Ojos cerrados

Columna semanal

Por Redacción

El disparador

Una compañera tiene el codo apoyado en la mesa y el mentón sobre su mano. La mirada fija en un punto. Me doy cuenta porque la profesora interrumpe sus reflexiones previas a la lectura de un texto de Cortázar y le pregunta a ella en qué se quedó pensando. “Me levanté muy temprano, me estaba durmiendo”, dice mi compañera, voz suave, 20 años. La profesora arquea las cejas, junta los labios pero igual se le escurre una media sonrisa, que completa con un suspiro. Y sigue.

Miro el reloj, quedan veinte minutos de clase. Mi compañera se refriega los ojos, revisa su celular, endereza la espalda y se acomoda en su silla. La profesora, que parece haber perdido el hilo de lo que estaba diciendo, da por concluida su introducción y comienza a leer: “Los niños son por naturaleza desagradecidos, cosa comprensible puesto que no hacen más que imitar a sus amantes padres, así los de ahora vuelven de la escuela, aprietan un botón y se sientan a ver el teledrama del día, sin ocurrírseles pensar un solo instante en esa maravilla tecnológica que representa la televisión”.

De pronto, a espaldas de la profesora, se abre muy despacio la enorme puerta blanca de entrada. Tan lento, que puedo preguntarme quién será. Porque a esta altura están los que están en la clase -nadie llega para el final-, ni tampoco recuerdo que algún compañero haya salido al baño.

Lo primero que asoma son los rulos de una cabellera oscura y luego un rostro pálido. Es la secretaria del instituto, que lleva los brazos estirados hacia delante y en sus manos cuelgan dos vasos de tergopol; y está acompañada por otro hombre que lleva otros dos vasos. La profesora, sin levantarse de su silla, tuerce el cuello y mira hacia atrás.

La secretaria ofrece un chocolate caliente, algunos la ignoran, otros sonríen y, viendo que nadie lo quiere, hago un gesto para que me lo dé. Los cafés tiene mayor aceptación. Las miradas se cruzan, nadie dice nada. Antes de salir, manteniendo su risita algo nerviosa, la secretaria murmura: “Pasa que estamos probando la máquina nueva, de última tecnología”.

Si demoré en recibir el chocolate, no es porque no me guste. El problema son las máquinas que lo preparan, con agua caliente y un polvo instantáneo de chocolate (se supone). Sin tampoco ser un purista, mi aversión no es caprichosa, tiene un responsable: mi amigo Pedro, que cuando era dueño de un kiosco me contó que estas máquinas son tan sucias y poco herméticas que, por el azúcar del café y del chocolate, son un territorio que exploran con agrado no pocas cucarachas.

Concentrado en el vaso de chocolate, me perdí la explicación de la profesora, que ahora habla sobre la ironía de Cortázar y de su búsqueda por conservar la mirada mágica de los niños. Comenta sobre la postura del escritor de no permitir que las explicaciones lógicas -es una coincidencia, es una casualidad, etcétera- anulen todo aquello que no podemos explicar; el plan es darle espacio a lo fantástico, permanentemente entrecruzado con lo real. Miro el vaso con chocolate caliente y apenas mojo los labios con el menjunje marrón, porque vuelven a mi mente las cucarachas de Pedro. Lo dejo y, cuando levanto la mirada, veo que mi compañera está otra vez con el codo sobre la mesa, apoyando el mentón sobre su mano derecha, y con los ojos cerrados.

Juan Ignacio Pereyra


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