“Óbito”: el absurdo una vez más
Una comedia policial de Javier Daulte en la que brilla el elenco
Teatro
En una oficina repleta de cajas, papeles y carpetas, funciona una de las secciones de la organización secreta en decadencia en la que todo sucede (o en la que todo parece que sucede, aunque no lo es todo).
La empresa se dedica a extorsionar, perseguir y asesinar a quien resulte señalado: en un juego delirante entre señuelos, víctimas y ejecutores, las personas que son señaladas por el sistema que opera como una mátrix algo bizarra, son exterminadas sin solución de continuidad porque el sistema nunca se equivoca. Ah: y la historia se plantea a finales de los 80 (la tecnología, tras poco más de apenas una década, dista bastante de la que podemos registrar en la actualidad).
Estarán en escena una empleada obsesiva, antigua, como pasada de moda y pluscuamperfecta (capaz de utilizar términos como de recia prestancia y elevar el dedito acusador); una recepcionista un tanto superficial y seductora, preocupada por su imagen en las cámaras de seguridad de la oficina a las que intuye como un panóptico y tantito perverso; un secretario hipocondríaco que siente todo por las dudas e intenta ajustarse a las normas a como dé lugar, y un personaje al que nadie conoce, tal vez un cliente, que logra comenzar a desatar el nudo de la trama.
La pieza del exquisito Javier Daulte, con dirección precisa y equilibrada de Gustavo Lioy (logra sostener los ritmos adecuados y que las criaturas de un elenco talentoso brillen junto con esta comedia policial que cuestiona, en clave de humor, a las instituciones que alimentan un sistema demoledor), tiene momentos verdaderamente delirantes en los que la platea ríe fuerte y con inevitables carcajadas sonoras.
Las escenas, todas teñidas de un humor absurdo que permite emerger aquello que se esconde en el interior de cada personaje, están cargadas de un pivoteo entre lo analógico y lo que se pretende avanzado y casi digital.
La platea que colmó el Teatro Arrimadero captó cada guiño de la historia que contaron estos personajes ochentosos y en decadencia, graciosa y poderosamente encarnados por Mariana Corral, Silvia Feliziani, Matías Palacio y Beto Mansilla (desde el Teatro Del Bajo no subía a escena, es decir, casi 30 años).
Con una dedicación específica, cómoda (la acción física da cuenta de ello) y ajustada a la época, el vestuario del elenco fue realizado por Yasmin Mer.
El público tendrá una última oportunidad de ver “Óbito” en el Teatro Arrimadero, el viernes próximo, a las 22, puesto que bajará de cartel en la sala de Misiones 234 y se trasladará luego a La Caja Mágica de Cipolletti, al menos por dos funciones.
Por segunda vez, Lioy estrena en el país una pieza de Daulte. La admiración vale la pena y resulta imperdible.
Paula Gingins