permitido cubrir de insultos gruesos al magistrado neoyorquino y denostado con furia a los fondos que acababan de anotarse una serie de triunfos jurídicos, además de informarnos que apenas había comenzado la gran batalla contra “los poderes concentrados” nativos y foráneos encabezados por el contador Héctor Magnetto, ahora tendrán que elegir entre mantenerse fieles a los principios que según ellos son irrenunciables y la lealtad personal hacia la presidenta. Lo lógico sería que los filósofos y sociólogos del colectivo Carta Abierta migraran en masa a la izquierda contestataria y que los acompañaran los jóvenes fogosos de La Cámpora, los militantes de la farándula y otros integrantes de la elite progresista nacional, abandonando así a su suerte a un gobierno a su juicio pusilánime, pero parecería que con escasas excepciones son reacios a hacerlo. Puede que muchos cambien de actitud en las semanas próximas al darse cuenta de que “el relato” que procuraban difundir nunca fue más que una fantasía y que la furibunda propaganda oficialista, costeada por los contribuyentes, se dirigía exclusivamente a una minoría ya convencida, pero aún no hay señales de que el kirchnerismo tal y como lo conocemos esté por esfumarse. Los peronistas veteranos están acostumbrados a “tragar sapos”, proclamándose un día neoliberales privatistas y el siguiente partidarios de la estatización de virtualmente todo, pero sería legítimo suponer que los más jóvenes tomarían más en serio sus hipotéticas convicciones. Pues bien: pronto sabremos si son menos “verticalistas”, es decir, oportunistas, que sus mayores. Es que la presidenta que, con su marido, modificó su propio discurso hace once años por entender que le convendría adoptar una postura populista, para no decir chavista, decidió hacia fines del año pasado que persistir en el camino previsto por “el relato” que había confeccionado tendría consecuencias nefastas para ella misma, razón por la que se puso a pactar con los españoles de Repsol y los países miembros del Club de París, además de iniciar un ajuste devaluando el peso. La voluntad declarada de negociar con los holdouts –los que, según el ministro de Economía, Axel Kiciloff, no negocian jamás, porque se niegan sistemáticamente a hacer concesiones– es sólo una etapa más en el viaje que ha emprendido Cristina para acercarse al inhóspito mundo real. ¿La seguirán todos sus soldados? Sería bueno que lo hicieran, ya que a través de las décadas la corriente política de la que el kirchnerismo es la manifestación más reciente ha contribuido más que ninguna otra a la decadencia del país, obstaculizando una y otra vez todos los esfuerzos por someterlo a un baño de racionalidad. Aunque es de prever que los más tercos continúen oponiéndose a los intentos de administrar la economía según criterios pragmáticos, es por lo menos posible que, merced al fracaso patente del “modelo” de Cristina y de su decisión tardía de frenar cuando un choque catastrófico parecía inminente, el campo populista y por lo tanto antinacional se haya desprestigiado hasta tal punto que ya no estará en condiciones de impedir que la Argentina se resigne a ser un “país normal”.


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